Relatto | El cuento de la realidad

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Los cinco niños indígenas no han dejado de tocar sus flautas y tambores mientras ascendemos por la trocha que lleva al colegio de la vereda La Palma, en las montañas del suroccidente de Colombia. 

Por el sendero avanzamos unas cincuenta personas. El ascenso es exigente y algunas se han quedado rezagadas en medio del monte. 

El colegio aparece al coronar una explanada, junto a uno de los majestuosos cañones de la cordillera Central, en el norte del departamento del Cauca. Hemos llegado hasta aquí para visitar uno de los dieciocho murales en los que ha trabajado la comunidad junto a un pintor que participa en la Minga Muralista. 

Esta Minga se realiza cada dos años en el municipio de Toribío. Es un homenaje al sacerdote indígena Álvaro Ulcué Chocué, asesinado en 1984. 

Además de rendir culto a la memoria del padre Álvaro, como le dicen los indígenas nasa, la Minga Muralista también es una respuesta a los letreros que pinta en las paredes del pueblo la columna guerrillera Dagoberto Ramos, un grupo que se apartó de los acuerdos firmados en el 2016 entre el Gobierno colombiano y las Farc. 

El recorrido se hizo en una chiva, que es como llaman en Colombia a un autobús abierto y colorido que transporta carga y pasajeros por los caminos agrestes de las zonas rurales. Salimos de Toribío a las siete de la mañana y una hora después iniciamos el ascenso a pie por la trocha que sube a La Palma, después de que la chiva se quedó atascada en un bache de la carretera.

Esta Minga se realiza cada dos años en el municipio de Toribío. Es un homenaje al sacerdote indígena Álvaro Ulcué Chocué, asesinado en 1984. 

En esta vereda encontramos el primer mural. En rojo y verde. “Caminemos juntos, pensando y luchando”. Es una frase del padre Álvaro que los nasa ponen en práctica en las gigantescas movilizaciones de protesta que realizan.

La chiva recorrió durante todo el día unas seis de las veredas más alejadas. Siempre por caminos sin pavimentar, polvorientos, bordeando precipicios y cañones por los que corren ríos de caudal escaso pero impetuosos en su descenso desde la cordillera. 

En las veredas más altas, los muralistas y la comunidad pintaron palmas de cera, lagunas, frailejones y picos montañosos. Y en los murales de climas más cálidos aparecieron colibríes, mazorcas, mariposas y flores. Los diseños ancestrales y el rostro de los líderes que han caído en la lucha por la tierra están regado por los tres resguardos que conforman el municipio de Toribío. 

Además de rendir culto a la memoria del padre Álvaro, como le dicen los indígenas nasa, la Minga Muralista también es una respuesta a los letreros que pinta en las paredes del pueblo la columna guerrillera Dagoberto Ramos, un grupo que se apartó de los acuerdos firmados en el 2016 entre el Gobierno colombiano y las Farc.

La Minga Muralista terminó con un espectáculo de música tradicional en el parque principal de Toribío. Allí, dos guías espirituales hicieron un ritual de despedida para los jóvenes pintores y les brindaron con chicha de maíz a los espíritus de estas montañas para que les permita volver a reunirse. 


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