Relatto | El cuento de la realidad

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Canta Chavela Vargas que uno siempre vuelve a los viejos sitios donde amó la vida. Yo amé mi vida en Nong Khiaw, una aldeíta con encanto encajada entre montañas multicolor, muy pegaditas al cielo, donde al amanecer bajan las nubes a ras del suelo y se elevan perezosas con el paso de las horas, llevándose con ellas el frío y el gris del crepúsculo. Amé mi hogar transitorio de, pongamos, no más de 10 metros cuadrados, con terraza y hamaca para columpiarme y leer antes de irme a dormir y luego acurrucarme en la cama, bajo las mantas y mis dos almohadas, una para apoyar la cabeza y otra para abrazar la soledad. Amé intensamente cada día y noche que me procuré en esta población de gentes humildes, oculta en las profundidades del norte de Laos, que secciona en dos el río Nam Ou y une un puente de hormigón compacto, como hace la tráquea con nuestros pulmones. Un regalo, el puente, de la vecina China a cambio de desangrar la provincia de Luang Prabang, a la que pertenece Nong Khiaw, con un sistema de presas hidroeléctricas y embalses que están anegando las aldeas colindantes, obligando a sus pobladores originarios a empacar sus enseres y huir a otros destinos inciertos. Todavía siguen deambulando porque ellos, como yo, amaban su hogar. No sé traducir ‘progreso’ en mandarín. Ni en tailandés ni en surcoreano, porque son varias las superpotencias decididas a sacar tajada del negocio energético a expensas del Mekong, de la conservación del curso de sus afluentes y del derecho a una vida digna de los lugareños, jodidos e indefensos. 

Recorriendo sobre la camioneta que me trajo a Nong Khiaw el puente de hormigón que une la población, seccionada en dos por el río Nam Ou.

Del gran río dependen, en el conjunto de países del Sudeste Asiático, cerca o quizá más de 60 millones de personas para subsistir, la mayoría dedicadas al cultivo de la tierra y la ganadería a pequeña escala, pequeñísima. Calculen el despropósito. Por supuesto, la construcción de estos megaproyectos está auspiciada por el gobierno de Laos que ha colocado unas banderitas multicolor muy cucas a ambos lados del puente cuya única función, además de la de hacer bonito —aunque eso es tan cuestionable como incontestable-—, es servir de anemómetro rudimentario para intuir cuán brava es la fuerza de la ventisca proveniente de la sierra. 

Laos es el hogar natural del Mekong que se extiende laberíntico por el territorio como un galimatías. En 2017, el país contaba con cerca de 50 centrales hidroeléctricas y otras decenas más de proyectos todavía en construcción. Solo una tercera parte de la energía que se produce en estas se reinvierte en el país, el resto se exporta. Con la aceleración del cambio climático, el progreso en mandarín, tailandés, surcoreano y laosiano se traduce en miseria. El cauce de uno de los ríos más caudalosos del mundo se parece cada vez más a un recipiente vacío de agua estancada, asfixiado a estas alturas por la codicia y la sinrazón. 

Una de las decenas de centrales hidroeléctricas que se están construyendo en Laos y están anegando las aldeas de los alrededores. 

Los días en Nong Khiaw se sucedieron en un maravilloso letargo, consagrados principalmente al bello oficio de ser caminante sin prisa. La gente de ahora lo llama “hacer senderismo”. Yo lo llamo caminarme cada palmo, al ritmo impuesto por mis pulmones abnegados por los cigarrillos que me enchufo a diario. Soy una chimenea andante, pero cosas más extravagantes se han visto. Les sentía como queriendo salir espantados de mi cuerpo mientras me arrastraba como un gusano por senderos tortuosos de lógica zigzagueante. No me cansaba de insistir, a pesar de la falta de aire. Coroné cada cima de la cadena de montañas que encierran la aldea. Como no tenía prisa, lo de llegar siempre fue lo de menos. A mí me gustaba recrearme en cada tramo del sendero, repleto de árboles prodigiosamente deformes, retorcidos sobre su propio eje, entrelazados entre ellos por las ramas y lianas que se desprendían de las copas. Parecía como si, hostigados por el influjo de un flechazo amoroso, se buscaran los unos a los otros para fundirse en un abrazo imperecedero. Un sistema de telarañas leñosas tan tupido que apenas dejaba pasar la luz del sol a través, entre claridad mortecina y sombras. Ahí metido, uno podía perder la noción del tiempo y de su propia suerte. 

Amé intensamente cada día y noche que me procuré en esta población de gentes humildes, oculta en las profundidades del norte de Laos, que secciona en dos el río Nam Ou y une un puente de hormigón compacto, como hace la tráquea con nuestros pulmones.

Fue en una de esas crestas salvajes donde conocí a un vagabundo auténtico cuya única ambición en esta vida y las que ya se ha fundido es la de acumular destrezas y recuerdos. Uno debe estar muy atento para reconocerlos porque son una especie en extinción, solo se prodigan en lugares poco concurridos, como animales exóticos en las profundidades de la jungla. El ejemplar de 69 años con el que yo me topé responde al nombre de François o Panchito, como le conocían en Real de Catorce, un pueblo minero del estado mexicano de San Luis Potosí donde vivió durante cinco años. Panchito mide los intervalos de tiempo en ‘ahoritas’ y se le salen los ‘ándale’ a diestra y siniestra, como si nunca hubiera abandonado su México lindo. Vestido de blanco impoluto, se me apareció como un espectro bucólico en lo alto del peñasco Nang None. Pensé que estaba alucinando: la virgen disfrazada de hombre bajada del reino de los cielos para reírse en mi cara. Se aferraba con firmeza a un bastón terminado en dos puntas, tallado por él mismo esa misma mañana para ayudarse a superar los imprevistos del ascenso, como una tercera pierna, porque ni los vagabundos de verdad escapan a la erosión del cuerpo. 

François, a la derecha, en una de las cumbres que rodean Nong Khiaw y dejan unas vistas impresionantes para quien se anime a subir hasta ahí. 

François nació en los Alpes franceses, por tanto, es un extraño ejemplar de nómada de montaña, necesita de esos parajes idílicos para no desesperar. Recorre Asia desde septiembre de 2017 y se le hacen los ojos chiribitas al hablar de su estancia en el Himalaya, del Tíbet, de los pastores que atraviesan esas tierras remotas con sus cabras. Él también fue pastor alguna vez, me cuenta. “Son civilizaciones muy nobles, ¿sabes? Mis personas favoritas”, concluye. Carga con una pequeña cámara Linux donde retiene cientos de fotografías de sus encuentros fortuitos. Me las enseña para dejar constancia y huella, su testamento inmaterial; yo ojeo las imágenes embobada. Ha ejercido de pintor, de electricista, reparó veleros en Irlanda, el bolso que carga lo urdió él mismo con lana de chivo, ha trabajado como recolector de judías en Marruecos, la lista de oficios de Panchito es inagotable. No debe pesar mucho más de 60 kilos, da la sensación de que se va a quebrar en la siguiente respiración, pero no. Antes de ayer durmió en una casucha abandonada que encontró en las faldas de una de las montañas que encierran Nong Khiaw (me enseña la choza inmortalizada con la Linux). Para él, el día empezó a las tres y media de la madrugada, armó una fogata y se preparó un café en la olla que carga en su bolsa —la saca para dejar constancia y huella, su modo de permanecer—. Luego anduvo durante horas ladera arriba, hasta el pico más alto, para ver amanecer (me lo muestra). No tiene hijos, no tiene mujer, no tiene novia ni divorcio a sus espaldas, tiene marihuana, eso que no le falte. Lleva una cajita de metal donde guarda los cogollos y los trastos necesarios para liarse porros sustanciosos de tanto en tanto. Me ofreció una calada del que acababa de montar, la cual rechacé amablemente, sin rodeos, porque la hierba me enloquece a niveles espeluznantes. No le deseo esa sensación de descontrol a nadie ni menos a mí ni menos aquí, no estoy yo para tentar al destino y acabar rodando pendiente abajo. 

La foto de una foto: la que François tomó con su Linux de la olla en la que se preparó el café esa misma madrugada. 

Al nómada del que hablo subsidia sus andanzas con el dinero de la pensión que le ingresa el gobierno francés en su cuenta, supongo, cada mes. No me dijo a cuánto ascendía la cifra, pero le viene al pelo. Panchito es de esos tipos que pueden regocijarse pensando que han vivido lo que muchos otros sueñan, soñadores del primer mundo, lo cual no le resta un ápice de mérito. Se gasta muy buen humor hasta que toca empezar a echar pestes de sus conciudadanos: 

—Los franceses siempre pelean por todo, por nada —dice.

—Hombre, ese es un mal occidental de muchos. Ojalá fueran solo los franceses —le respondo.

Sonríe sin mostrar los dientes porque no tiene, asiente encantado, montado ya en su particular corcel galopante de humo y éxtasis.

—Por eso me gusta la montaña: aquí nadie pelea por nada, si pelean es porque es algo importante. 

François nació en los Alpes franceses, por tanto, es un extraño ejemplar de nómada de montaña, necesita de esos parajes idílicos para no desesperar. Recorre Asia desde septiembre de 2017 y se le hacen los ojos chiribitas al hablar de su estancia en el Himalaya, del Tíbet, de los pastores que atraviesan esas tierras remotas con sus cabras.

Nos distraemos hablando. Seguimos en lo más alto de la montaña. Él continúa agarrado a su porro que parece no expirar nunca. Más que caladas, le da besitos efímeros, poco consistentes. Para Panchito no hay nada parecido a viajar solo, desprovisto de otros cuerpos, otras culpas. Coincido. A veces echa en falta no tener a nadie con quien compartir la carga y los traspiés de la travesía, pero quién se queja. Discrepamos en un punto del diagnóstico, él por desconocimiento, yo por damnificada, pero escucha atento. Le digo que viajar sola con ‘a’ de mujer encierra unas complejidades que él no puede ni empezar a prever. El sexo primero, y el género después, sí lo condiciona todo, nadie en su sano juicio podrá rebatirme ese hecho categórico e innegable. No sabe de lo que hablo, me indica, de nuevo, por desconocimiento no por mala fe. Escucha:

—Mira, pregúntate cuántas veces has sentido angustia porque mientras andabas por la calle te cruzas con un grupo de hombres y te miran, con esa mirada sucia, rastrera, como si te desnudaran, o te lanzan piropos que no pides o te agarran el culo al pasar. O cuántas veces te preocupa qué hora es porque sabes que tienes que volver solo al hostal. O cuántas has tenido que coger el camino más largo porque era el más iluminado y te sientes más seguro.

—Bueno, a veces si me he cruzado con tipos que daban auténtico miedo, pero no lo pienso mucho.

—¿Ves? Porque son casos puntuales, en tu caso. Mira, imagino que habrás conocido a desconocidos hombres en tus viajes ¿no? Bueno, ¿alguna vez has dudado de irte con ellos a tomar algo, no vaya a ser que se malinterpreten las cosas y acabes viéndote en una situación incómoda o peligrosa? ¿O has dejado de beber alcohol llegados a un punto, no porque no quieras beber más, porque sí quieres beber más, bebértelo todo, sino porque no quieres arriesgarte a que pase algo y tú no estés con tus capacidades al cien por cien? 

Le digo que viajar sola con ‘a’ de mujer encierra unas complejidades que él no puede ni empezar a prever. El sexo primero, y el género después, sí lo condiciona todo, nadie en su sano juicio podrá rebatirme ese hecho categórico e innegable. No sabe de lo que hablo, me indica, de nuevo, por desconocimiento no por mala fe.

—Eso no, que yo recuerde. 

—Por eso te digo que es más jodido viajar sola siendo mujer, porque tienes que estar al tanto de muchas otras cosas del contexto que nada tienen que ver con la acción de viajar, sino con lo que el resto de personas asumen de ti por tu condición de mujer. Bueno, pues es bastante deprimente tener que viajar con tantos recelos, pero vas haciendo, así funciona esto.

—Ya, nunca lo había pensado —responde.

—Nunca lo has pensado porque no es algo que te suceda normalmente. Es como los ciegos. Nosotros que vemos podemos ponernos en su lugar, pero nunca sabremos lo que significa tratar de cruzar a pie una calle con huecos y baldosas mal encajadas. Para nosotros solo es una calle mal hecha, para ellos es una calle intransitable.

¿Alguna vez has dudado de irte con ellos a tomar algo, no vaya a ser que se malinterpreten las cosas y acabes viéndote en una situación incómoda o peligrosa?

El nómada y yo bajamos juntos la pendiente de la montaña, él agarrado a su estaca de dos puntas. Yo le esperaba en cada tramo y luego él a mí. Nos despedimos en el pueblo. Quedamos en que cenaríamos juntos. Le llevé a que conociera el restaurante de Mama Alex y probara su arroz pegajoso, que yo ya me había embutido varias noches. No le encantó, pero tampoco puso cara de duelo. En esta disputa, quedamos en tablas. 

Vistas desde una de las montañas que rodean Nong Kihaw. 

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