Relatto | El cuento de la realidad

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Es bien noble, estoico, dice Charo López, humorista argentina, en Las lindas también leen, show que hace junto a Noelia Custodio en la calle Corrientes de la Ciudad de Buenos Aires. Y sigue. El Satisfyer tiene una energía como: este tipo no existe, estamos vos y yo acá. No propone, no exagera, no inventa mierdas. No tiene barba candado. 

Un tipo de buque como el submarino, el regador del jardín, un ventilador de mano. Se deja sostener casi como el agua que no pesa. No se parece a un hombre pero no pretende serlo. Se viste de colores claros y en el extremo final se calza una silicona suave que bien podría ser masticada-mordida-tragada.

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A los treinta y dos años Flavia siente el shock que electriza. Y con él viene el ritual: tira la toalla en este piso sobre el que estamos sentadas haciendo la entrevista. Lo toco y es suave y sin polvo. Pongo una toalla y dos almohadas, dos porque sin eso me doblo toda y me duele el cuello. Me doblo por los movimientos rápidos, ¿viste? Flavia se divorció hace dos años de una relación que duró diez. En un departamento ancho y envuelto en ventanales, del barrio de la Boca, Buenos Aires, abre frente a mí un cajón con más de treinta pilas enredadas entre collares, cremas, tarjetas de crédito, cepillos de dientes. Ese desorden dibuja en el aire un orgullo que ahora la hace sonreír. Me cuenta que compró el Satisfyer porque vio en TikTok a una chica que decía: Tías, dejen todo y vayan a probar esto ya. Mis amigas dicen que no se puede reemplazar una cosa por otra, pero no hago eso. Simplemente tengo, si quiero, tres orgasmos superfuertes por día y en pocos minutos. Le quiero preguntar si le escribiría una carta a él o si lo guarda en ese cajón, pero desisto.

Las manos que guían la carga análoga tienen un gesto gangster: se saca la punta, se cargan las pilas, positivo para arriba negativo para abajo. Se calza la tapa y se gira media vuelta. Una puede tardar, con la debida práctica, menos de cinco segundos en hacerlo funcionar. La versión original del Satisfyer es a pila pero tiempo después llegó el USB. Todavía es invierno así que todo lo nuestro es largo: medias hasta la rodilla y polera. Flavia exhibe su destreza y lo pone en marcha casi sin mirar mientras desde la calle, llega una canción de cancha que cae, dura, sobre nuestras palabras.

Foto: Freepik

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En 2012, Michael Lenke, inventor alemán de 75 años, lee un estudio de investigación sobre la brecha orgásmica entre mujeres y varones. Dos años después inventa el Womanizer: estrella succionadora de clítoris. Brigitte, su esposa, prueba los prototipos para después compartirlos con sus amigas. 

La página web de Lenke es sincera y avisa que los orgasmos son el negocio. Porque si en los tiempos en los que vivimos corremos del trabajo a la facultad, para ir al segundo trabajo, al tercero y al cuarto, algo sabemos: vivimos con poco tiempo. Es entonces cuando aparece este rey punk del siglo XXI. Womanizer es el precursor del Satisfyer, pero este último se popularizó por tener un precio más bajo. Aunque acá lo que importa es la técnica de estimulación que lleva el nombre de Pleasure Air Technology y que fue patentada por el alemán. Para la creación del Womanizer, en el primer prototipo, se utilizó un mecanismo parecido al que se usa para limpiar las peceras. El invento produce olas de aire que succionan las terminaciones nerviosas. En cambio, el Satisfyer funciona a través de un sistema de ondas expansivas y pulsaciones de aire. 

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Con un amigo estamos sentados viendo el espectáculo de stand up. Él se ríe en el momento que nombran al Satisfyer, pero cuando salimos y caminamos por la vereda ancha esquivando las filas que se forman en calle Corrientes, me dice que no sabe sobre el funcionamiento ni qué diferencia tiene con un vibrador, también pregunta si los hay para hombres. Le digo que sí, que se lo compre y que va a encontrar cuotas sin interés. Sabe que en las últimas semanas estuve leyendo, casi de manera compulsiva, sobre el tema. Con las manos agarradas al caño del colectivo para sostenernos, escupe: ¿lo ves para nosotros?, me río y dibujo con el codo sobre su espalda una forma sin traducción. 

Ya en el departamento baja la persiana pero no se desviste: pantalón y camisa manga tres cuartos. Él está atento y yo aprieto hasta el final. Me gusta el botón que sube el nivel de intensidad. Nos desvestimos lo mínimo y ahora la intensidad también es la de él. Escalamos. Parecés un ginecólogo, le digo mientras me aprieta el brazo cuando ve, en primerísimo primer plano, las contracciones que ahora puedo sentir, junto al líquido, que no evita que le moje la cara.

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Raquel Tizziani, médica clínica y sexóloga argentina, explica que los dispositivos tecnológicos y electrónicos vinieron a contribuir al autoconocimiento del cuerpo en la posibilidad de ejercer autonomía con relación al placer.

Le pregunto a Raquel sobre lo malo, algo malo tiene que tener, le insisto. Se puede producir un proceso de condicionamiento, me cuenta. Porque cuando se ubica cuál es el estímulo y se lo implementa, se gestiona el orgasmo. La eficacia es más que rápida. Tal vez tanto como friccionar los dedos contra la rueda del encendedor y prender la dinamita. El condicionamiento puede llegar cuando se dificulta obtener placer de otras maneras.

Foto: Freepik

Un mes después de nuestra entrevista y sobre aquella rapidez, esa eléctrica, Flavia me responde en un mensaje de WhatsApp

Si querés podemos repetir la charla, pero te adelanto: usándolo tanto, se te acostumbra la campeona. Capaz lo dejo acá.

Insisto con volvernos a ver. Puedo llegar a meterme en su performance. Más allá del piso, de la toalla, de las almohadas, veo el líquido que se desparrama por todo el cemento impecable y alisado. Flavia se dobla y expulsa todo. A pesar del sonido que viene de la calle, la escucho respirar. Con una mano se agarra de la toalla y con la otra lo maneja a él. Un rato después, con un café entre nosotras, me contará que además de no hacerlo tan seguido por la cuestión del acostumbramiento, no le gusta el caos que la empapa alrededor: el trapo de piso, la toalla urgente al lavarropas, el cuerpo todo húmedo. Que después no sirvo para nada.

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Se rompe. Bajo corriendo las escaleras y le pido a Chayanne, dueño del supermercado de enfrente, un paquete de pilas triple A. Las pruebo pero sigue sin funcionar. Googleo y casi no hay antecedentes de usuarios que se quejen de roturas. También navego en preguntas como: ¿quién arregla el Satisfyer? Pienso que podría ser un servicio técnico como el cerrajero. Horas después me compro otro pero, esta vez, de una segunda marca. Cuando lo voy a retirar llevo al rey muerto y pregunto si tiene garantía. Que está roto pero que no se me cayó. Que tampoco lo usé tanto. Que sí lo usé pero que después siempre lo limpié y lo sequé y guardé. La chica joven que me atiende lo recibe y sin decir nada empieza a trabajar con movimientos rápidos y exactos. Mientras se calza guantes de latex, me pide que me mueva, que la espere en el otro mostrador. Se acerca hasta mí y abre la tapa superior. Una punta con forma de gota. Lo sacude todo para después espolvorearle algo parecido al talco. Le mete, y empuja para abajo, las pilas. Mantiene apretado el botón de encendido y tuc-tuc vuelve a nacer. Le pido perdón y que te juro que probé mil veces. Que me compré otro solo porque no pude revivirlo. El Satisfyer no nos abraza a la noche pero, según parece, nos podemos llegar a preocupar por él.

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23 de enero de 2020. La Guardia Civil de Alicante detiene a una mujer por robar cuarenta Satisfyers. Espía desde la esquina, tal vez mientras escucha a los Rolling Stones, cómo el correo deja una caja enorme en la puerta de un Sex shop. Se desplaza hacia el tesoro para sostenerlo entre sus brazos. Camina rápido junto con la caja que guarda al ejército de succionadores y se detiene a regalar algunos en un centro de masajes de la zona. Minutos después, toca la puerta de vecinas de Callosa, ciudad en España, para repartir el oro en polvo. Porque el orgasmo es un derecho humano, dirá también la página web de Womanizer.

Foto: Freepik

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Tiene once intensidades de succión. Intento probar una por una para tomar notas y poder reproducir, después, el resultado. Puede decirse que del nivel uno al ocho, todo es registrable. El calor se desparrama por la sangre del cuerpo pero mis dedos son capaces de escribir en el celular lo que va pasando. Ganas de reírse invaden el circuito nervioso. 

Avanza del ocho al nueve. Cuesta un poco más escribir y entre movimiento y movimiento inauguro la posibilidad de grabar una nota de voz, la que se rompe entre mis dedos mientras cae derretida en el tacho de basura del WhatsApp.

Sube al diez y después al once. Se apodera de mí una energía exótica y verdadera. Miro al techo y entre tuc y tuc-tuc puedo ver que casi todas las cosas ahora están resueltas, sospecho que puedo levantarme de la cama y armar una mochila de viaje. Buscar las zapatillas de trekking que tengo perdidas; puedo salir por la puerta de mi casa e ir caminando a renovar el pasaporte, puedo ser capaz de cocinar un guiso de carne con una cocción de lo más lenta.







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