Relatto | El cuento de la realidad

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La primera vez que supe de ella fue en el baño de un café. En la pared había un recorte de revista titulado “El Luto y La Moda”, de la tienda Los Lutos. Anunciaba los servicios de confeccionado y venta de prendas finas en el “Difícil arte del luto”. El artículo tenía la ilustración de una mujer esbelta, con un tocado en la cabeza, abanico y ropa holgada. Maravilloso, dije. Tomé una foto del anuncio y volví a la mesa con mis amigas. Un año más tarde, decidí investigar la moda del luto en Buenos Aires. En el primer rastreo supe que el luto en 1800, incluía un sombrero negro, entonces pensé en usar ese accesorio como pretexto para entender esa moda. ¿Quiénes vestían de esa forma, por qué, cómo se conseguía el atuendo? A partir de ese momento inicié la búsqueda de un sombrero negro, pero ¿dónde se busca lo que ha muerto? 

 De ahí esta crónica, recuento, rompecabezas. Seguí las pistas y él se mostró, como en un juego de sombras. Esta historia, como toda fantasía, inició a la noche en un café de la ciudad.

Recorte de publicidad de la tienda “Los Lutos”, pegado en el baño de una cafetería porteña.

***

Por las marcas al reverso diremos que es noviembre de 1920. Pedro Rossi se para detrás de la cámara en algún lugar de Argentina. No sabremos en qué condiciones toma la fotografía o si antes del disparo, las tres personas frente a él lloran. En estudio Lago La Plata, Haydeé Rojas, Sarahí M y José M están de luto, vestidos de negro y con sombrero. 

 Cien años después encontraré la foto, con la firma de sus nombres al reverso, en el mercado de San Telmo. El local donde la compro, parece archivo del mundo. Cajas ordenadas por categorías, sin espacio para nuevas fotografías, cajones y paredes con mapas. Hay orden y precisión, da la sensación de que reconstruir el pasado es fácil.

—¿Tienes fotos de funerales? —pregunto al vendedor que luce calmo.

—Sí, buscá en vida cotidiana —responde el hombre mientras sostiene una taza humeante.

 Indagar en velorios es la forma de encontrarlo a él, un sombrero femenio, negro, de ala ancha, de terciopelo, seda, felpa o chapelier con detalles de piel de zorrillo, metales o nutrias, como los usados a fines del siglo XIX en Buenos Aires. 

 —No encontré —digo después de urgar en distintas cajas.

—Te ayudo.

 El vendedor saca una imagen del montón. Un grupo de hombres carga un ataúd, están vestidos con traje negro y camisa blanca. Un niño se cubre del sol, atrás una mujer de pie con vestido de lunares y zapatillas deportivas. Al fondo un auto al que el comerciante reconoce de los años cuarentas. No hay moda de luto en la imagen, dice que es raro encontrar eso en particular, porque eran hombres los que vestían de etiqueta para asistir al funeral.

 —¿Y tienes fotos de sombreros? —insisto.

— Sí. En hats.

 En un separador del lado izquierdo, la categoría Hats, junto a las secciones niños/niñas, bañistas, cortes de pelo. Ahí está, la foto postal de 6x10 donde aparecen Haydeé, Sarahí y José. La primera evidencia de que existió el sombrero negro representativo de esa moda. La copa redonda bien pegada al cráneo, liso. Comienza la caída, se abre a la anchura de los hombros, brilla, la base circunferencial que sostiene el peso de lo fúnebre y evita el paso de la luz. Entonces ahí la oscuridad. El sol no penetra la tela, las penas no escapan. Donde el mundo es testigo del dolor, el sombrero es manifiesto, presencia de él. 

 El vendedor no sabe el estilo, ni material del sombrero que ellas usan, pero confirma que es un retrato tomado posterior a una muerte. 

 —¿Cómo sabes? —pregunto.

—Por la vestimenta. Es inusual vestirse así para una foto. Mirá los zapatos, el sombrero… debe ser de 1930…cuando mucho —responde entre pausas.

—¿Hay forma de saber a quién perteneció la imagen? —me arriesgo a preguntar.

—Olvídate. Me llegan fotos todo el tiempo, incluidas de mi familia —concluye.

 El montaje de la foto es simple. Una banca de madera, un pilar a la derecha con rosas al pie y un fondo liso. Las poses de los retratados generan armonía, pero los gestos no conviven entre sí. ¿Es eso la muerte? ¿La dispersión colectiva, la desarticulación en armonía? Sentado a la derecha, está el hombre con la mirada y el cuerpo inclinados a la izquierda. La palma de la mano abierta en el asiento de la banca, como tocando tierra firme, la otra, la derecha, descansa en el reposadero con un cigarrillo consumido entre los dedos. Cuando llega la muerte, hay que saber inhalar. Del otro extremo de la banca, una mujer mira a la cámara con el semblante congestionado, labios tensos hacia abajo, en contención de un suspiro o un grito que no sale. Detrás de ellos, de pie, la segunda mujer observa a la derecha, su mano izquierda apoyada en diagonal en el respaldo. La imagen no revela qué muerte los une, pero su luto se muestra en el atuendo, incluido él: el sombrero negro que protege los pensamientos de dolor. 

 En realidad él es ella, una capelina, la que visten las dos mujeres. Haydeé y Sarahí debieron acudir al centro porteño para encontrarla. Es solo una probabilidad, una ficción basada en hechos reales. La capelina debió estar ahí, seguramente, acompañada de lujos, vestidos finos, tapados, telas importadas de París para atuendos del género negro que tanto se usaba. ¿La compraron al instante o anticiparon su encargo junto con el resto de las prendas? Si hay certezas en el mundo del luto, es de que las modistas estaban preparadas para la imprudencia de la muerte y en menos de veinticuatro horas, tenían el ropaje para complacer las más altas exigencias de mujeres bien vestidas. Cortar y confeccionar con premura era habitual, eso dice Marisa Baldasarre, investigadora del CONICET y especialista en arte y moda argentina, quien resuelve que no se trataba de una moda excéntrica, sino, de la adaptación de la moda a la vida cotidiana en la época de finales del siglo XIX y principios del XX. 

 —La moda abarca todos los aspectos de la vida cotidiana. Teníamos la moda y sus siluetas, sus estilos. Sus cortes de indumentaria se proyectaban a este ámbito o a este momento tan particular de la vida (la muerte), digamos que la moda se instala en todas las prácticas, sobre todo en las personas con más recursos, y entonces el luto se transformaba en otra ocasión para el consumo.

 Foto: Pexels/Taina Bernard.

Es posible imaginar a las señoras elegantes, a Sarahí y Haydeé, paseando por el microcentro, donde estaban las grandes casas de moda de luto como El progreso, Gran tienda Buenos Aires, A la cruz y las sombrererías de Samuel Hardy, Al cachemir, El jardín y M Zavala.

 Creer que juntas, con lágrimas en los ojos, caminaron por lo que hoy son las avenidas Corrientes, Córdoba, Rivadavia y Carlos Pellegrini. En una de esas, Sarahí y Haydeé entraron a Los Lutos, inaugurada en 1887 sobre calle Carlos Pellegrini al 445. Hoy está sepultada en el recuerdo.

 Paseo por la zona, a ver si algo del misterio de vestir para la muerte quedó impregnado en el lugar. Me detengo en el domicilio donde estaba Los Lutos. Veo la fachada. Donde antes predominaba lo monocromático, la regla actual son colores, risas infantiles y el ajetreo incesante de la ciudad motorizada. Entre dos cadenas de comida rápida, el local sigue en pie, pero ha cambiado, ahora es una juguetería. Nada queda de la tienda que ofrecía “prolijidad, elegancia y corte perfecto de sus confecciones a la medida” con “personal idóneo y antiguo”, según el recorte de publicidad que originó este relato.

 Avanzo por la vereda donde debían surtirse de telas finas. Pensar en el pasado. En el presente, caminar por avenida Corrientes, visitar librerías, preguntar si hay libros con la temática sombreros y Buenos Aires. Escuchar dos, tres veces que dicen que no.

 Hay revistas. En las portadas de moda italiana de los noventas, mujeres con vestidos cortos, capas y sombreros. Libros de arte con vestimenta victoriana, incluido el sombrero. Asociarlo al luto completo vestido en la Buenos Aires de 1820, durante la colonia. Por esa época, el luto femenino era una muestra de sufrimiento, además de establecer “el rechazo y alejamiento de las vanidades y placeres del mundo”, según un artículo que leo más tarde. Imaginarlas vestidas de negro en la primavera porteña. Veintiséis grados centígrados sin ráfaga de viento. 

Publicidad de sombreros en revista de 1917, consultada en una tienda de antiguedades.

 Susana Saulquin, socióloga, escribió que para 1880, el luto riguroso duraba tres años. Al primero había que usar un sombrero de crespón, gorra o toca, según la edad de la mujer; en el segundo año el material era reemplazado por granadina o gasa chiffon con un velo de la misma tela y de tul. Al cumplirse tres años, comenzaba el medio luto y el sombrero era reemplazado por tejidos de seda o terciopelo. 

 —Bueno, ¿hay libros donde la temática sea sombreros en general? Puede ser ficción —pregunto en la librería Hernández.

 —El sombrero de paja de Italia de Labiche y Michel. Voy a buscarlo —dice quien atiende, antes de ir al sótano.

 El hombre se demora veinte minutos en encontrarlo, cada tanto vuelve para asegurarse de que sigo ahí. En una de las vueltas trae consigo un libro pequeño, naranja, cuadrado. Es el ejemplar de la obra estrenada en 1851, que en resumen narra los problemas ocasionados por el extravío de un sombrero de paja. Nada de sombreros para funerales. En la página 47 se hace referencia a un sombrero negro de crêpe, es lo más cercano a lo que busco.

 —Fadinard (abriendo pañuelo). ¡Al fin lo tengo! (Saca un sombrero negro.) ¡Un sombrero negro... de "crêpe" de China! (Lo tira y lo pisa. Llamando a la mucama, que salía.) ¡Ven aquí, mala pécora! ¿El otro? ¿Dónde está el otro? ¡Contesta! 

 Puedo entender la desesperación del personaje Fadinard. Buscar un sombrero particular y no encontrarlo. Preguntarse repetidamente, ¿Dónde está el otro? ¡Contesta!

 El libro huele a humedad y a polvo, como los libros de segunda mano, pero es nuevo, impreso en 1958. Entonces el sombrero se oculta en lo antiguo. Sus rastros en el polvo. Como quien cava, como quien rastrea el tesoro, el cuerpo desaparecido. Salgo de la librería. A las semanas entro a un par más con el mismo objetivo. Encuentro el libro Una vida con sombrero, de Leonardo Pitlevnik, argentino.

 Foto: Pexels/Tkirkgoz.

En la novela, el protagonista describe la seguridad que da vestir un bombín, sombrero similar al homeworth que usa el varón de la fotografía encontrada en San Telmo.

 “El sombrero en la cabeza me hacía perder el miedo, me permitía pensar en otra cosa (…) Era cómodo el sombrero. Abrigaba. (…) Intenté sacármelo y sentí que se filtraba por mi cabeza descubierta una tristeza tan grande que preferí dejarlo donde estaba. Lo acomodé mejor y la tristeza se apagó del todo. Me lo saqué y lo puse sobre mis rodillas pero los ojos se me inundaron de lágrimas y volví a la posición inicial. La tercera vez, vino un desconsuelo insoportable”. 

Pitlevnik hace lo imposible, da sentimientos y palabras a los sombreros. Ellos dicen que “claro que a veces nos cansamos de tanta quietud”, cuando se les describe como perezosos.

 “A los sombreros les gusta la vida sedentaria, colgarse de una percha, dormir como perezosos en el interior de los roperos, estar guardados en cajas de cartón donde no extrañan a nadie y piensan en nada durante días”.

 Se dicen sedentarios pero van de la literatura al cine, de los museos de la ciudad a las tiendas de antigüedades. En el barrio de Caballito, entro a una de ellas. Apiladas del lado izquierdo, revistas de 1910 a 1920 para mujeres. Abro una, hay ilustraciones publicitarias de capelinas y otros tipos de sombreros. Las revistas dan recomendaciones del vestir, además de tips para “reducir la corpulencia”, “deslustrar el rostro y curtir manos de la dama”.

Los sombreros de la imagen que compré, son austeros en comparación a los modelos usados en ese tiempo. En la revista El Hogar otoño – invierno 1917, se muestran sombreros negros estilo colegial y semejantes al de un pirata. Se anuncian de este modo: “Las señoras elegantes encontrarán su ideal en nuestro grandioso surtido de pieles legítimas y modelos de última creación, exclusivos del París Elégant, si visitan nuestra exposición. En sombreros adornados y formas tenemos verdaderas maravillas de la moda”. 

 A la página siguiente, en la parte inferior, una imagen distinta. Mujeres con sombrero, brazo en alto y puño cerrado. La fotografía de 1917 es acompañada de la leyenda: “Las mujeres yanquis y la guerra. La hora del almuerzo en un campamento de mujeres norteamericanas, futuras amazonas de la gran guerra”. Los sombreros son multifacéticos. Si en 1800 eran para el recato femenino, en 1900 las mujeres los usaron para ir a la guerra.

Foto: Pexels/Suzy Hazelwood.

Para 1910, algunas llegaron a portar sombreros monumentales, llamativos, como una forma de reivindicar su estar en sociedad, según Marissa Baldasarre.

 —Cuando las mujeres salían con un sombrero, era un modo de afirmación, de ese estar en el mundo.

 Esta vez no compro revistas. Tomo fotografías a algunas de las páginas, salgo del lugar preguntándome si a ellas, las amazonas de la gran guerra, al igual que al protagonista de Pitlevnik, el sombrero en la cabeza les hacía perder el miedo.

 ***

 Durante tres meses, visité tiendas de antigüedades, sombrererías, librerías, las calles donde solían estar las tiendas de luto en Capital Federal, entrevisté a una historiadora de la moda, a un vendedor de sombreros y a comerciantes de reliquias. Un día dije basta. Vi por última vez la fotografía tomada por Pedro Rossi. Recordé las noches en que no dormí, creyendo que Haydeé, Sarahí y José, estaban en la sala del departamento exigiendo les devolviera el instante de su dolor. Pensé que vendrían a reclamar por las veces que los observé y los llevé conmigo para que otros hicieran lo mismo. Los otros que dedujeron que eran hermanas, de origen europeo y él latino. Que el material de los sombreros era tela y liebre. Que es una foto de los veintes, los treintas, los cuarentas. Los veo por última vez antes de terminar de escribir. Hay dudas. El origen de la foto, cómo se diluyó la moda de luto en la ciudad, cuándo inició y concluyó el uso del sombrero. Entre tantas preguntas abiertas, una certeza: el sombrero negro no se fue. Está disperso en la ciudad. Como homenaje a su oficio mortuorio, es escurridizo y fantasmal.

 




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