Relatto | El cuento de la realidad

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No van a decir sus nombres.

Ya saben —o al menos suponen— cómo funcionan las cosas si aparecen cámaras o micrófonos. Tampoco dirán su edad, aunque por contextura, tonos de voz y comentarios podemos inferir que rondan los trece o catorce años. Son dos niños mexicanos, que esperan clientes sentados bajo un árbol frondoso, del otro lado del río Suchiate, en la orilla guatemalteca. Se dedican a cruzar mercaderías en sus gomones, a atravesar la frontera hídrica de Guatemala/México, a tracción sanguínea. 

Normalmente desaparecen, se esconden al ver agentes de seguridad o periodistas. Pero la presencia de los trabajadores humanitarios a quienes acompaño, abre una brecha de confianza y nos cuentan que son amigos, luego agregan riendo que más bien son socios en el negocio del cruce: a veces con un palo para impulsar la balsa, otras arrastrándola con cuerdas, con el cuerpo metido en el agua hasta la cintura o el pecho dependiendo el tramo. Lo hacen durante estos meses de baja, cuando el río está manso. Dejaron la escuela para cruzar mercaderías —que también suelen ser personas— por unos cuantos dólares. «Ahora tenemos mucho trabajo —dice el más locuaz, al tiempo que estruja su camiseta mojada de un cruce previo—. Hacemos buenos pesos».

No aclaran cuánto. Como tantos otros precios en la ruta migratoria, las tarifas varían dependiendo de la capacidad de regateo del cliente, su cara, apariencia, o la desesperación. Del lado mexicano, quienes esperan orientación bajo los árboles, a un coyote o algún tipo de asistencia en sus campamentos improvisados, aseguran que los balseros piden entre 50 y 100 dólares, por persona. Montos siderales para migrantes que, luego de miles de kilómetros de travesía y desventuras, apenas avanzan con lo puesto. 

Cada paso de la ruta migratoria representa un gasto para la población en movimiento. Para otros, el cruce del río es una oportunidad de negocio: a veces con un palo para impulsar la balsa, otras arrastrándola con cuerdas, con el cuerpo metido en el agua hasta la cintura o el pecho dependiendo del tramo. Lo hacen durante estos meses de baja, cuando el río está manso. Foto/ © Migue Roth / ADRA 

Los balseros, por su parte, rinden tributos a los verdaderos dueños del negocio, tipos que jamás se dejan ver por aquí. Las ganancias marginales de tener la ‘habilitación’ para ejercer de transportista se esfuman en comidas y bebidas, o se ahorran para hacer lo mismo que las personas a quienes cruzan: migrar al norte, sin destino cierto. 

El ingenio puesto al servicio del objetivo mayor: juntar dinero que, en gran medida, se destinará al pago de otros coyotes o extorsiones. 

Ingenio y precariedad 

Ramiro* (nombre ficticio por motivos de protección) lleva dos semanas en Suchiate, y trabaja sin descanso para juntar dinero que les permita seguir. 

Seguir es contar con el monto que demandan los polleros, quienes se encargan de trasladar de un punto a otro en la ruta migratoria, o el pago de informantes que prometen vías para evitar a los policías.

La pareja de Ramiro —embarazada de cinco meses y medio—, y dos niños le esperan en la tienda que traen desde Ecuador. La misma que les sirvió de refugio en el Darién. La misma que los cobijó en las plazas de Panamá, antes de que los obligaran a irse. La misma tienda en la que se amontonan cada tarde de lluvia. Ramiro sale a revender botellas de agua. Cada peso que recauda lo utiliza para una nueva inversión: algo de harina para que su compañera amase tortillas; combos de golosinas u otro pack de agua natural. Si le roban una sola botella —como le pasó en más de una ocasión—, pierde toda la ganancia. Y toca empezar de cero nuevamente. La precariedad en su versión más dañina.

México se ha transformado en las últimas décadas en una inmensa fosa común que traga migrantes por miles. Las cifras no son completas porque el éxodo se da en gran medida en la clandestinidad.Foto / © Migue Roth / ADRA 

La frontera sur de México es permeable (que no es sinónimo de seguridad). Quienes han logrado atravesar los desafíos previos llegan agotadísimos: al sur, la selva. Al centro la Policía o las pandillas. En México, todo junto. «Prefiero cruzar el Darién cien veces antes que esto», dice una madre al borde del llanto. 

La emoción de llegar al penúltimo escalón migratorio se termina al pisarlo.

«México es más rudo. Es un ‘sálvese quien pueda’ total. Aquí hay mucho sol y casi ni comemos —sigue Ramiro—. Hay carteles y no se puede confiar en la ayuda de la policía. Es peor aún». 

Ramiro asegura que incluso revender frutas puede ser una tarea peligrosa. «Hay que conocer los códigos; si hay otros vendedores en la zona no se puede trabajar, si hay ‘dueños del territorio’, tienes que pedir permiso. Si hay policía, mejor vete». 

Vecinos de Suchiate, México, dan sus explicaciones: a los oficiales de a pie les pagan poco, así que buscan sacar ventaja a cualquier costo. Son uniformados casi sin preparación, a quienes se les da el poder de portar armas. 

Con mayor o menor grado de formación y entrenamiento, las fuerzas de seguridad y la Policía Militar (PM) erigen «Puntos de Rescate Humanitario», eufemismo para referirse a los retenes. «Son check points, barricadas oficiales, retenes en donde los policías extorsionan a migrantes —me dice un trabajador de la zona—. De ‘rescate’ y de ‘humanitario’ tienen lo que yo de santo… Les vale madre sacarle las últimas monedas a abuelas o embarazadas».

México deporta más que Estados Unidos. Es uno de los lugares más violentos del mundo. Y está repleto de historias de migrantes que dejaron atrás sus hogares, sus seres amados y ya no se supo más de ellos. Historias de cientos de crímenes sórdidos y tantos más, incontables, que quedan en las sombras del anonimato. Foto/ © Migue Roth / ADRA 

A lo largo de las rutas que atraviesan México, se multiplican los «Puntos de Rescate Humanitario». El mecanismo operatorio se repite: detienen a los automóviles, minivans, buses o camiones. Bajan a los migrantes y los interrogan con las armas a la vista y en tono imperativo. Les piden papeles. Si poseen pasaportes, con seguridad no tendrán los sellos aduaneros de los países que atravesaron, ya que —como es habitual— los obligan a cruzar de manera irregular. Si no cuentan con papeles, será lo mismo: deberán pagar una multa o los deportan. 

La multa varía, como las tarifas de productos en las ferias, pero el precio no es negociable. 500 dólares, o más. Si no llevan dinero, les dan un margen de tiempo para conseguirlo. Se paga la multa —y les un recibo que debería funcionar como salvoconducto—, o se les detiene por tiempo indeterminado, incomunicados hasta la deportación. 

La inercia de la desesperación

México deporta más que Estados Unidos. 

Es uno de los lugares más violentos del mundo. Y está repleto de historias de migrantes que dejaron atrás sus hogares, sus seres amados y ya no se supo más de ellos. Historias de cientos de crímenes sórdidos y tantos más, incontables, que quedan en las sombras del anonimato. México se ha transformado en las últimas décadas en una inmensa fosa común que traga migrantes por miles. Las cifras no son completas porque el éxodo se da en gran medida en la clandestinidad. Los que dejan atrás realidades dolorosas, corren peligro y sufren adversidades constantes en la ruta migratoria con el objetivo de iniciar otro ciclo que —bien lo saben— llegará con nuevas penurias y marginación. 

La frontera sur de México es permeable (que no es sinónimo de seguridad). Quienes han logrado atravesar los desafíos previos llegan agotadísimos: al sur, la selva. Al centro la Policía o las pandillas. En México, todo junto. «Prefiero cruzar el Darién cien veces antes que esto», dice una madre al borde del llanto. | © Migue Roth / ADRA 

Murió el American dream. La aspiración es vivir el riesgo de trabajar sin papeles, en precariedad, sometidos a extenuantes jornadas, donde sea, con tal de ganar ese bendito —¿maldito?— margen de pocos dólares para enviar una remesa.

«En nuestro país —dice Ramiro refiriéndose a Venezuela— uno se ahoga económicamente. En Centroamérica, la gente va pal’ norte porque sus naciones se ahogan en sangre. Aquí toca chambear para que los niños no se nos mueran de hambre». 

Las cifras de la Comisión de Ayuda al Refugiado (Comar), la entidad mexicana que atiende a los solicitantes de asilo, son desoladoras. Los números que precisa en sus informes Unicef, muestran la gravedad de la situación: deben realizar cada vez más atenciones con menor presupuesto. Las oenegés no dan abasto. Un trabajador de la Agencia Humanitaria ADRA, que brinda atenciones médicas, suplementos nutricionales y asesoramientos legales, me dice que la cantidad de personas en tránsito se incrementó en las últimas semanas, de la misma manera en que crece la precariedad y la vulnerabilidad. 

En la ruta, una señal de tránsito es tan simbólica como triste: para continuar camino al norte, el paso por Tapachula es inevitable. No queda otra opción, con lo que eso representa. Foto / © Migue Roth / ADRA

 Tanto Ramiro como su pareja beben un café tibio y desabrido. Tragan la preocupación con tal de no desesperar a sus hijos. No hay nada que esconder, porque las penurias son compartidas. Comen lo que les llega a sus manos: a veces la sopa india que vende barato una casera del paso; otras, la caridad de agencias humanitarias o de iglesias evangélicas. 

Las preocupaciones y la incertidumbre ante lo que aún les toca afrontar, amenaza insistente. Pero la desesperación manda y el afán de llegar —al fin— del otro lado es más fuerte que el temor. 


 

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