Relatto | El cuento de la realidad

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Te cuento cómo llega un ataque de pánico, al menos uno mío. El brazo izquierdo escoce, se acalambra subiendo por el antebrazo hasta que una sensación tenebrosa alcanza el hombro. Las manos se hacen frías, rojas, se humedecen y el sudor en ellas refleja la luz por entre los surcos de tus palmas. Tu pecho se entumece a la altura del esternón y algo punza por debajo del área de tu clavícula izquierda. Cuando esto ocurre, lo primero que sabes con la experiencia de años es que no es nada aunque parezca ser el fin de todo. Un ataque de pánico, me dijo alguna vez un médico de emergencias, es como una alarma de incendios encendida a toda potencia enviando señales de algo que en realidad no ocurre. Puede ser mental. Puede ser estrés. Puede ser. Cuando eres periodista y curioso, lo primero que viene a tu mente es que son las características exactas de un infarto.

Yo no sabía nada de esto a mediados de 2007, cuando trabajaba como analista y editor de publicaciones en un proveedor de televisión satelital y terminé en el suelo de mi oficina a golpe de mediodía. Un sobrecogimiento me inundó y sentía cómo la sangre se agolpaba en mi rostro mientras mi cuerpo temblaba incontrolable. Era mi primer ataque de pánico en la vida. En los meses que siguieron me la pasé entrando y saliendo de servicios de emergencia en ambulancias; la casa del diagramador de la empresa quedaba en una zona en los cerros periféricos de Lima llena de residencias exclusivas llamada Las Casuarinas, y hasta allá iba desde la zona semicéntrica de San Isidro donde quedaba nuestro edificio para terminar la revista del mes. 

Un ataque de pánico, me dijo alguna vez un médico de emergencias, es como una alarma de incendios encendida a toda potencia enviando señales de algo que en realidad no ocurre. Puede ser mental.

–¡Aguanta Mairata! –me decía Aldo cada vez que nos reuníamos a trabajar, ya acostumbrado a verme temblar mientras esperaba una nueva ambulancia. –¡Faltan colocar unas fotos, te paso el diagramado a tu correo! –me despedía cuando me llevaban, una y otra vez.

Las anécdotas con mis ataques de pánico son inagotables. Está la vez que me dio uno terrible en París caminando con Carla, una amiga que me llevó a una farmacia en medio de un ataque –lo más parecido a un centro médico que encontramos por el Arco del Triunfo– desde donde llamaron a los bomberos. Estos me llevaron en ambulancia –como siempre– a un hospital cercano lleno de prostitutas e indigentes. Cuando fui profesor universitario, incontables veces tuve que apretar la madera del pupitre para sobrellevar los temblores, la incomodidad. Peor cuando hablé en una conferencia y tuve que poner cara de serio mientras un terremoto me sucedía por dentro. Vivía en Washington, DC, cuando llegó la pandemia y acepté por fin la amable oferta de los bomberos del 911 –quienes siempre me atendían en casa– para que me llevasen a un hospital luego de un ataque de pánico espantoso. Durmiendo, me desperté agitado con sensación de muerte. Solo colocarme de costado me producía una sensación de opresión en el corazón suficiente para presentir el fin. Nervioso, bajé desde mi cuarto en el segundo piso a la sala y me recosté aquella noche en el sillón esperando a que todo pasara. Al fin llamé al 911, me estabilizaron, me ofrecieron llevarme al hospital. Por regla general rechazaba la oferta, pero esta vez acepté. 

Por llevarme a solo diez minutos de mi casa en ambulancia, los bomberos me cobraron 527 dólares.

Fotografía tomada el 24 de noviembre de 2020 y publicada en Facebook, junto a un post en el que Sandro describe su problema de ansiedad. / archivo particular

Te acostumbras a vivir con ansiedad y angustia. Por supuesto, no lo aceptas con una sonrisa. La depresión es tema aparte. Soy hipertenso desde los 38 años, cuando los ataques de pánico habían evolucionado a una fugaz taquicardia que decantó luego en una fibrilación auricular o arritmia que me mandó a cuidados intensivos en 2015. No tomo café ni tragos cortos desde entonces hasta hoy. El alcohol y los cigarrillos los dejé también, pero los retomé en la pandemia porque me dije que si la Parca me agarra para llevarme, que me agarre feliz. La verdad humilde de las cosas es que ambos sirvieron como paliativos mediocres para mi ansiedad. 

La depresión es tema aparte. Soy hipertenso desde los 38 años, cuando los ataques de pánico habían evolucionado a una fugaz taquicardia que decantó luego en una fibrilación auricular o arritmia que me mandó a cuidados intensivos en 2015.

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Puede resultar extraño enfrentarse a la botellita de cannabis rico en CBD por primera vez. Las primeras asociaciones libres parten del prejuicio de sentir que todo es pseudociencia. En el año 2000 viajé como intérprete de unas médicas homeópatas francesas a Huaraz, una ciudad en los Andes peruanos popular entre los escaladores de montaña. Les escuchaba hablar de las maravillas de las bolitas azucaradas, supuestamente portadoras de “rastros” de venenos a diluciones tan reducidas, que eran inofensivas y generaban por el contrario una activación de las defensas del organismo en contra de los males. Nunca me creí ni una de las palabras que escuché en francés pero hice mi mejor esfuerzo por presentarlas en castellano. Un par de años después, Gabriel García Márquez contaba en su autobiografía novelada Vivir para contarla que su padre, Gabriel Eligio García, no solo fue telegrafista, sino médico homeópata en Aracataca. Abrió un consultorio en 1934 allí habiendo renunciado “a su digna profesión de telégrafo operador y dedicó su talento como autodidacta a una ciencia: la homeopatía”, como precisó el Gabo en su cuento “Serenata: cómo mi padre ganó a mi madre”. Le tomé cariño a la idea de la homeopatía, me alegré incluso cuando vi la tumba de su creador, Samuel Hahnemann en el Cementerio del Père Lachaise aquella vez en París. Pero siempre supe que algo había de místico, que la ciencia se extraviaba en las explicaciones de unicidad del ser humano con la Tierra, en su sistema de diagnósticos en base a entrevistas con preguntas personales, hasta íntimas, para tratar malestares totalmente ajenos. Finalmente, el sistema de seguridad social francés se cansó y desde el 1 de enero de este año dejó de financiar la homeopatía, un primer signo de reconocimiento que quizá todo fue fantasía pura. Que quizá las bolitas blancas solo curaban en Macondo.

Puede resultar extraño enfrentarse a la botellita de cannabis rico en CBD por primera vez. Tengo entonces un frasquito con líquido y tres jeringas sin aguja que indican los miligramos. / Sandro Mairata.

No creo en las Flores de Bach. Edward Bach era homeópata. Las he probado y solo puedo decir que huelen rico y saben horrible. No creo en curanderos y similares, los tengo en el mismo costal de los adivinos, capaces de inventar esperpentos como la rumpología o anomancia, “el arte de leer las líneas, grietas, hoyuelos, verrugas, lunares y pliegues del pompis de un cliente”, como explica un gringo de nombre Robert Todd Carroll. En simple, el arte de leer el culo.

Ano-mancia.

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Sí, la planta de marihuana tiene uso recreativo, para fumarla los entusiastas cruzan variedades con diversa potencia y efectos múltiples; aún guardo un pequeño catálogo impreso de cuando estuve de visita en Ámsterdam y me pasé una tarde probando un poco de todo y surcando la estratósfera desde una mesa. Cada variedad tenía nombres como “Royal Bluematic”, “Blue Mistic”, “Royal Dwarf” o “Royal Moby”.  

Todo lo contrario ocurre con la ciencia alrededor del cannabis medicinal. Hasta hace no mucho, consumir cannabis con fines medicinales se tenía como una excentricidad para quienes querían drogarse –a secas– sin las molestias de la ley. Hoy diversas legislaciones respaldan la medicina con cannabis e incluso el consumo recreativo se viene despenalizando en Estados Unidos. 

Para los tratamientos medicinales se toma como punto de partida dos de los compuestos químicos de la planta conocidos como cannabinoides –el número total de los que se conoce hasta hoy es 113–: tetrahidrocannabinol (THC) y cannabidol (CBD). Ambos compuestos actúan en nuestro organismo a través de nuestro sistema endocannabinoide, una red encargada de impactar con los efectos de ambas sustancias en nuestro apetito, actividad, motriz, receptores de dolor, sistema nervioso central y músculos. La principal función de este sistema es mantener el equilibrio corporal.

Existen muchos modos de consumir THC y CBD. Pomada. Líquido. Cápsulas. Vapeo. Juan Nicolás, un amigo a quien conozco de años, empezó con CBD en la pandemia. Su problema era un feroz insomnio que le estaba arruinando la vida. Casado, en sus cuarentas, Juan Nicolás me dice antes de ir a la cama vapea CBD. 

–Duermo mejor que nunca. 

Hoy diversas legislaciones respaldan la medicina con cannabis e incluso el consumo recreativo se viene despenalizando en Estados Unidos. 

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Clínica de Cuidado Integrado Zerenia, ubicada dentro de la Clínica Montesur en Lima. / Cortesía Zerenia.

Mi médico se llama Raúl Lama. Pertenece a la Clínica de Cuidado Integrado Zerenia, que ha llegado hace poco a Lima desde Colombia y se dedica a la atención con cannabis medicinal, con un seguimiento paulatino al paciente; es común recibir una llamada de seguimiento para saber si se presentó algún contratiempo y cómo evoluciona el tratamiento. La consulta es simple, se asemeja a una de medicina regular. Vamos a tratar mi ansiedad con cannabis rico en CBD –entre otras condiciones preexistentes, tengo hipertensión y asma, lo cual me descalifica para usar THC, ya que es más fuerte. Lama me explica que la forma de ingerir será cada día, media hora después de cada comida. Tengo entonces un frasquito con líquido y tres jeringas sin aguja que indican los miligramos. Cada mañana y cada noche, a eso de las ocho, debo ingerir 0.4 miligramos de CBD líquido, primero colocándolo debajo de la lengua y luego esperando un minuto antes de tragar. 

Pertenece a la Clínica de Cuidado Integrado Zerenia, que ha llegado hace poco a Lima desde Colombia y se dedica a la atención con cannabis medicinal, con un seguimiento paulatino al paciente; es común recibir una llamada de seguimiento para saber si se presentó algún contratiempo y cómo evoluciona el tratamiento.

El sabor a una miel amarga. La sensación de un adormecimiento agradable, la textura oleaginosa en los dedos después de unas semanas de uso. La medicina que ingiero se llama Alixen 30 mg/ml, extracto de cannabis sativa L (la “L” es por Carolus Linneæus, el botánico sueco que por primera vez clasificó de forma científica a esta planta en 1753). Me explica el Dr. Lama que cada vez más se emplea la administración por jeringa ya que las gotas son muy inexactas y difíciles de controlar. Resulta un poco incómodo transportar la medicina pero uno se acostumbra (por ejemplo, cuando vas a salir a una cena). Al líquido se le conoce en jerga médica como “fórmula magistral” ya que debe ser preparada especialmente para el paciente.  

También la forma de comprar CBD tiene pasos particulares. En el Perú, se exige un registro previo ante la Dirección General de Medicamentos, Insumos y Drogas (DIGEMID): la clínica me pide mis datos y mi número de documento de identidad. Solo estando registrado puedo comprar el CBD para un tratamiento formal, y solo en una farmacia autorizada. ¿Podría irme a cualquier proveedor de otra marca? Podría. Es más, muchos simplemente lo hacen. Pero quiero registrar mi tratamiento a lo largo de un mes, vamos a hacer las cosas bien.

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Cada mañana y cada noche, a eso de las ocho, debo ingerir 0.4 miligramos de CBD líquido, primero colocándolo debajo de la lengua y luego esperando un minuto antes de tragar. / Sandro Mairata.

Pregunto en mi muro de Facebook por testimonios de tratamiento con cannabis. Me responden varios, para mi sorpresa. ¿En qué momento se hizo tan popular? En una consulta por Instagram, Manolo Barrios, guitarrista y cantante de la popular banda local Mar de Copas, me cuenta que consume THC y está tan satisfecho que lo promociona en sus redes sociales. Su pareja, Jimena Lindo, es una conocida actriz y modelo que no tiene tiempo para una entrevista pero escribe que “me ha hecho dormir mejor”. 

Entonces: te ayuda con el sueño, me queda claro. ¿Pero qué más?

Andrea, amiga desde mis días de playa y borracheras eternas de adolescente en los noventas, me escribe para contarme que padece de fibromialgia –padecimiento misterioso que afecta diversas funciones motrices y musculares, causando extrema fatiga y daños a la memoria el sueño y los estados de ánimo. Me dice que el CBD “es lo único que me ayuda”, ya que tiene además artrosis, ansiedad, insomnio “y otros males”.

–A veces (lo combino) con THC para que me dé hambre, CBD 8% mañana y noche. 

Gustavo, otro amigo desde los noventas, cuando organizábamos protestas contra la dictadura de Alberto Fujimori, ahora es el fundador de la más conocida escuela de DJs del Perú, el DJ College. El CBD no lo consumió él, sino que consiguió una variante para animales ya que Vitto, su perro yorkshire terrier de 13 años, empezó a cojear a partir de una hernia discal que además le ocasionó temblores. Pronto dejó de mover la pata trasera izquierda. Luego la derecha. Una resonancia determinó que Vitto requería terapia; se le comenzó a estimular las patas con acupuntura sin resultado y peor aún, las patas delanteras comenzaron también a presentar dolor. La única opción era la eutanasia. Entonces un veterinario le recomendó CBD para mascotas. Vitto no se curó pero el tratamiento le ayudó a sobrellevar el dolor.

–Lo vi descansado, no tanto como hubiese querido pero le ayudó con su calidad de vida. Falleció hace cuatro meses.

Andrea, amiga desde mis días de playa y borracheras eternas de adolescente en los noventas, me escribe para contarme que padece de fibromialgia –padecimiento misterioso que afecta diversas funciones motrices y musculares, causando extrema fatiga y daños a la memoria el sueño y los estados de ánimo. Me dice que el CBD “es lo único que me ayuda”, ya que tiene además artrosis, ansiedad, insomnio “y otros males”.

A Zoëy, una artista plástica muy activa en redes, nunca la he tratado en persona pero nos conocimos por un grupo que inició en Facebook llamado Barrio Cuarentena, donde intercambiábamos experiencias del encierro. Vía llamada me cuenta que tiene tres años consumiendo CBD debido a picos de presión alta (“presión emotiva” es el término, debido al estrés) y luego de pasar por medicina regular –algunas pastillas le daban acidez, otras eran muy caras, otras escasas– recibió la recomendación de CBD. “El THC me cae mal; yo he fumando yerba por años hasta que me empezó a caer mal”. 

–Lo que descubrí con el CBD fue impresionante –, dice Zoëy. –Me dijeron que serían diez días hasta que empiece a hacer efecto, y al día cinco ya se me habían bajado las revoluciones. Mi presión regular –bastante alta– era de 13/8, he tenido picos que hasta me ha salido sangre por la nariz, una cosa espantosa. Con CBD, bajé a 10/8, 10/7, algo que nunca en la vida me había ocurrido. 

Por supuesto que las curas no son mágicas. Zoëy me cuenta que acompaña su ingesta de CBD con ejercicio y meditación. Otra amiga más, Margarita, me cuenta que también le da CBD a sus mascotas cuando hay tormentas o fuegos artificiales allá en Florida. Hay los decepcionados, como Ellen, compañera universitaria. 

–Mi papá tomó por dolores de cáncer, pero no le ayudó en nada.

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La variedad de patologías tratables en la Clínica Zerenia es muy amplia: Parkinson, epilepsias, cefaleas, o esclerosis múltiples; artritis, dolores neuropáticos, craneofaciales, fibromialgias. / Cortesía Zerenia.

He consumido cannabis medicinal (CBD) por un mes y esta es mi evaluación personal: sí, duermo mejor. Mi ansiedad de toda la vida se siente bajo control. Me concentro más –en un momento en que el trabajo desde casa a veces juega en contra–, y encuentro agradable consumir CBD antes de dormir porque mi organismo se acostumbra al confort extra. Tenía cierto temor porque consumo pastillas para la hipertensión y la ansiedad pero no hubo problemas ni con esas ni con mi inhalador para la rinitis. Lamento mis prejuicios de años que colocaron al CBD al lado de pseudociencias. 

Queda sí muy claro que ni el CDB ni el THC reemplazan en gran medida a la medicina mainstream, por llamarla de algún modo. La variedad de patologías tratables es muy amplia, eso sí: en neurología se puede tratar la enfermedad de Parkinson, epilepsias, cefaleas, o esclerosis múltiples; entre los dolores crónicos se puede tratar artritis, dolores neuropáticos, craneofaciales, fibromialgias. También es un buen paliativo para síntomas asociados a la quimioterapia, dolores oncológicos e inapetencias o insomnio productos del VIH. En salud mental, la ansiedad, la depresión, los desórdenes del sueño o los trastornos de estrés postraumático (TEPT) también pueden tratarse con cannabinoides. 

He consumido cannabis medicinal (CBD) por un mes y esta es mi evaluación personal: sí, duermo mejor. Mi ansiedad de toda la vida se siente bajo control. Me concentro más –en un momento en que el trabajo desde casa a veces juega en contra–, y encuentro agradable consumir CBD antes de dormir porque mi organismo se acostumbra al confort extra.

Yo tenía una idea muy Woodstock de la cultura alrededor del cannabis. O muy Burning Man, si les parece vieja y decrépita la referencia. Al pensar en fumar yerba (no puedo hacerlo desde hace mucho porque me causa taquicardia), muchas veces me ganaba la nostalgia recordando anécdotas juveniles escuchando el hip hop violento con ritmo hipnótico de Cypress Hill y las aventuras con los buenos amigos. Otras veces oía las historias de quienes cayeron en las drogas de forma inescapable precisamente usando la marihuana como puerta de entrada a drogas más duras, y ya como periodista al revisar y cubrir historias de lucha contra el narcotráfico le di otra dimensión a mis apreciaciones sobre el tema.

Nada de esto tiene que ver con CBD o THC. Es bueno recordarlo, porque bien administrado, los beneficios son muchos. Y para sobrevivir la horrible realidad de un mundo postpandémico toda ayuda no solo es bienvenida, sino necesaria. 

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