Relatto | El cuento de la realidad
Relatto | El cuento de la realidad

Por:

En el centro de Cali, frente a la Alcaldía Municipal, una gigantesca escultura dorada en forma de trompeta se erige como símbolo de la música salsa que pone a vibrar esta ciudad. A diferencia de las trompetas originales, esta no tiene uno, sino cuatro pabellones en los que niños y adultos se meten de cabeza para leer y escuchar las composiciones del fallecido maestro salsero Jairo Varela —fundador de la banda caleña Grupo Niche—, mientras recorren los mercadillos y restaurantes de una extensa plazoleta cuyo nombre rinde tributo al artista.

No cabe duda de que estamos en “la capital mundial de la salsa” y de que aquí, en el suroeste de Colombia y a 1.018 metros de altura sobre el nivel del mar, huele a caña, tabaco y brea, como dice la canción de Guayacán Orquesta, otra agrupación salsera de esta tierra.

Tras abordar a las seis de la mañana el vuelo de Latam LA 4053 en el aeropuerto El Dorado de Bogotá, Cali nos recibe, sobre las siete, con unos agradables 19 grados centígrados que seguramente llegarán a los calurosos 29 al mediodía, una temperatura promedio que se mantiene así en buena parte del año, pero mientras llega la tarde entramos a una cafetería localizada a un costado de la plaza para tomar un desayuno ligero con chocolate caliente y un par de recién horneados pandebonos, unos pequeños amasijos típicos cuyo aroma inunda el lugar.

No cabe duda de que estamos en “la capital mundial de la salsa” y de que aquí, en el suroeste de Colombia y a 1.018 metros de altura sobre el nivel del mar, huele a caña, tabaco y brea, como dice la canción de Guayacán Orquesta.

Dicen las tradiciones que la existencia del pandebono fue documentada a mediados de 1880 en una hacienda conocida como El Bono, a medio camino entre Cali y Dagua, un municipio vecino. Allí una matrona llamada Genoveva, quien también oficiaba como cocinera, habría modificado el pan tradicional agregando almidón de yuca, maíz, queso y huevo para darle un mejor sabor. ¡Y vaya que lo logró!

Otros, sin embargo, sostienen que el nombre proviene de un panadero italiano que habitó en Cali décadas atrás y que promocionaba sus colaciones al grito de “pan del bono” (pan del bueno), mientras que unos más le atribuyen la denominación a una supuesta costumbre en los ingenios azucareros vecinos de la ciudad en los cuales los jornaleros recibían un pan como bono por su labor. Sea como fuere, hoy en día este manjar de los dioses es conocido en toda Colombia.

Después de degustar el tentempié salimos de la cafetería y atravesamos el Puente Ortiz, una construcción declarada monumento nacional y que en 1945 fue la primera de su tipo en levantarse sobre el río Cali, ciudad de la que también dicen aquí que es “un sueño atravesado por un río”.

Paseo la Aurora, en Cali, “la capital mundial de la salsa”. / Fotografía: Cortesía Fundación Delirio.

Desde el sitio, en pleno corazón de la ciudad, se aprecia la fachada del clásico Teatro Jorge Isaacs, cuyo nombre referencia a un reconocido novelista, escritor y poeta que vivió en estas tierras entre 1837 y 1895, y un poco más allá la vista se remata con la belleza de una pequeña y peculiar iglesia llamada La Ermita, una verdadera joya arquitectónica que destaca por su estilo gótico y que con el tiempo se ha convertido en una de las postales por excelencia de la ciudad.

El Puente Ortiz nos desemboca en el Bulevar del Río, un pasaje peatonal de 780 metros de largo en el que al menos una noche por semana se reúnen salseros aficionados para disfrutar, con timbal y campana en mano, de toda una fiesta popular de baile callejero. Allí nos espera Luis Eduardo Hernández, 'El Mulato', un conocido bailarín y formador de talentos de la ciudad que nos contará algo de la historia salsera de Cali.

Dicen las tradiciones que la existencia del pandebono fue documentada a mediados de 1880 en una hacienda conocida como El Bono, a medio camino entre Cali y Dagua, un municipio vecino.

'El Mulato', quien hace honor a su mote por su piel morena y ojos oscuros, nos saluda de una manera tan efusiva como sus presentaciones. Su energía se siente al rompe, seguramente porque desde que tenía 14 años de edad se ha encargado de cultivar la salsa y hoy, a sus 54, es toda una referencia en la ciudad, en Colombia y en el mundo. Sus pasos lo sacaron del empobrecido Distrito de Aguablanca, en el oriente de Cali, y lo pusieron a bailar en escenarios de 187 países con alumnos de su escuela Swing Latino, que fundó en 2006.

El Mulato salió del Distrito de Aguablanca, en el oriente de Cali, y ha bailado en 187 países con su escuela Swing Latino. / Fotografía: El Mulato Cabaret.

“En Cali se patea un piedra y sale un bailarín”, dice 'El Mulato', como le agrada que lo llamen, y añade que “los shows de salsa más importantes del mundo son de colombianos”, especialmente de caleños.

Mientras caminamos por el bulevar y recabamos por entre las estrechas callecitas del centro histórico de Cali, en inmediaciones de la Plaza de Cayzedo, el Museo del Oro y el Museo Arqueológico La Merced, 'El Mulato' cuenta que en la ciudad hay más de 150 escuelas de salsa, de las cuales cada año entre 12 y 14 de ellas salen de gira para hacer presentaciones en Turquía, Israel, Japón, Estados Unidos y España, donde hay admiradores de este estilo de baile “made in Cali”, caracterizado por la agilidad, velocidad y acrobacia.

En Cali se patea un piedra y sale un bailarín”, dice 'El Mulato'.

Los orígenes, una pandemia de alegría y sabor

Según nos explica 'El Mulato', la llegada de la salsa a Cali se remonta a los años cuarenta, cuando los habitantes tuvieron acceso a la radio en onda corta y conocieron emisoras como Radio progreso, CMQ y Radio Habana, que transmitían todo el tiempo son cubano, boleros, mambo, rumba y guaracha, todo un popurrí de estilos que constituía la moda de la época. 

Solo una década después, en los años cincuenta —dice—, los discos de acetato producidos en Cuba y Nueva York desembarcaron en Buenaventura, el principal puerto marítimo de Colombia sobre el Pacífico, a dos horas de Cali por carretera, y desde allí fueron traídos en ferrocarril. Aquella dinámica mercantil fue suficiente para que de manera colateral el efecto de la salsa y los tambores se expandiera entre los caleños como una pandemia de alegría y sabor que aún contagia nuevas generaciones y que rompe fronteras.

Sin embargo, subraya 'El Mulato', fue sólo hasta los años sesenta y setenta cuando la salsa en Cali se vivió en todo su apogeo, primero en las rumbas juveniles que por entonces eran conocidas como “aguaelulo”, porque se hacían en las tardes y no se tomaba licor, y luego con la llegada de salseros como Celia Cruz, Richie Ray y Bobby Cruz y la aparición de artistas locales como Amparo Ramos Correa o, mejor, “Amparo Arrebato”, una bailarina reconocida por “azotar baldosa”, una expresión local que denota la agilidad en la pista de baile.

Según nos explica 'El Mulato', la llegada de la salsa a Cali se remonta a los años cuarenta. / Fotografía: El Mulato Cabaret.

“Aunque soy admirador de ese estilo de baile, estoy seguro de que con él Cali no habría conquistado el mundo”, afirma 'El Mulato', quien se denomina así mismo como “el inventor de la nueva salsa caleña”, y explica que en la ciudad la rumba se divide en dos épocas, de 1998 para atrás y desde entonces hasta el presente.


Aquella dinámica mercantil fue suficiente para que de manera colateral el efecto de la salsa y los tambores se expandiera entre los caleños como una pandemia de alegría y sabor que aún contagia nuevas generaciones y que rompe fronteras.

“Una vez, en 1998, estando en Puerto Rico, observé que el mundo bailaba diferente a nosotros, que interpretaba la música de forma diferente y que la presentación en el escenario era otra cosa, porque editaban las canciones, las cortaban. Entonces comencé a mezclar el estilo de baile de Los Ángeles con el de Cali hasta lograr una simbiosis”, recuerda.

— ¿Y con eso fue suficiente? —le pregunto

—¡Desde luego que no! También le incluí acrobacia, pero acrobacia bien hecha, con técnica. Además les quité los flecos a los pantalones que se usaban en ese entonces y reemplacé el chalis por el lino.

—O sea que no sólo había que ser salsero, sino parecerlo...

—¡Exactamente mi hermano! Había que meterle chicanería (alarde) al asunto. ¿Me entendés? De a poquito le fui incorporando corbata, saco y frac al atuendo para ponerle elegancia, y fue así como cambié todo el estilo y la imagen de la salsa caleña.

Dice también que el hambre, tanto la física como la artística, fue suficiente para cambiarle el concepto a las nuevas generaciones de bailarines que crecían en los calles populares del oriente de la ciudad, donde, asegura, están los mejores talentos.

Aunque soy admirador de ese estilo de baile, estoy seguro de que con él Cali no habría conquistado el mundo”, afirma 'El Mulato', quien se denomina así mismo como “el inventor de la nueva salsa caleña”, y explica que en la ciudad la rumba se divide en dos épocas, de 1998 para atrás y desde entonces hasta el presente.

El oriente, cántaro de la salsa caleña

Excepto por la salsa, pocas cosas suenan bien en los barrios deprimidos del oriente de Cali. Las noticias diarias dan cuenta de los altos índices de pobreza en ese sector, conformado por 22 barrios y asentamientos entre los que se cuenta El Diamante, un sector vulnerable poblado por comunidad mayoritariamente afrocolombiana desplazada del Pacífico colombiano.

Cerca de 112.500 personas viven en el oriente, quienes representan el 4,8 por ciento de los más de 2,2 millones de pobladores que tiene Cali, pero a diferencia de buena parte de la ciudad el nivel de escolaridad no supera la básica secundaria y el desempleo ronda el 20 por ciento. Es por eso que la salsa constituye un paliativo y una alternativa de “rebusque”, llevando a que allí se concentre la mayoría de las escuelas de salsa.

“Para tener una escuela solo necesitás ganas y, luego, constancia, porque sino, no la sostenés”, dice 'El Mulato' con su característico hablar caleño, ese que acentúa las palabras en la última sílaba, como si fuesen agudas.

Bailarines de Delirio, el más importante show de salsa. / Fotografía: Fundación Delirio.

Añade que el valor de la mensualidad en tales escuelas oscila entre los $60.000 y $80.000 pesos (entre $13 y $17 dólares, aproximadamente), una tarifa económica para la mayoría de las familias de la ciudad, pero que representa un gran esfuerzo para buena parte de quienes viven en el oriente, sin contar que el vestuario y el calzado para las presentaciones deben asumirlos los propios bailarines.

“Yo veía las necesidades de mi barrio, El Diamante, en el Distrito de Aguablanca. Veía a los muchachos que robaban en los buses, que se apuñalaban entre ellos. Y hoy en día, gracias a la salsa, se regeneraron y viven en Nueva York, en Miami, en Japón, donde tienen sus propias escuelas de baile. Eran esos pelaos (muchachos) los que tenían hambre física que ya paliaron, porque la artística aún la siguen teniendo, y es así como debe de ser”, señala.


Es por eso que la salsa constituye un paliativo y una alternativa de “rebusque”, llevando a que allí se concentre la mayoría de las escuelas de salsa.

Y no se equivoca, pues esa misma hambre de superación junto con sus pasos lo llevaron a él y a sus bailarines a Miami en 2020 para presentarse con Jennifer López en el Hard Rock Stadium durante la edición 54 de la final de la National Football League (NFL), mejor conocida como Super Bowl. “Cuando mirás la salsa con el respeto que yo la miro, algo bueno tenés que lograr”, sentencia.

Al filo del mediodía, con un sol canicular, nos despedimos de 'El Mulato' y nos encaminamos a la Galería Alameda, una atiborrada y bulliciosa plaza de mercado en el centro-sur de la ciudad, donde cumpliremos otra cita y probaremos algunas de las exquisiteces de la comida de esta región y del Pacífico.

En Cali las distancias suelen ser cortas, lo que se refleja en su dinamismo, como no en su caótico tráfico vehicular. Aquí, según registros oficiales al cierre de 2021, hay 756.000 vehículos, de los cuales más de 233.000 son motocicletas, lo cual se hace evidente por su frenesí en horas punta, como en la que nos encontramos.

Esa misma hambre de superación junto con sus pasos lo llevaron a él y a sus bailarines a Miami en 2020 para presentarse con Jennifer López en el Hard Rock Stadium durante la edición 54 de la final de la National Football League (NFL), mejor conocida como Super Bowl.

Abordamos un vehículo que nos conduce por la Calle Quinta, una reconocida vía que cuenta incluso con su propia canción — salsa, por su puesto— y que atraviesa la ciudad de norte a sur. Mientras rodamos por ella nos alejamos del centro y dejamos atrás la panorámica del Cerro de las Tres Cruces, un monumento que data de 1938 y que, según cuenta la leyenda, fue ideado por un sacerdote para encerrar al diablo en la montaña, luego de que el Buziraco se apareció allí y maldijo a los habitantes de la ciudad.

Tal parece que “la contra” del sacerdote surtió efecto, pues esta tierra resulta bendecida tanto por la salsa como por los aromas que a los pocos minutos percibimos recién llegar a la galería, los cuales emanan de todos los fogones en los que se cocinan algunos de los mejores almuerzos de Cali.

Nada reconforta tanto como disfrutar un buen plato en buena compañía, por eso nos encontramos con John Jairo Rodríguez, un joven bailarín de 35 años, blanco, delgado, de cabello oscuro, conocido por ser una de las figuras más representativas de Delirio, unos de los shows de salsa más famosos — y exclusivos— de Cali, una cita obligada para los viajeros que arriban a la ciudad y que como nosotros quieren saber, ver y vivir salsa.

John Jairo tiene presentación esa misma noche y en pocas horas deberá estar en los camerinos, listo para la función, pero se ha ofrecido a compartir con nosotros un poco de su tiempo para almorzar y, como no podía ser de otra forma, hablar de esa música que embriaga a esta ciudad.

Muchos de los bailarines que hoy triunfan en el mundo de cali han salido de los barrios deprimidos de Cali. / Fotografía: Fundación Delirio.

Entramos a uno de los varios restaurantes que hay alrededor de la plaza de mercado y donde, por un máximo de $50.000 pesos (unos $11,36 dólares), se puede comer cualquiera de las exquisiteces propias del Pacífico colombiano, como un plato de camarones en salsa caleña, un sudado de jaiba, un pargo encocado o una hirviente y provocativa cazuela de mariscos, una sopa espesa que ordenamos ni bien nos sentamos a la mesa.

La sazón de las mujeres del Pacífico tiene fama aquí y su cocina está siempre a merced de los comensales. Es así como pronto llegan a nuestra mesa las hirvientes cazuelas de mariscos servidas en ollas de barro cocido de color negro, a las que el plato debe su nombre. Una sola cucharada es suficiente para deleitar el paladar con una mezcla de sabores que van desde la intensidad del crustáceo recién preparado hasta la suavidad de la crema de leche, y en la que también se advierte un hermoso color anaranjado.

Antes no se podía vivir del baile porque no se le daba la importancia que merece”, dice John Jairo. / Fotografía: Fundación Delirio.

En Cali ahora se vive de la salsa

Hace solo unos años era inimaginable que alguien como John Jairo pudiera pagar un plato como el que estamos disfrutando, porque por entonces muy pocos vivían del baile y de la salsa en Cali, pero hoy en día la realidad es muy distinta. 

Antes no se podía vivir del baile porque no se le daba la importancia que merece”, dice, y comenta que se convirtió en bailarín por azares de la vida, luego de que su familia, del oriente de la ciudad, no contaba con los recursos para costearle la formación de futbolista, que anhelaba cuando rondaba los 9 años de edad.

Concursaba en los municipales, en los departamentales y me presentaba con mis compañeros de baile en canchas de fútbol de cemento, en tarimas con huecos e incluso sobre piedras, y al final el pago eran sólo una empanada y una gaseosa”, recuerda John Jairo. Pero como la constancia logra lo que la dicha no alcanza, la escuela Nueva Dimensión, una de las más reconocidas de Cali y ganadora de varios campeonatos, observó su talento y lo adoptó como uno de sus bailarines.

Me llevaron sin necesidad de pagar mensualidad y, hoy por hoy, esa escuela ha hecho crecer mi parte profesional como instructor”, dice mientras terminamos la cazuela y damos paso a una refrescante lulada, una bebida tradicional en la que trozos de lulo se mezclan con limón y azúcar, rebosante de hielo.

John Jairo lleva 14 años dedicado al oficio de la salsa. De hecho se incorporó a Delirio como bailarín, ascendió a coreógrafo y ahora es el coordinador artístico, lo que le exige una metódica preparación. Asegura que todo el sustento de su familia proviene del baile y que gracias a él también pudo construir su casa, en cuya azotea instaló su propio salón de danza.

—¿Entonces es posible vivir de la salsa en Cali? —le pregunto.

—¡Desde luego que sí! Antes eso era impensable, pero hoy es toda una realidad, aunque para ello hay que ser metódico y disciplinado.

Una sola de sus clases personalizadas cuesta $100.000 pesos (unos $21,73 dólares) y si el servicio es para una pareja puede ascender a un millón (unos $217 dólares) por ocho sesiones, las suficientes, según dice, para moverse al son de una buena pachanga sin ningún asomo de rubor. “Los turistas extranjeros son quienes más la demandan. Aquí vienen chinos, japoneses, holandeses, españoles ávidos por aprender a bailar salsa”, agrega.

Si la intención es sólo ver y disfrutar de ello, o incluso lanzarse a la pista sin nada de experiencia pero sí con muchas ganas, Cali tiene algunas de las mejores discotecas de salsa —aquí llamadas “rumbeaderos”— abiertas de lunes a domingo, lo que la convierte en una de las ciudades con la más exótica y divertida vida nocturna de Latinoamérica.

John dice que rumbeaderos como La Topa Tolondra, El Rincón de Eberth, Malamaña, el Portón Caldense y Mulato Cabaret, por citar sólo algunos, son lugares de culto para los amantes del género musical y los curiosos de la rumba caleña, sitios en los que no existen códigos de vestimenta —como en las discos más modernas de la zona de Menga, en norte de la ciudad— y donde, según él, “la gente no va a mirar si lo haces bien o mal, sólo va a divertirse”.

A la media tarde nos despedimos de John Jairo con la promesa de vernos en un par de horas en Delirio. Su jornada apenas está por comenzar, pues aún resta que ensaye los últimos arreglos de la función en la que participan 200 artistas en escena y que durará hasta la madrugada. Mientras, nosotros tomaremos un descanso para recargar las energías que nos demandará la fiesta.

Los turistas extranjeros son quienes más la demandan. Aquí vienen chinos, japoneses, holandeses, españoles ávidos por aprender a bailar salsa”,

Cali es Cali, lo demás es loma”

Son cerca de las ocho de la noche y desde la carretera que une la zona norte de Cali con la vecina ciudad de Yumbo se divisa una gigantesca carpa de circo, donde está por comenzar la función de Delirio, el show circense, salsa cabaret y orquesta en vivo más conocido de la ciudad desde hace 16 años. Se calcula que desde entonces el espectáculo ha sido visitado por más de 612.000 personas, pese a que las entradas no son económicas. Las boletas varían entre $140.000 pesos ($30,43 dólares), la más económica, y $250.000 pesos ($54,34 dólares), la más costosa, y no incluyen la comida ni el licor.

Al llegar el aforo está a reventar y entre las mesas, y a media luz, se observa a los meseros ataviados con platos de picadas y bebidas mientras andan apresurados de un lado para otro. El bullicio predomina en el ambiente, pero entonces los reflectores se encienden, suenan los aplausos y desde la tarima un presentador enfundado en un traje blanco y lentejuelas saluda a los asistentes con una portentosa voz: “¡Delirio, hecho en Cali!” Entonces el lugar se estremece, truenan las trompetas y los timbales mientras los bailarines, entre los que vemos a John Jairo, se toman el escenario.

Al fondo de la tarima una orquesta en vivo, ataviada con trajes de antaño, es la encargada de “ponerle sabor” a esta noche, mientras que arriba, casi sobre las cabezas de los asistentes, acróbatas salseros vuelan y se menean entre lienzos de colores al compás de pachangas, mambos, boleros, guaracha y guaguancó que, abajo, los artistas bailan de un modo frenético, con tal agilidad en sus piernas que parecen flotar.

El ritmo se vuelve contagioso entre los asistentes, palpita en medio de un ambiente colorido y fiestero, único, mientras que el cuerpo y el alma responden más al son que a la razón. Para nosotros la noche apenas comienza a punta y talón, uno de los pasos básicos de la salsa, y ahora, viviendo esta experiencia sin dejar que nos la cuenten más, comprendemos por qué esta, aparte de ser la capital mundial de la salsa, es también “la sucursal del cielo”.

Bien decía el maestro Jairo Varela en una de sus canciones: “Que Cali es Cali señoras, señores, lo demás es loma”.

Más de esta categoría

Ver todo >