Relatto | El cuento de la realidad

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Las heridas, cuatro líneas profundas, inverosímiles en su contorno, aparecieron también sobre la fotografía. Era un retrato en el que Solange sonreía, con un vestido negro que le dejaba los hombros al descubierto y un encanto natural, sutil, imposible de actuar.

    Así le gustaba recordarla a su madre, Patricia, a quien el juez le había impedido llevar la foto consigo durante el juicio; y eso también parecía inverosímil. El juez había dicho algo sobre el respeto a Lucila, la acusada, la amiga con la que Solange había compartido buena parte de su vida y que ahora era señalada como su asesina.

    La foto terminó en el asiento trasero del auto de Patricia. Fue ahí donde la descubrió Marcos, el hermano menor de Solange. “¡Mamá! ¡¿Qué hiciste?! ¡¿Te volviste loca?!”, le gritó con modos nerviosos cuando vio en el retrato las manchas aparecidas en el preciso sitio donde la carne de su hermana había sido desgarrada por un puñal.

    Patricia, que iba al volante, lo miró sorprendida. No entendía de qué le hablaba. No concebía su gesto estremecido.

    Cuatro manchas blancas sobre la foto. Que nadie sabe cómo, que nadie sabe cuándo, que nadie sabe por qué. Cuatro máculas que decoloraron el papel, que carcomieron la imagen, que surcaron la figura como estigmas inexplicados. Cuatro manchas blancas, allí donde las puñaladas.

***

Las heridas, ocultas durante un día en el secreto de un departamento cerrado, quedaron al descubierto en la primera noche. Lucila Frend esperó al novio de su amiga Solange Grabenheimer en la puerta de la casa que compartían, en el 2280 de la calle Güemes, del barrio de Vicente López, un suburbio fuera de Buenos Aires. Los rasgos de Lucila eran de una armonía delicada: los ojos verdes y grandes, serenos bajo el flequillo castaño; la boca fina, con una sonrisa que nunca terminaba por desarmarse; la nariz pequeña y respingada. El conjunto resultaba siempre suave. Pero esta vez, un poco menos. Esta vez Lucila estaba asustada. Y sus ojos se habían vuelto frenéticos.

Las heridas, cuatro líneas profundas, inverosímiles en su contorno, aparecieron también sobre la fotografía. Era un retrato en el que Solange sonreía, con un vestido negro que le dejaba los hombros al descubierto y un encanto natural, sutil, imposible de actuar.

    Santiago Abramovich, el novio, había estado cenando con sus padres un rato antes, en un restaurante de San Isidro, y de nuevo en su casa había recibido el llamado de Lucila. Él, que salía cada día a las ocho de la mañana a trabajar en un estudio contable y que estaba listo para cursar el último año de la Licenciatura en Administración en la Universidad Argentina De la Empresa (UADE), era un chico introvertido, pero en ese momento también había perdido la calma. Lucila lo había perturbado cuando habló con él, un rato antes de las once de la noche, y le contó que a lo largo del día había intentado contactar a Solange, y que su fracaso la había inquietado. Santiago sabía que su novia, una chica con la que salía desde hacía cuatro años y a la que veía casi todos los días, era una persona fácil de encontrar. Frente al hilillo de voz preocupada de Lucila no supo qué decir. En sus peores presagios, imaginó que alguien la había secuestrado. Era el miércoles 10 de enero de 2007.

    Lucila le había pedido que la ayudara a buscar a la amiga perdida y le dijo que estaba yendo hacia la casa que compartía con ella. Santiago salió poco antes de la medianoche.

    Mientras las calles pasaban, desfilaban las imágenes de un día que había sido, hasta entonces, normal: a la mañana, Lucila había caminado las nueve cuadras hasta la autopista Panamericana, adonde había abordado un colectivo que la había dejado a otras cuatro de su trabajo. Antes de las nueve había entrado al laboratorio. Allí ocupaba un escritorio de secretaria. Había cumplido con su rutina. Había llamado en algún momento a Solange. Había escuchado sonar el teléfono, sin respuesta del otro lado. Había insistido. Había vuelto a escuchar el ring. Había continuado con su rutina en la oficina. Se había retirado a las cinco y media de la tarde y había viajado hacia el suburbio de Victoria, adonde se había encontrado con su padre, un profesor de golf divorciado. Su tío y sus dos primos también la esperaban allí. Estos vivían en Suecia y al día siguiente emprenderían el regreso. A las ocho de la noche todos confluyeron en un restaurante, donde se sumaron la abuela y la tía. Lucila no los acompañó en la cena; en cambio, abordó un tren nocturno que la dejó en un barrio del norte capitalino. Caminó sola hasta la casa de Valeria: la prima de Solange cumplía años y daba una fiesta.

   Lucila y Solange, tiempo antes del asesinato.

Pero Solange, que no había atendido el teléfono durante todo el día, tampoco estaba en la fiesta de su prima. Y ninguna de las chicas reunidas alrededor de la mesa sabía nada. Más que una pariente, Valeria era una amiga de Solange: jugaban al tenis, se veían seguido, viajaban juntas. Ahora, después de intentar por teléfono junto a Lucila, Valeria no podía entender que su prima hubiera desaparecido. “Vamos a buscarla”, les dijo entonces a las chicas. Y partieron.

    En el calor espeso del final de un día veraniego, Lucila –la amiga–, Santiago –el novio– y Valeria –la prima– se encontraron en la puerta de la casa de Solange y sintieron algo parecido al frío cuando por fin tomaron la decisión de entrar.

    La puerta de calle estaba cerrada, lo mismo que la del departamento 3, el de las chicas. Alguien hizo aparecer las llaves. Ingresaron. A medida que se adentraban, percibían un ruido raro: en la penumbra, el timbre inagotable del despertador traía una melodía mala, con las agujas clavadas a las diez y media. Siguieron. Los pies no querían. Las manos tanteaban. Las bocas callaban. Un poco más allá descubrieron una mancha roja. Roja y oscura.

    Agitado, Santiago trepó por la escalera caracol hacia el cuarto de su novia. El corazón se le salía por la boca. Palpitaba como nunca.

    El departamento era un solo ambiente de techo alto; a las dos habitaciones se llegaba por dos escaleras diferentes. Reinaba una anarquía de objetos, provocada por la convivencia de Solange y Lucila durante un año y medio: había algunas ropas tiradas por ahí, unos platos secándose en la cocina y una bombacha colgada en la llave de la ducha. Algunas colillas se extraviaban en el tacho de basura y los personajes de las vidas de Solange y de Lucila sonreían felices desde las fotos en las paredes.

    Solange era una chica fácil de encontrar y Santiago la encontró antes de pisar el último escalón.

    Recostada boca abajo en el suelo, estaba muerta. La escena impresionó en los ojos redondos de Santiago –dos huevecillos que parecían salidos de su rostro– como un eclipse: en la cama de su novia las sábanas se confundían en un enorme manchón de sangre.

– ¡Sol! –se espantó. Cuando la tocó en la pierna comprobó que era rara al tacto.– ¡Está acá! ¡Está llena de sangre!

    Un rato después estaban en la calle.

    Habían salido corriendo luego de ver suficiente como para no olvidar nunca, y antes de comprender la historia que comenzaban a protagonizar ya estaban llamando a sus padres por teléfono, con desesperación.

    El padre de Santiago apareció primero. Con pasos cautelosos subió una de las escaleras –la más empinada– y ganó el sobrepiso que hacía de habitación de Solange. El cuerpo estaba echado en el piso, entre la mesita de luz y la cama.

Todavía sonaba el despertador. Se reclinó junto a ella y le tomó el pulso en el cuello. Nada. Luego en su muñeca. La mano izquierda de Solange estaba fría como un bloque de mármol. La musculosa blanca, que usaba como pijama, estaba manchada casi por completo de rojo. Las cuatro puñaladas en el cuello habían liberado un caudal arrollador.

Habían salido corriendo luego de ver suficiente como para no olvidar nunca, y antes de comprender la historia que comenzaban a protagonizar ya estaban llamando a sus padres por teléfono, con desesperación.

    Quince minutos después llegó la policía. Y la madre de Solange, desesperada. Y la unidad forense. Y el médico de guardia de San Isidro, Eugenio Aranda. No hacía falta nada para constatar que Solange estaba muerta: cuando el forense la quiso dar vuelta, la chica giró como una tabla. A pesar de la sangre seca que lo impregnaba todo, los hoyos abiertos por el puñal estaban a la vista. Después el forense anotaría que estimaba la hora del crimen entre la una de la madrugada y las siete de la mañana de ese miércoles 10 de enero que acababa de culminar; es decir, entre 18 y 24 horas antes del hallazgo. (No sería la única vez que se hablara del asunto.)

    El resto de los peritos invadió la escena; alguien apagó el despertador. El padre de Santiago hizo de testigo mientras tomaban huellas, revisaban la basura y recogían muestras. Los policías y los funcionarios estuvieron allí hasta las tres de la madrugada. En medio del horror, el suegro informal de la víctima entendió algo terrible, difícil de creer pero no por eso imposible: su propia empleada doméstica había asesinado a Solange.

    El día anterior Esther Berta Almirón –una de las dos empleadas que la familia Abramovich tenía en casa: una mujer correntina de 48 años que desde hacía dos meses trabajaba cama adentro– había mantenido una discusión con Solange. La chica había ido a cenar a la casa de su novio y se había cruzado con Esther en la cocina, adonde Solange y Santiago habían bajado a buscar la comida: milanesas con puré y ensalada. La doméstica no se llevaba bien con ella. Y Santiago le había contado a su novia que él mismo se había acostumbrado a evitarla porque Esther intentaba seducirlo. (A su padre le diría después que ella había entrado a su cuarto y le había tomado la mano para decirle “te quiero”. La situación le resultaba irreal).

   Casa de Sol y Luli, donde se cometió el asesinato.

Solange pasó a buscar los platos y suavemente, como en una gracia, empujó a la mujer correntina.

– ¡No jueguen conmigo! –les ladró la mucama.

    Al grito siguió el sacudón y un tirón de pelo, y Santiago intercedió y las separó, atónito. Y se fue sin comprender.

– ¡Sos una idiota! –chilló Sol antes de irse, ella también. Las milanesas con puré y ensalada quedaron en la cocina. 

    Los novios terminaron echados en la cama: en la intimidad de su habitación, Santiago abrazó a Solange un buen rato, jugueteando entre sus dedos con sus cabellos, recuperándose lentamente del altercado. Notaba, al mismo tiempo, que a su chica le había gustado ser defendida. Que esa noche algo extraño los había unido un poco más. Pero prefirió enfriar las horas y le dijo que debía irse a dormir a su casa. Solange entendió y se fue, y antes de la medianoche le envió un mensaje de texto cariñoso, de esos que consideraba especiales. Un último mensaje; y todo lo último es distinto.

    Veinticuatro horas después, el padre de Santiago, respondiendo al llamado telefónico de su hijo –que acababa de descubrir el cadáver–, se subió a un remís (auto particular que funciona como taxi) y, antes de guiarlo hacia el departamento de Solange, le dio indicaciones a los hombres de la garita para que llamaran a la policía y retuvieran a la empleada doméstica en su propia casa.

    Luego de la llegada del padre de Santiago a la escena del crimen, Lucila lloraba en la calle, abrazada a Pablo, un ex novio que también se había hecho presente. Alguien le había avisado y él, que era diez años mayor, parecía imponer desde sus treinta y pocos algo de cordura al tiempo que Lucila oscilaba entre la calma y el desgarro.

    Un rato después, en la comisaría, adonde fue a declarar, algunos la vieron demasiado fría; dijeron que en el shock silencioso que los invadía, la actitud de Lucila era distinta a la de todos los demás. En el escritorio policial, la empleada doméstica, que en esa misma madrugada había sido sorprendida en su habitación por una cuadrilla de policías y trasladada para dar explicaciones como primera sospechosa, se deshacía en gestos nerviosos. Frente a un escribiente, acabó contando una secuencia distinta a la que expondría Santiago, un cuento que sería el primer eslabón de la cadena de versiones y reversiones que atravesaría al caso durante los próximos años: la mujer correntina dijo que no había habido zamarreado a Solange y que nunca había seducido al chico, sino que era el padre de Santiago el que insistía en buscar algo con ella y la provocaba, recibiéndola a la mañana, cuando ella entraba en la habitación a dejarle el desayuno, cubriéndose apenas con una toalla.

Un rato después, en la comisaría, adonde fue a declarar, algunos la vieron demasiado fría; dijeron que en el shock silencioso que los invadía, la actitud de Lucila era distinta a la de todos los demás.

***

 En el corazón del barrio de Vicente López, sobre la calle Güemes, la casa que lleva el número 2280 es de fachada recta y ventanas de marco verde: aquí vivían las amigas. Solange (“Sol”, de 21 años, curvilínea, pura sonrisa, inquieta, con dos piercings y un tatuaje hindú) y Lucila (“Luli”, también de 21, alta y flaca, reservada, lectora de Cortázar, algo bohemia) compartían un departamento reciclado. 

    El miércoles 10 de enero de 2007, el día del hallazgo del cadáver, amaneció con lluvia y permaneció nublado: a Solange la mataron en las primerísimas horas de la madrugada, mientras dormía, o tal vez cuando clareaba o quizás al mediodía, o incluso a primera hora de la tarde; con cuatro puñaladas (aunque algunos médicos autopsiantes creyeron contar más) y, acaso, un estrangulamiento previo. Los peritos no concordaron en casi nada: ni en la hora de la muerte, ni en la mecánica del crimen, y mucho menos en las deducciones sobre el perfil del autor.

    Las dos amigas habían comenzado a vivir juntas un año y medio antes, el 31 de octubre de 2005. Solange, que había estado con su madre y con su padre –divorciados–, y también con sus abuelos, estaba lista ahora para tener algunos metros cuadrados propios (y escasos) para armar un espacio que llamaría “hogar”. Había elegido el departamento con su madre: un pequeño loft que parecía muy apropiado para dos personas. Lucila, que ya había vivido sola, se sumó a la aventura de la independencia. Ahí estaban. Por fin juntas. Por fin solas.

    Tenían el futuro por delante. El pasado había comenzado cuando Solange entró al tercer año del Colegio Nuevo de Las Lomas, en el barrio de La Horqueta, en San Isidro. Se habían hecho amigas compartiendo recreos, salidas, partidos de hockey, amores. Cuando terminaron la escuela secundaria cada una siguió su camino: Solange se anotó en Administración Hotelera en el instituto terciario La Suisse; Lucila probó suerte en la carrera de Letras de la Universidad de Buenos Aires, pero dos años después se cambió a Diseño de Imagen y Sonido. Para el verano de 2008 tenían un nuevo plan: viajarían a Andorra, adonde trabajarían de camareras durante la temporada de ski. Vivirían su ciclo nevado. Conocerían a un príncipe azul. Conquistarían las campiñas. Volverían con historias y con euros.

    Lo habrían hecho todo. Lo habrían vivido a fondo.

    Pero antes hubo un asesinato.

Fotografía publicada por la revista Para ti, elegida por la acusada para dar su primera entrevista sobre el caso.

*** 

 El rostro de Lucila era expresivo, virtuoso, dúctil al drama: su profesora de teatro, Silvia Píccoli, recuerda muy bien aquella cara en un aula vacía del Instituto Raggio, en Vicente López, adonde las dos amigas llegaron en 2006 para anotarse en el taller de iniciación de teatro.

– Los pequeños trabajos de Lucila fueron interesantes, como los de la mayoría de los actores que se diferencian –dice Silvia, mientras acomoda sus papeles después de un día de trabajo.– Hay gente que tiene un histrionismo en su gestualidad y hay gente a la que sobre el escenario no se le filtra nada de lo cotidiano. A Sol, en cambio, lo cotidiano se le filtraba, como a la mayoría de la gente que recién empieza.

    Había sido Lucila la que había llamado por teléfono preguntando por las clases y cuando algunos días más tarde se presentó en el Instituto, llevó a Solange. Pero después de tres clases, el horario superpuesto de una materia en la facultad la obligó a abandonar el taller, y la amiga continuó sola, sorprendiendo a su profesora, que creía que ella tampoco seguiría. Cada miércoles a la noche, durante un año, Solange se subió a un escenario donde pasó de los juegos de improvisación a las primeras escenas y a los números de expresión corporal, y de ellos a la preparación de una pequeña muestra. Con los ejercicios, y de a poco, dominó y exorcizó su vergüenza. La profesora la coronó como la revelación del curso.

– No sé si tenía potencial porque en un primer año es difícil descubrir quién tiene condiciones reales, pero Sol hizo un proceso muy bueno –dice.– Al principio era una persona que casi no se animaba a hablar y que se tentaba, y al final atravesó varias situaciones.

    Para la muestra de diciembre, Solange tomó papel en una escena de la obra Cien veces no debo, de Ricardo Talesnik, donde –intepretando al personaje que en el cine hizo Andrea del Boca– debía seducir a un novio, en un desafío para una actriz principiante. Su profesora evoca el acto como un logro. Un mes después de la muestra, todos sus compañeros habían visto la noticia de su asesinato. Con un correo electrónico, Lucila los convocó entonces a una reunión. Se juntaron en la casa de una de las estudiantes, ya de noche, con algo de comida para sortear el relato que vendría. La mejor amiga de la víctima había llegado con una compañera; explicó que ya no quería ir sola a ningún lado, dijo que el crimen la había sumido en un terror denso. Después les contó lo que había ocurrido en la casa de la calle Güemes. “Solcito era un sol, y debe estar en un lugar de mucha luz”, les dijo, y entonces la reunión se aflojó y todos trajeron anécdotas de Solange, y de algún modo fue divertido, y así, en algún momento, alguien pidió un brindis en honor a la chica muerta. 

El miércoles 10 de enero de 2007, el día del hallazgo del cadáver, amaneció con lluvia y permaneció nublado: a Solange la mataron en las primerísimas horas de la madrugada, mientras dormía, o tal vez cuando clareaba o quizás al mediodía, o incluso a primera hora de la tarde; con cuatro puñaladas.

***

El teatro fue luego teatralización. La historia se repite: primero como tragedia, luego como farsa. 

    Cuatro meses después del homicidio llegó a la casa de la madre de Lucila, en un barrio cerrado, una citación: “Por disposición del Sr. Agente Fiscal Dr. Alejandro Guevara, titular de la Unidad Funcional de Instrucción Nro 2, Distrito Vicente López Este, sita en la Av. Mai-pú 2963 de la localidad de Olivos, en el marco de la IPP Nº 14362, Caratulada ‘HOMICIDIO GRABENHEIMER SOLANGE’, se le hace saber a Ud. que deberá comparecer el día 27 de abril a las 23:00 Hs, al domicilio sito en calle Guemes Nro 2280, de la localidad de Florida, a fin de participar en la teatralización y reconstrucción de los hechos que se investigan en autos, bajo apercibimiento de ley. Queda Usted debidamente NOTIFICADO”.

    La puesta en escena del homicidio buscaba resolver las contradicciones que habían surgido entre las declaraciones de Lucila Frend y de Santiago Abramovich. Para desandar las palabras, nada mejor que las acciones. Para encontrar la verdad pesada, nada mejor que la fluidez del movimiento.

    Lucila acudió a la cita y entró en la casa junto a Santiago.

    El fiscal Alejandro Guevara –un hombre calvo y musculoso– los siguió de cerca, dirigiendo el episodio. Una comitiva de gendarmes y judiciales avanzaba en torno a ellos, en pequeña congregación. Lucila había entrado a la casa como testigo, pero durante el acting su condición se fue desdibujando.

    Quizás pasó una hora, quizás fueron dos: con el correr del tiempo el evento se convirtió para ella en una emboscada. Algo en su mirada, algo en su tono de voz o en sus palabras. Algo en sus dubitaciones. Algo en su postura y en sus manos. Algo en su respiración. Algo alertó a Guevara. El fiscal no podía terminar de creerle a esa muchachita que parecía un ángel pero que tal vez fuera un demonio, y endureció sus indicaciones y su interrogatorio para que sintiera la presión, para que se quebrara y llorara, para que anudara lo dicho, para que tuviera algo parecido a una crisis de nervios. 


El caso acaparó los titulares de la prensa.

 El punto era si el día del hallazgo ella había subido hasta la habitación de Solange junto a Santiago, o si sólo había ido él.

– Te pido que pienses antes de contestar y que seas precisa –le ordenó el funcionario, mientras Lucila trataba de controlar los nervios que esta inquisición había despertado– porque ya no es “Para mí”. Vos describiste y desplegaste una labor que le cupo a Santiago, entonces ya no es “Me parece que estuvo o no estuvo”; vos le atribuiste determinadas actividades a él.

– No, lo que yo me acuerdo es como que Santi subió y me dijo que estaba todo lleno de sangre. “¡Está Sole acá, está tirada!”; y bueno, yo subí y lo vi, vi eso y… no sé… yo, para mí, me acuerdo, como que te dije –ahora mirando al novio de su amiga asesinada– “¡Me parece que está muerta!”, y vos me dijiste que no la tocara, que dejáramos todo así.

– ¿Vos estás hablando de esta situación, de los dos arriba? –le preguntó Santiago a Lucila.

– Sí.

– Nunca estuvimos los dos arriba.

– No sé, yo me acuerdo de eso. Pero qué, vos qué decís, ¿como que bajaste y después yo subí?

– Yo no sé si subiste, pero yo arriba estuve solo en todo momento.

– No, yo subí.

– Después bajé y me fui para afuera, pero no estuvimos juntos los dos arriba nunca.

– Sí, estuvimos juntos en un momento, y vos me dijiste “¡No la toques!”. Pero obviamente fueron segundos. Yo la vi a Sol en un momento, capaz que vos no te acordás, pero yo en un momento subí y después volví a bajar…

    El asunto era clave: si Lucila había subido, había visto el cuerpo de su amiga y por ende había contado la verdad cuando había declarado frente a la policía y había hecho una descripción. Si no había subido nunca –como creía recordar Santiago–, entonces sólo había podido ver el cuerpo luego de quitarle la vida o de presenciar como alguna otra persona lo hacía. 

    El detalle es la llave de la verdad. Pero la memoria es contradictoria; desobedece.

– Ese diálogo me lo acuerdo patente –siguió ella; el fiscal observaba, concentrado–. O sea, probablemente cuando lo vi, Santi estaba en mi cuarto, pero yo sé que estuve. O sea, yo me acuerdo que Santi me dijo “¡No la toques, dejala así!”, capaz que yo estaba en el nivel donde estaba Sol y Santi estaba en mi cuarto.

– Eso no puede ser, no –intervino el novio, inflexible–. Eso no es así.

– Bueno… No sé… Yo recuerdo ese diálogo. Yo no soy, o sea, cien por ciento irreductible, pero para mí estuvo ese diálogo y para mí, si no estuve con vos en el mismo piso, o si estabas por ahí en mi cuarto, yo subí.

    No había acuerdo. Pero la teatralización continuaba. Ante la mirada de los funcionarios, sabiéndose endebles, Lucila y Santiago debían interpretar cada uno de los movimientos que habían hecho aquella noche. Una escena mal interpretada podía echar a perder la obra de la Justicia.

– Yo te decía que no me animaba a subir y me quedé acá, y vos subiste –siguió Lucila un rato después.

– “¡Sol, Sol está muerta!” –gritó Santiago desde la primera planta, como aquel día. Pero su voz, en el tono monocorde de la actuación forzada, carecía de emoción, de temor. Bajó de nuevo las escaleras.

– Para mí no se dio así –interrumpió Lucila–, pero bueno. Para mí, después de que dijiste “¡Está muerta, está toda llena de sangre, está Sol tirada en el piso!”, ahí yo subí.

– ¡Vamos a hacer la parte, entonces! –propuso el fiscal, entrando con energía en la escena, como si fuera el director en un ensayo.– Yo lo que te voy a pedir, Santiago, es que por favor vos hagas lo que te dice Lucila.

    Y Santiago volvió a subir hacia el sitio del hallazgo.

– “¡Sol, Sol está muerta!” –dijo, como un robot.

– Y ahora decís “¡Está todo lleno de sangre!” –agregó Lucila.

– “¡Está muerta!” –es lo que dijo él.

– Y ahora vos decís “¡Está todo lleno de sangre, está Sol tirada en el piso!” –retomó Lucila, mirando al fiscal–. Y yo ahí, tipo, subí y a partir de acá, tipo, no recuerdo perfectamente, especialmente qué hicimos los dos, pero yo la vi a Sol y le dije a Santi: “¡Uy, Santi, me parece que está muerta!”, y acá no me acuerdo si él bajó o no, pero yo, Santi, me acuerdo que te dije eso y vos me dijiste: “¡No la toques, dejémosla como está!”.


   Solange (“Sol”, de 21 años, curvilínea, pura sonrisa, inquieta, con dos piercings y un tatuaje hindú).

Durante el episodio, un gendarme simuló ser Solange Grabenheimer, ya muerta. Lucila fue llevada hasta él. Frente a la escena, la alucinación fue casi auténtica: de repente ese cuerpo fue casi un cadáver y esta noche fue casi aquella otra noche y la sangre estuvo ahí, impregnando las sábanas y las paredes, y el despertador sonó a las diez y media. Y todo fue lo mismo porque el tiempo no había transcurrido y porque lo único que sí era cierto era que Solange estaba muerta.

    Frente a su amiga inerte –el gendarme–, Lucila no pudo contener un llanto desgarrador, incontrolable, hondo.

    El fiscal tomó nota de eso, y también de la respuesta que un rato después dio Lucila sobre un cable de computadora hallado en la casa: cuando le preguntaron para que podría haber sido utilizado, dijo –no de modo sencillo, sino presionada e intimada– que podría haber servido como lazo en un juego sexual estrangulatorio. En su pericia posterior, Mariano Castex –doctor en Medicina y profesor titular de una cátedra de Psicología Forense en la Universidad de Buenos Aires; perito de parte de la familia Grabenheimer– explicó que la máscara psicopática de Lucila se había caído durante el ataque de nervios que la invadió en la reconstrucción del asesinato.

    Desde ese momento, el fiscal se convenció de que Lucila había matado a su amiga.

***

Lucila dejó entonces de ser “Luli” y se convirtió en “Lucila Frend”: un personaje público recién salido de la escuela que en sus rasgos de belleza esbelta pasó a interpretar un arquetipo, más allá de cualquier cosa que ella misma pudiera expresar o hacer. Su apellido, tan cercano a la palabra “friend” – “amigo” o “amiga”– no ayudó: en la paradoja de una amistad emboscada en un crimen parecía jugarse buena parte del relato popular de la muerte de Solange Grabenheimer. Su personaje alimentó a la sociedad, en episodios sinuosos y espectaculares, con uno de sus relatos favoritos de sangre y misterio.

    La teatralización, por su lado, quedó en la nada cuando fue anulada por los jueces de la Sala II de la Cámara de Apelación y Garantías en lo Penal de San Isidro. El interrogatorio duro, con especial insistencia en el mecanismo de muerte de Solange, había violado el principio de autoincriminación: como testigo, Lucila debió haber recibido un trato diferente, sancionaron los jueces.

    Pero la construcción de su figura pública ya no tenía marcha atrás. Durante mucho tiempo, el modelo de una Lucila psicópata –una Lucila que era eximia muestra de frialdad y de manipulación– se impuso en el caso.

Su apellido, tan cercano a la palabra “friend” – “amigo” o “amiga”– no ayudó: en la paradoja de una amistad emboscada en un crimen parecía jugarse buena parte del relato popular de la muerte de Solange Grabenheimer.

***

 Parece mentira que a tantos recuerdos buenos de amistad hayan seguido varios otros de incertidumbre. Lucila no quiso hablar con nadie durante los cuatro años en los que permaneció en el ojo de la Justicia. Declaró ante la policía en los primeros días, un par de veces, y luego calló ante la prensa. El fiscal Guevara nunca la citó. Y aunque ella aportó su propio relato manuscrito al expediente para contar su verdad, no fue tomado en cuenta.

    “Lucila prefiere evitar este tema, se siente muy mal”, decían durante el proceso los abogados del estudio Pizarro Posse & García Santillán, que la defendían desde una casona de la calle Talcahuano, a la vuelta del Palacio de Tribunales de la ciudad de Buenos Aires. 

    La defendida vivía en un barrio cerrado, trabajaba en la agencia de relaciones públicas de su madre y hacía todo lo posible por llevar una vida normal. Una tarea difícil, en las circunstancias que la rodeaban. Sin embargo, concedió algunas entrevistas: en el inicio no eligió un diario ni un noticiero, sino a Para Ti, una revista de mujeres. En los retratos aparecía más flaca que en otras viejas imágenes donde abrazaba a Solange. Y tenía algo en la mirada que le nublaba sus ojos verdes: angustia. “Éramos muy confidentes con Sol”, dijo en esa entrevista, publicada el 6 de julio de 2007. “Teníamos una relación espectacular. Todo lo que viví con ella fue muy lindo. Nunca hubo maldad. Estoy en paz porque nunca tuve una pelea con ella. Los pocos problemas que tuvimos, los arreglamos hablando. Toda la tristeza va por dentro. Me encuentro con Sol cuando rezo por ella o miro sus fotos. Con todo esto, empecé a descubrir una faceta espiritual en mí”.

    La hipótesis que ponía Lucila en el lugar de la homicida se basaba en indicios que incluían la hora del deceso y algunas contradicciones en los testimonios. Sin embargo, el punto flojo de esa acusación era el móvil: ¿por qué Lucila le podría haber quitado la vida a Solange?

– Ese es el gran déficit del fiscal: acá no hay ningún móvil que justifique el homicidio de Luli a Sol –explicaba en aquellos días de batalla jurídica el abogado Rodolfo Tailhade, del estudio de Pizarro Posse & García Santillán.

    Pero los familiares de Solange no estaban de acuerdo. Decían que todo podía tener que ver: desde una relación lésbica oculta hasta un ex novio que hizo cortocircuito entre las dos, pasando por el dinero, los celos, la envidia y los problemas domésticos.

    Ese ex novio era Pablo, un joven dentista con el que Lucila había salido, y que luego la enfrentó con su amiga. Se habían conocido los tres juntos en un taller de teatro en Martínez, que Solange abandonó a poco de comenzar. Lucila y él continuaron con las clases y pronto se dieron cuenta de que no necesitaban una escena de amor para besarse. La relación se prolongó durante dos años. Lucila todavía no tenía 20 años y Pablo ya estaba pisando los 30: la atracción era asimétrica, con picos de pasión y pozos de rechazo. Pero el tiempo lo erosionó todo y a mediados del año 2006 estaban en un callejón sin salida.

La hipótesis que ponía Lucila en el lugar de la homicida se basaba en indicios que incluían la hora del deceso y algunas contradicciones en los testimonios. Sin embargo, el punto flojo de esa acusación era el móvil: ¿por qué Lucila le podría haber quitado la vida a Solange?

    En esos días, Solange también estaba desencantada con su novio. Compartían una relación larga y conflictiva. Hay situaciones que sólo se dan en el marco de una vida compartida: por ejemplo, un intercambio de novios. En tiempos de corazones rotos, Pablo y Solange se dieron cuenta de que los dos eran los decepcionados de sus relaciones. Creyendo que Santiago y Lucila eran fríos con ellos, se juntaron a charlar y a consolarse. “Una noche que yo me había quedado a dormir en lo de mi abuela, Pablo apareció en casa para hablar con Sol”, contó Lucila en su primera entrevista. “Yo me había peleado con él hacía tres semanas. Se quedó hasta tarde, tomaron varias cervezas y después, a los dos días, Sol me confesó que él intentó avanzarla a pesar de su resistencia”.

    Solange se lo contó con algo de culpa, sabiendo que hacía lo correcto. Le dijo que Pablo fue tan insistente que había tenido que encerrarse en el baño para que él se diera cuenta de que no quería seguir adelante con el coqueteo. Primero hubo una llamada por teléfono a los gritos y un mail cargado de rencor. Y después, la calma: Lucila perdonó a Solange. “Como vino de frente a contármelo, me puse de su lado”, contó en la entrevista. Entonces Solange le propuso un plan: una aventura entre amigas que echaría toda la basura afuera. Se subieron al auto y manejaron hasta Belgrano, donde encontraron estacionado el coche de Pablo y ahí, después de esperar un rato y de comprobar que nadie las veía, lo rayaron y le dejaron su desagravio en palabras ominosas.

    “Pito chico” –la venganza.

    “Puto” –es un plato que se come frío.

    Le arrancaron una calco de Mundo Marino, le rompieron el espejo retrovisor y le pincharon las cuatro ruedas; el problema ya no estaba entre ellas.

    El fiscal nunca creyó que esa ceremonia de destrucción y redención hubiera dejado en el olvido la traición amorosa. Durante cuatro años, Guevara buscó el móvil en torno a Lucila. Insistió con su corazonada. Quiso entender si la relación entre ellas se había desgastado hasta llegar a un final fatal, quiso tomar uno por uno los vectores de la amistad y someterlos a su microscopio judicial. Se preguntó: si el crimen no pasaba por el novio, ¿podría haberse desatado ante un amor homosexual no correspondido? “¡No es correcto!”, respondió Lucila, rigurosa, cuando la primera periodista que la entrevistó le hizo una pregunta similar.

    La cobertura noticiosa del asesinato infló la teoría de un amor lésbico y prohibido entre Solange y Lucila. Las declaraciones de tres testigos (entre los que se encontraba el novio Pablo), que indicaron que la acusada se había besado con otras chicas y que conocía la disco gay Sitges, alimentaron la pista.

    En aquel tiempo, el abogado de Lucila salía al cruce:

– Luli tiene una amiga lesbiana de la secundaria y cuando se peleó con su ex, esta chica le dijo: “Dale, salí, divertite”. Y la llevó al boliche gay.

    Elegante y meticuloso (anotaba en un cuaderno ideas que pasaban fugaces para no olvidarlas en el momento de incluirlas en su largo relato), el abogado Tailhade encendía un nuevo cigarrillo y continuaba:

– Ellas salían bastante. Eran lindas y tenían cierta capacidad de gasto, entonces iban a boliches como Rumi o Asia de Cuba. Tenían una vida social muy activa. Salvando las distancias, las puedo comparar con Paris Hilton o Lindsay Lohan, que se la pasan besándose entre ellas. A los 21 años eso existe y es bastante común. Me llamó la atención, entonces, que se hablara con bastante apresuramiento sobre posibles móviles homosexuales, porque en el expediente no hay más que un testimonio que habla de un piquito: Solange y Lucila eran heterosexuales, de eso no queda ninguna duda.

    Cuando la pista de amor homosexual fracasó, surgió la de la convivencia belicosa. La relación entre las dos fue desgastándose a lo largo de quince meses, con peleas domésticas de por medio. Algunas amigas contaron que Lucila le usaba la ropa a Sol, incluso la ropa interior, y que eso le molestaba. Dijeron que Lucila no colaboraba con las tareas del hogar y que no ordenaba el caos que dejaban sus amigos. Hablaron, por último, de que una vez perdió las llaves y que Solange no se lo perdonó.

– Son cosas que a estas chicas les parecían importantes, pero que de ninguna forma podrían justificar un crimen –continuaba el abogado de Lucila.

    Sin embargo, Roberto Grabenheimer, el padre de Solange, creía que había algo más, y lo dijo en una entrevista única y temprana, también con la revista Para Ti, el 29 de junio de 2007: “La amistad no estaba como siempre. A ellas se les terminaba el contrato y yo le estaba insistiendo a Sol para que se viniera a vivir conmigo. No recuerdo exactamente qué palabras usó, pero me dijo algo así como ‘No es como parece. Luli no es tan amiga mía como antes’. Pero Sol cometió un error muy grave cuando se fueron a vivir juntas. Como Luli tenía problemas económicos, le propuso a Sol pagarle 50 pesos menos de alquiler a cambio de dejarle la pieza más grande. Esa no es forma de resolver entre amigos porque el código que se gesta no es bueno. Yo me enojé mucho cuando lo supe porque Sol se habría estado abusando de la falta de dinero de su amiga. Hay otras formas de resolver: un sorteo, un mes cada una…”.

Me llamó la atención, entonces, que se hablara con bastante apresuramiento sobre posibles móviles homosexuales, porque en el expediente no hay más que un testimonio que habla de un piquito: Solange y Lucila eran heterosexuales, de eso no queda ninguna duda.

*** 

 El proceso fue prolongado y desgastante. El fiscal se apoyó en las contradicciones entre Lucila y una empleada de la empresa del padre de Solange (la primera decía que había llamado al negocio para preguntar por su amiga y la segunda negaba haber hablado con ella). También se valió de la afirmación, por parte de Lucila, de haber subido a la escena del crimen detrás de Santiago y haber visto el cadáver, a pesar de que el novio de la víctima lo negara; de la descripción de la frialdad de Lucila, de parte de Santiago y de su padre; de la aseveración –por parte de la prima y el novio de Solange– en torno a la bisexualidad de Lucila y un posible móvil pasional; de los testimonios que surgieron acerca de las diferencias que mantenían las dos amigas en los quehaceres cotidianos; de los informes periciales de Microsoft y de Arnet que señalaban que un día después del crimen alguien entró, desde el domicilio de la madre de Lucila, en la casilla de correo electrónico de Solange; de la ausencia de respuesta para las alertas de Nextel enviadas por una amiga al teléfono de Solange, en la madrugada en la que ocurrió el crimen; del descarte de la pista de un robo. Entre otras.

***

Pero hay, en algún momento, más explicaciones. Porque aparte de la hipótesis que acusa a Lucila, existen otros intentos por poner en orden el mundo perturbado que reveló el homicidio de Solange. 

    Las otras versiones del crimen son tres.

    En una de ellas, un hombre trabaja en la obra en construcción que se alza al lado del edificio de Güemes 2280. El esqueleto de cemento también es propiedad de la dueña del pequeño loft que habitan Solange Grabenheimer y Lucila Frend. Y es una de ellas la que arregla para que ese hombre haga unas refacciones en su casa. El primer trabajo es sobre una escalera que lleva a un entrepiso. El segundo, sobre el portero eléctrico. El tercero, sobre un cable del televisor. Entre Solange y el hombre de la obra hay cierta confianza y un día él le pide permiso para ingresar una escalera a la casa a través del pequeño balcón que se comunica, mediante un puente, con el techo de la obra. Otro día es ella la que hace el camino inverso: se ha olvidado las llaves y es la única opción que tiene para salir. En algún momento, mientras repara la escalera, el albañil aprovecha una oportunidad a solas con la empleada doméstica de Solange y le pregunta si la chica tiene novio. Ella le contesta que sí, pero el albañil igual le pide el celular. La doméstica le dice que no lo tiene. Cuando finalmente lo consigue, el hombre la invita a salir y, aunque Solange se niega, él ya no la puede olvidar.

Lucila fue absuelta. Así cubrieron los diarios el juicio.

    Es miércoles, 10 de enero de 2007, cuando el tipo toma la decisión. Está obsesionado y es muy temprano cuando se dirige al techo, donde pasa al puente, y luego empuja suavemente la puerta del balcón, sabiendo que la cerradura está rota. Ahí duerme Solange. Inmóvil, indefensa. El tipo se le echa encima, cubre su boca y aprisiona sus brazos. En la confusión del ataque hace algo que adquiere la forma de un abuso, pero se pone nervioso y sobreviene el horror del crimen a puñaladas.

    Otra versión de los hechos: Santiago –el novio de Sol–, Valeria –la prima– y Lucila llegan a la casa de Güemes 2280 cerca de la medianoche. Durante todo el día Solange no ha aparecido ni respondido a las llamadas. Ahora él sube por la escalera que lleva a la habitación y descubre lo peor.

– Ya sabemos de dónde viene esto… del lado de Robbi…– es lo que dice el muchacho en algún momento, según cuenta Lucila.

    “Robbi” es Roberto Grabenheimer, el padre de la víctima, dueño del negocio de polarización de parabrisas y venta de autopartes donde eventualmente trabajaba Solange. “Robbi” distribuía sus ingresos en operaciones inmobiliarias a nombre de su hija; compartía algunas salidas nocturnas con ella y tenía mal carácter. En poco tiempo pasó a ser mencionado en voz baja, entre rumores, como posible blanco de una venganza mafiosa concretada a través del asesinato de su hija Solange: el negocio de los repuestos para automóviles tiene mala fama. La pista nunca creció.

    “Esa es otra de las hipótesis de Lucila”, desmintió la madre de Solange, Patricia, divorciada del padre, en una entrevista. “No había ningún negocio raro. Mi ex marido tiene un local de polarizados desde hace 30 años. Cuando falleció el abuelo de Sol, algunas propiedades fueron puestas a nombre de ella, y eso la ponía muy nerviosa porque era muy jovencita y no sabía lidiar con abogados”.

    Y la última versión del crimen: Esther, la empleada doméstica de la familia de Santiago, siente que Solange la molesta cada vez que va a visitarlo, que la provoca y que la empuja cuando pasa a su lado. En la noche del 9 de enero de 2007, Esther llega a un límite y le da un sacudón a Solange. A las cuatro de la madrugada del día 11, una vez descubierto el cadáver de Solange, la policía, enterada de la discusión en la cocina, llega a la casa de la familia, buscando a Esther. Pocos días después la empleada doméstica queda desvinculada de la investigación.

***

En una pequeña sala de audiencias del primer piso de los tribunales de San Isidro, el crimen de Solange Grabenheimer fue articulado de una y mil formas, examinado en detalle, desarmado como un acertijo de no pocas respuestas, armado y rearmado.

    De un lado, el fiscal y el abogado querellante, sentados cerca de la madre atormentada de la víctima; del otro, Lucila Frend, llegada desde España –para alejarse del horror que la rodeaba en Buenos Aires se había ido a vivir allá y trabajaba en una exposición de dinosaurios robotizados–, acompañada por el equipo de abogados defensores venidos desde su búnker de pisos de madera crujiente y bibliotecas jurídicas. En el centro, los tres jueces del Tribunal Oral en lo Criminal II.

    El 13 de junio de 2011, a las 11:20 de la mañana, Lucila se sentó en una sillita, frente a los jueces, y comenzó con su relato:

–Sol llegó a casa a las once de la noche, el 9 de enero, llorando porque había tenido una discusión muy fuerte con la mucama de Santiago, su novio…

    Lucila había repetido tantas veces la historia que no le iban a faltar las palabras. Contó sobre las insinuaciones de la empleada doméstica de la familia de Santiago, sobre la pelea que había tenido con Esther, sobre la charla que compartieron y lo que hizo ella por calmarla. Dijo que se fueron a dormir a la medianoche. Y que al día siguiente se levantó a las siete de la mañana, se lavó la cara, se cambió, desayunó, tomó café y salió rumbo al trabajo.

–Sol dormía, lo juro.

Y la última versión del crimen: Esther, la empleada doméstica de la familia de Santiago, siente que Solange la molesta cada vez que va a visitarlo, que la provoca y que la empuja cuando pasa a su lado. En la noche del 9 de enero de 2007, Esther llega a un límite y le da un sacudón a Solange.

    Habló de su jornada en el laboratorio, de los llamados telefónicos que hizo para hablar con Solange, del encuentro vespertino con sus tíos y primos suecos, del tren que abordó para ir al cumpleaños de la prima de Solange. De que nadie sabía nada de su amiga. De la decisión que tomaron para ir con el novio de Solange a la casa, con un mal presentimiento. De que, ya adentro del departamento, el despertador estaba sonando. Y de que, por fin, encontraron a Solange. Muerta.

    Durante la pequeña eternidad en que Lucila permaneció hablando y respondiendo a las varias preguntas que le disparaban como dardos, mencionó también la reconstrucción del crimen. Se debatió su nulidad. Se vio su registro en video. Los jueces le preguntaron a Lucila si la habían golpeado, si la habían amenazado, si acaso habían hablado de acercarle una picana.

–Estaban todos los policías mirándome; era una violencia increíble –respondió Lucila. –El trato que tengo acá es una fiesta de cumpleaños comparado con el que tuve en la reconstrucción.

    Los mensajes de texto, el cadáver, el negocio del padre de la víctima, la presencia de los albañiles en la obra vecina, la marihuana, el grupo de amigas, los compañeros de teatro, un novio de los 18 años: durante tres horas y media, Lucila repasó buena parte de su vida. Y la de su amiga Solange.

    Luego llegó Pablo, su ex novio, el dentista. Frente a los jueces contó que con Lucila había tenido una relación de dos años y medio, y que la diferencia de edad, de diez años, nunca había dejado de ser significativa. De alguna manera, Pablo pareció querer justificarse cuando dijo que en aquellos años no estaba en sus cabales y que, por eso, no tenía las mejores condiciones para elegir una pareja de su edad. Por supuesto, habló del episodio de confusión y atracción que vivió con Solange, y de su repercusión posterior: el ataque de las dos amigas hacia su auto, la pinchadura de las gomas, la rayadura de la pintura, la sentencia de “Puto” y “Pito chico”.

    Le preguntaron, también, sobre las inclinaciones sexuales de Lucila.

–¿Descarta la homosexualidad entre ambas? –quiso saber uno de los jueces.

–No lo podría afirmar, pero no me daba la sensación de que tuvieran una relación de ese tipo –respondió el ex novio.

–En caso de existir, ¿usted se hubiera enterado?

–No sé, la verdad que nunca imaginé una situación así. No creo que pudiera llegar a tener una novia que viva con otra chica y que sea homosexual. En la relación de pareja soy más conservador. La verdad, nunca se me cruzó por la cabeza.

    El segmento melodramático, chismoso de los juicios suele ser un antídoto contra los tecnicismos jurídicos: llega un momento en que la realidad emerge y la vida se cuenta sin eufemismos.

    La discusión –a veces espectacular en sus descripciones borrascosas; a veces limitada al tecnicismo de un dato– se dio a lo largo de un mes y repercutió en las noticias como en una carrera: “Lucila Frend, cada vez más complicada” fue un título varias veces repetido en aquellos días fríos. La narración de un asesinato siempre es parte de su violencia.

 Los mensajes de texto, el cadáver, el negocio del padre de la víctima, la presencia de los albañiles en la obra vecina, la marihuana, el grupo de amigas, los compañeros de teatro, un novio de los 18 años: durante tres horas y media, Lucila repasó buena parte de su vida. Y la de su amiga Solange.

    Y en una de esas narraciones, la hora de la muerte de Solange Grabenheimer fue, finalmente, la cuestión: el tribunal objetó la pericia de Eugenio Aranda, que el 10 de enero de 2007 –el día del crimen– revistaba como perito de guardia en San Isidro y que fue el primer médico que vio el cadáver. Sobre el trabajo de Aranda, que establecía que la hora de muerte se situaba entre la una de la madrugada y las siete de la mañana, se apoyó el fiscal Guevara para acusar a Lucila: en esa franja horaria, ella estaba en la casa donde murió Solange. Tal vez sola, tal vez acompañada por alguien más.

    Con los años, el horario de la muerte se había convertido en una incógnita. Las nociones de rigidez cadavérica, temperatura y lividez atravesaron el juicio sin llegar a una conclusión. No poder fijar el momento preciso del asesinato oscureció el proceso. Ante los jueces pasaron ocho peritos médicos: seis dijeron que el crimen también podría haber sido cometido después de las siete y media de la mañana; es decir, después de que Lucila hubiera dejado la casa para ir a trabajar. Pero con la acusada fuera de la escena del crimen, una acusación de la fiscalía basada en este punto resultaba inútil. Para peor, el perito Aranda recibió en el juicio una acusación de falso testimonio (que luego obtuvo una absolución en primera instancia) ante el planteo, en un ateneo médico, de una segunda y hasta de una tercera franja horaria de muerte. En ese capítulo, los forenses habían confundido “rigidez completa irreductible” con “rigidez completa y reductible”.

*** 

En la dificultad del debate tampoco se pudo definir cuál había sido el arma utilizada para causar las heridas mortales en el cuello de Solange; la técnica forense es por momentos ingrata. Se dijo, sí, que fue un elemento más punzante que cortante. Se especuló con que las heridas fueron hechas por una persona zurda, y Lucila era zurda. Se escuchó la hipótesis de que Lucila apuñaló a su amiga montándose sobre ella y aprisionándola bajo sus piernas. Pero se aseguró, también, que no se podía llegar a una conclusión definitiva sobre la posición del asesino con respecto a su víctima.

    Un viejo adagio de las ciencias forenses dice que el cadáver habla, que es el último testigo de un asesinato. El cuerpo de Solange, que no presentaba heridas de defensa, dijo, probablemente, que la chica había sido sorprendida durmiendo. Por otro lado, un manchón de sangre sobre la cama daba cuenta de que allí había sido apuñalada. Pero su cadáver, en cambio, fue hallado en el suelo, al lado de la cama.

    En la morgue, los autopsiantes buscan las livideces del cuerpo: moretones violáceos de sangre coagulada que se asientan de acuerdo a la fuerza de gravedad y que aparecen durante las primeras doce horas que siguen a la muerte. En el cuerpo de Solange había dos tonos de demacraciones, lo que señalaba que había estado en dos posiciones. La primera, en la cama; la segunda, en el suelo. Durante esas doce horas en las que se formaron sus marcas (las primeras doce horas que siguieron al crimen), el cuerpo había estado más tiempo en el suelo que en la cama.

En el cuerpo de Solange había dos tonos de demacraciones, lo que señalaba que había estado en dos posiciones. La primera, en la cama; la segunda, en el suelo.

    Es decir que el asesino lo había movido.

    Lo hizo algunas horas después del asesinato.

    El autor del crimen se quedó adentro de la casa durante un largo rato hasta que por algún motivo volvió al cuartillo de Solange y la dio vuelta en la cama, colocándola boca arriba, para luego echarla al piso. Algunas manchas de sangre en las piernas del cadáver indicaban que su homicida la había tomado por allí con sus propias manos manchadas.

    Pero tal vez el criminal no se quedó: era posible que hubiera salido de la casa y vuelto a entrar, movido por el recuerdo de algo. Una marca, en el muslo de la víctima, llevó a los acusadores a pensar que Lucila había dejado su encendedor de cigarrillos bajo el cuerpo de su amiga, y que era esa pieza la que había provocado la manipulación.

    Para los abogados defensores, un pelo –hallado en la escena del crimen y manchado con sangre (sangre mezclada, correspondiente en parte a Solange y en parte a otra persona, que tampoco resultó ser su amiga acusada)– parecía poner en lugar seguro a Lucila. Pero la posible contaminación de la prueba tampoco permitía afirmar nada de manera categórica.

    Por otro lado, si el asesino se había ido y había regresado, debía tener las llaves de la casa. El fiscal señaló que las puertas y las ventanas no habían sido violentadas. La defensa de Lucila habló de la existencia de una puerta balcón que no estaba cerrada con llave y que daba directamente a una obra en construcción vecina desde donde alguien se podría trepar.

***

– En los juicios yo siempre siento presencias. Te lo juro por Dios –me dice ahora el abogado querellante, Roberto Damboriana.

    Después de tener entre manos algunos de los problemas judiciales de Rodrigo Bueno y de Diego Maradona, y el asesinato en el que Fabián Tablado liquidó a su novia, Carolina Aló, con 113 puñaladas, este abogado regordete, hábil para las relaciones públicas, se echa hacia atrás en su despacho bajo una maciza cruz de madera y más allá de una pila de expedientes. Con cierta nostalgia por sus antiguos casos resonantes, contornea su mano en el aire y pone al homicidio de Grabenheimer en un segundo nivel de popularidad.

Para los abogados defensores, un pelo –hallado en la escena del crimen y manchado con sangre (sangre mezclada, correspondiente en parte a Solange y en parte a otra persona, que tampoco resultó ser su amiga acusada)– parecía poner en lugar seguro a Lucila.

    Son los días en los que el rostro de Ángeles Rawson todavía conmueve las cifras del rating, y Damboriana acaba de hacerse cargo de la querella de otro caso caliente: el homicidio de Araceli Ramos, a manos del ex prefecto Walter Vinader. Y entonces habla de los canales, de los conductores, de lo que quiere el público. También de los magistrados y de las sentencias. Pero en un momento se detiene. 

    Aparte de la maquinaria que mueve a la opinión pública, hay resquicios por donde a veces se filtra lo trascendente. Y Damboriana, que ha dejado de sonreír, evoca entonces lo que sintió en el juicio de Lucila Frend.

– Yo percibí la presencia de Solange en esa sala, sí. Cuando interrogaba a los testigos, había preguntas que me caían como dictadas.

***

El retrato con las cuatro manchas blancas, aquel que la madre de Solange llevó consigo durante el juicio y que se decoloró en el misterio, aquel que hizo emerger los estigmas químicos del papel fotográfico en el preciso lugar donde su hija fue herida, cuelga ahora en la sala de estar de la casa de los Grabenheimer.

La decoloración no continuó expandiéndose; apenas quedó limitada al cuello.

***

La sentencia se leyó el 12 de julio de 2011. En la audiencia todo se resolvió en un instante. Una gran concurrencia de familiares, amigos y periodistas copó una sala mayor al cuartucho donde se venía desarrollando el debate e impuso una pausa en el juicio que se le seguía, en ese mismo espacio mayor, a Guillermo Bártoli y a los otros parientes de María Marta García Belsunce acusados del encubrimiento de aquel resonante crimen de country. De hecho, Bártoli –un hombre de modales finos y gran barriga, notablemente demacrado– aprovechó el recreo para cruzar al café de enfrente junto a Horacio García Belsunce, su compañero de penas, y comentarle, por lo bajo:

– A esa chica, Lucila, no la pueden condenar sin pruebas.

    Las palabras de Bártoli resultaron certeras. Un funcionario del Tribunal Oral en lo Criminal II leyó la absolución (registrada en un documento de 168 fojas, certificado luego con una segunda absolución en el tribunal de casación) y su tono monótono, bajo y desvivido contrastó con los gritos de alegría y de furia, de redención y de impotencia que estallaron en la sala.

El retrato con las cuatro manchas blancas, aquel que la madre de Solange llevó consigo durante el juicio y que se decoloró en el misterio, aquel que hizo emerger los estigmas químicos del papel fotográfico en el preciso lugar donde su hija fue herida, cuelga ahora en la sala de estar de la casa de los Grabenheimer.

    La familia Frend festejó exorcizando años de angustia. La abuela se paró sobre una silla y con los brazos al cielo gritó:

– ¡Inocente!

    El padre, desde más atrás, se desquitó a su modo:

– ¡Se acabó la mentira! ¡Se acabó la mentira!

    Pero en frente, a muy poca distancia, Patricia, la madre de Solange, lloró desconsolada. La prima Valeria ganó la vanguardia con dos saltitos y se acercó a la sospechosa absuelta:

– ¡Asesina! ¡Esto te va a quedar para toda la vida en tu conciencia! 

    Y su grito se mezcló con un rugido colectivo que a la vez fue tanto que había sido dicho y fue tanto que había sido callado.

 – ¡Silencio, por favor! ¡Esto no es un circo! –se impuso a su vez uno de los jueces.

    Pero ya nada más importaba. A nadie.

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