Relatto | El cuento de la realidad

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“La memoria muchas veces se transforma en ficción, gracias al arte de narrar una y otra vez el coloquio, humor, sentimientos, anécdotas que potencian y definen la historia. Por ello, nuestras voces no son del pasado; son voces que nos permiten convertir nuestra memoria en leyenda”. José María Cifuentes Páez.


Eran los años sesenta y el mundo estaba roto. La batalla entre comunismo y capitalismo había generado una grieta profunda a lo largo del planeta. Y el olor rancio de las décadas de guerra había hecho despertar a los jóvenes, quienes, como nunca antes, habían tomado las riendas de su destino. En la calle, hombres y mujeres exigían derechos civiles y políticos para todos los ciudadanos y, casi al unísono, buscaban cambios definitivos. Los estudiantes, por su parte, proponían modelos más igualitarios que resonaran con los movimientos obreros y campesinos que se levantaban en casi todos los países de América.

Solo en un momento de ebullición y agitación como este, donde el anhelo era justicia y libertad, hubiese podido nacer la Universidad Piloto de Colombia. 

Su gesta tomó forma en los corredores de la Universidad América en Bogotá, pero sobre todo en la cafetería El Bodegón, donde los estudiantes de arquitectura se reunían para tomar tinto (café negro), medirse en acaloradas partidas de ajedrez, escuchar a Bob Dylan, a los Beatles y a los Rolling Stones, y a imaginar mundos mejores.

Fachada de la primera sede de la Universidad Piloto de Colombia.

Nada realmente extraordinario. Esa podía ser la escena de cualquier grupo de muchachos sobre sus veinte en otro lugar del mundo, pero en estos jóvenes hubo algo especial: su descontento con el tipo de educación que recibían, elitista y completamente desconectada de la realidad nacional, los obligó a dar un salto al vacío y separarse definitivamente de su universidad. 

 “Nos enseñaban a hacer casas majestuosas para poetas que vivían en islas paradisiacas, mientras millones de personas en Colombia no tenían un hogar”, recuerda Olinto Quiñones, actual presidente de la corporación universitaria. “Veíamos que la educación que recibíamos era elitista, parecía de la Edad Media. Nosotros estábamos convencidos de que la arquitectura debía pensar en las necesidades reales de la gente”, comenta Orlando Gómez. “Intentamos muchas veces exponer nuestras propuestas, pero no había quién nos oyera. Eso generaba un malestar que se iba comunicando entre nosotros y nos fue llevando a tomar la decisión”, concluye Jairo Farfán.

Su gesta tomó forma en los corredores de la Universidad América en Bogotá, pero sobre todo en la cafetería El Bodegón, donde los estudiantes de arquitectura se reunían para tomar tinto (café negro), medirse en acaloradas partidas de ajedrez, escuchar a Bob Dylan, a los Beatles y a los Rolling Stones, y a imaginar mundos mejores.

Y entonces una mañana de inicios de agosto de 1962, un grupo de estudiantes, alentados en parte por Jorge Sánchez Puyana, Andrés Lobo-Guerrero y José María Cifuentes, se levantó de la silla, salió del salón y, como grito de guerra, tiró su carné a la basura. 

Visto entonces hubiese parecido un acto de torpeza y miopía terrible con el que los chicos renunciaban a cualquier destino próspero posible. Pero sin aquel desagravio a la tradición, estos jóvenes idealistas no hubiesen podido construir una de las más prestigiosas facultades de arquitectura del país. 

Más de 120 jóvenes siguieron su llamado y cumplieron la cita en el Parque Nacional Enrique Olaya Herrera —un lugar, en la carrera 3 con calle 35, donde confluía la vida cultural y social de la ciudad— y bajo un cielo lluvioso intentaron poner orden al maremágnum de sentimientos e ideas que se agolpaban en sus cabezas.

Cuentan los creadores de aquel incipiente movimiento estudiantil que fue entonces cuando surgió la primera traba. ¡Ya vendrían muchas más! Del teatrino de marionetas del parque salió una mujer de baja estatura, pelo corto y dulce acento argentino, quien procuró entender qué motivaba tanto alboroto. Los chicos explicaron su descontento y su idea de abandonar para siempre la facultad bajo la consigna irrefutable de fundar una universidad basada en los principios en los que creían. 

Veíamos que la educación que recibíamos era elitista, parecía de la Edad Media. Nosotros estábamos convencidos de que la arquitectura debía pensar en las necesidades reales de la gente”.

La mujer —poco después descubrirían que se trataba de la gran Marta Traba, una de las precursoras más importantes del arte en Colombia— les abrió las puertas del teatro para que apaciguaran el ánimo y el frío. Y allí, en ese lugar, donde hasta las historias más improbables cobran vida, se cimentó la primera piedra de la que entonces llamaron Universidad Piloto de Arquitectura.

Estudiantes de la facultad de arquitectura en clase de taller, 1966.

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Si lo que necesitaron fue coraje, ahora hacía falta tenacidad y disciplina para llevar a cabo el proyecto. Se dividieron en comisiones y se turnaron los pocos cupos en los seis carros con los que contaban. Los que no cabían se movían en buses y el dinero que necesitaban, incluso para comer algo, lo iban depositando, según sus capacidades, en una caja de metal.

De aquella suerte de cooperativa salieron, entre muchas cosas, la primera casa oficial de la Universidad, en la calle 72 con carrera 11, frente a la Iglesia de la Porciúncula, la cual fue prestada por la familia de Guillermo Cataño; y $5.000 pesos (una cantidad considerable en aquella época) que estaban destinados a pagar el viaje de otro de los fundadores a México, pero que ahora encontraban un nuevo destino.

Mientras unos se encargaban de temas prácticos, como buscar salones, tableros, mesas de dibujo y hasta de fundir hierro para construir muebles, otros se dedicaron a la tarea, no menos importante, de las relaciones públicas. Sabían que su entusiasmo podría irse pronto al traste si no contaban con un apoyo contundente dentro del gremio de arquitectos y el ámbito de la política nacional. Así que se movieron con rapidez y astucia.

José María Cifuentes Páez, seguido por los otros líderes, pidieron cita a Germán Samper, el hombre más influyente de la arquitectura en Colombia, para solicitarle que fuera el decano Ad honorem de la nueva facultad. 

Samper los atendió en la sala de su casa, oyó el relato y, conmovido, dio la bendición al proyecto, así como también lo hicieron otros nombres legendarios: Rogelio Salmona, Guillermo “Pajarón” Bermúdez y Fernando “el Mono” Martínez, quienes ofrecieron donar sus cátedras a los estudiantes. 

Para completar las horas de estudio y las materias indispensables de la carrera, tomaron la decisión de que los estudiantes mayores impartieran clases a los más jóvenes. Esta práctica solidaria se mantuvo durante años. “Fue la amistad y camaradería que existía entre nosotros lo que permitió que siguiéramos adelante, aún cuando las cosas se pusieron difíciles”, comenta Orlando Gómez.

Samper los atendió en la sala de su casa, oyó el relato y, conmovido, dio la bendición al proyecto, así como también lo hicieron otros nombres legendarios: Rogelio Salmona, Guillermo “Pajarón” Bermúdez y Fernando “el Mono” Martínez, quienes ofrecieron donar sus cátedras a los estudiantes. 

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Jóvenes de la facultad de arquitectura.

No había pasado más de un par de semanas y los vientos parecían soplar a favor. Sin embargo, sabían que todavía faltaba un paso decisivo y peligroso: convencer a los padres. Algunos de ellos ya habían sido contactados por la Universidad América, la cual había dado aviso de la deserción masiva y amenazado con la suspensión definitiva de los jóvenes rebeldes. 

Así pues, los chicos propiciaron una gran reunión en la que explicaron sus nobles intenciones a las familias. Pero la aceptación estuvo lejos de ser unánime.  

Algunos de los entusiastas renunciaron tras la furia de sus padres o viendo que ya quedaba poco tiempo para graduarse. Otros en cambio se mantuvieron firmes en el empeño, aún cuando el esfuerzo fuera doble. O triple. Pues debían terminar su carrera, fundar una universidad y costear los gastos que eso suponía.

“Todos empezamos a trabajar en alguna cosa, a buscar la manera de mantenernos a flote”, asegura Olinto. Algunos, como Jairo Farfán, Guillermo Bermúdez y José Alberto Alvarado, crearon empresas de construcción con los que ayudaron al mantenimiento de la Universidad. En principio eran pocos los gastos, gracias a las donaciones. Pero con el tiempo hubo que conseguir dinero para pagar el salario de Anita, la señora que trabaja en el aseo, el de los maestros, pagar los servicios públicos y el arriendo, en la medida en que cambiaban de sede.

Grupo de jóvenes estudiando en la biblioteca.

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 La Universidad fue tomando forma. Los jóvenes —ya eran solo un puñado, pero heroicos– fueron estructurando el tipo de pedagogía basada en la conciencia social que querían asumir. En sus planes estaba la semestralización de la carrera, la supresión de la tesis y en cambio proponían un año práctico rural, donde los estudiantes presentarían al Gobierno un estudio sobre las necesidades urbanísticas en zonas marginales. También coincidían en la importancia de incluir a los estudiantes de primeros semestres en las obras y de ir generando un gremio fuerte manteniendo buenas relaciones con estudiantes de otras universidades y facultades. 

Los periódicos La Nueva Prensa y El Tiempo empezaron a interesarse en la singular proeza. Había quienes veían en su empresa poco más que un delirio quijotesco. Pero otros, como el ilustre pensador y sacerdote Alfonso Barrera Cabal, comparaban la creación de la Universidad Piloto con la de la universidad italiana de Bolonia, en 1153, donde también fueron los estudiantes quienes convocaron a sus maestros y le dieron a la organización su propio estilo administrativo.

La Universidad fue tomando forma. Los jóvenes —ya eran solo un puñado, pero heroicos– fueron estructurando el tipo de pedagogía basada en la conciencia social que querían asumir.

La epopeya de los estudiantes del Parque Nacional se hizo famosa, en parte gracias a ellos que mantuvieron los esfuerzos de tocar puertas en las altas esferas. En poco menos de dos meses, llegaron al entonces ministro de educación, Luis Carlos Galán —que en el año 1989, siendo candidato a la Presidencia de la República, fue asesinado en la plaza de Soacha, al sur de Bogotá— y a un grupo de congresistas, entre ellos, Raúl Vásquez Vélez y el ilustre tolimense Alfonso Palacio Rudas, quien hasta el día de su muerte mantuvo el cargo de Presidente honorario de la Corporación. Fue tal el apoyo de Palacio Rudas, que siempre donó su salario para la construcción de la biblioteca que, por supuesto, esta hoy lleva su nombre.

Estos hombres de leyes y letras apoyaron y acompañaron a los fundadores para que el 14 de septiembre de 1962 pudieran reunirse en el Salón Elíptico del Capitolio Nacional, donde aprobaron los estatutos que constituyeron oficialmente a la Corporación Universidad Piloto de Colombia. 

“Por el camino muchos quisieron capitalizar nuestro esfuerzo. Había camaradas que querían tomarse la universidad, también grupos políticos que veían lo mucho que habíamos logrado en poco tiempo. Pero no lo permitimos. La Universidad Piloto se mantuvo ajena a todos esos intereses y fiel a sus principios pacíficos y sociales. Aquí nada es de nadie: todo es de la corporación. Y no permitimos que ni la Iglesia, ni las empresas, ni los comunistas ni el Gobierno se quedaran con lo nuestro”, asegura Orlando Gómez. 

Alfonso Palacio Rudas y otros hombres importantes y determinantes para la fundación de la Universidad Piloto de Colombia.

“Por aquellos días hablamos con tanta gente. Tocamos puertas, pero también muchas personas vinieron a nosotros. Recuerdo que José Alberto Alvarado y yo y quizás algunos más estuvimos hablando con el cura Camilo Torres. Para entonces él trabajaba en la Universidad Nacional y tenía ideas sus ideas de izquierda, pero no se había unido a la guerrilla de ELN. Yo tampoco sabía muy bien quién era él”, asegura Jairo Farfán. 

Sin embargo, solo hasta 1970, ocho años después, obtuvieron el permiso para expedir títulos profesionales y ese mismo año se celebraron los primeros grados en la Academia Colombiana de la Lengua. 

Por el camino muchos quisieron capitalizar nuestro esfuerzo. Había camaradas que querían tomarse la universidad, también grupos políticos que veían lo mucho que habíamos logrado en poco tiempo. Pero no lo permitimos.

“Aquel día realmente se consolidó el sueño”, comenta Jairo Farfán. La Piloto era, sin el menor rastro de duda, una universidad con todas las de la ley. Podían respirar tranquilos y brindar por los que se fueron y por los que se quedaron. “Esta fue nuestra batalla y la hicimos sin balas ni piedras. Por supuesto que estamos orgullosos”.

Lo que vino después fue la consolidación. Los fundadores, con sus relucientes diplomas colgando de la pared, dejaron sus trabajos fuera de la universidad para concentrarse en la que era su mayor ilusión. Asumieron cargos como maestros y directivos. Y llegaron nuevas sedes —hoy la UniPiloto cuenta con tres sedes en Colombia—, 5 facultades, 32 programas entre carreras, especializaciones y maestrías. Miles de estudiantes. Más de 38.000 egresados. Los reconocimientos en todo el mundo. 

La pequeña universidad fue creciendo y transformándose en una de las más importantes y equitativas de América Latina, algo que ha prevalecido a lo largo de los años. Incluso para quienes heredaron las responsabilidades se ha mantenido la política de conciencia social y el espíritu de dar siempre voz y voto a los estudiantes, los únicos protagonistas de esta historia.

En 1970 obtuvieron el permiso para expedir títulos profesionales y ese mismo año se celebraron los primeros grados en la Academia Colombiana de la Lengua. 

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En 1966, La Habana, Cuba, fue sede del Cuarto Congreso de Estudiantes Latinoamericanos, donde se conformó la Organización Continental de Estudiantes Latinoamericanos. Allí, José María Cifuentes se encontró con Ernesto Guevara, símbolo de la revolución obrera. Le contó sobre su gesta en Colombia, y el Ché, con un abrazo sentido, le contestó: “¡La revolución cubana y la Universidad Piloto!”, una frase con la que sellaba una verdad irrefutable: dos revoluciones que, cada una a su manera, serán recordadas por siempre.  


 *Este artículo es un homenaje a los hombres y mujeres que fundaron la Universidad Piloto de Colombia: José María Cifuentes Páez, Andrés Lobo-Guerrero, José Alberto Alvarado, Guillermo Alfonso Bermúdez, Jairo Alfredo Farfán, Orlado Gómez, Carlos Alberto Hernández, Humberto Hernández, Stella Medina de Bernal, Olinto Eduardo Quiñones y Jorge Sánchez Puyana. 


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