Relatto | El cuento de la realidad
Relatto | El cuento de la realidad

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Lucila Sandoval tiene 18 años cuando ingresa por primera vez a la Asociación Argentina de Fútbol Femenino (AAFF). Está ahí para fichar como jugadora de All Boys, un club deportivo vinculado con el barrio porteño de Floresta. La Asociación de Fútbol Argentino (AFA) aún no existe y el deporte es, casi exclusivamente, un asunto de varones. Todavía no sabe lo que la historia del fútbol femenino esperará de ella y mucho menos intuye lo que está a punto de descubrir sobre el pasado del fútbol femenino en el país. Inquieta, algo nerviosa por el fichaje, camina por los angostos pasillos de la AAFF cuando se da cuenta de que, en su torpeza, estuvo a punto de tirar un cuadro que cuelga de la pared. Con algo de vergüenza, se da vuelta para acomodarlo y se encuentra con la mirada de dieciséis mujeres. La imagen contiene una pista. En ella se lee “Selección Femenina, Mundial México 1971”. Desde entonces, una pregunta incesante se instala en su cabeza: ¿quiénes son esas muchachas? 

Lucila Sandoval junto al equipo de All Boys. (Archivo personal de Lucila Sandoval).

Lucila o Luky, como la conocen en las canchas, había llegado a Buenos Aires cuatro años atrás escapando de Saladas, su pueblo natal en la provincia de Corrientes, donde el único destino para las mujeres era casarse y tener hijos. Su madre biológica la entregó al nacer, por lo que gran parte de su infancia se le esfumó yendo y viniendo de casa en casa. Creció viendo a los muchachos jugar en los polideportivos del pueblo, pegada al arco y a la espera de que falte alguno para poder entrar al campo en su lugar. No sabe cuántas veces le gritaron “andá a tu casa, marimacho” mientras jugaba picaditos en los potreros de su infancia. Tampoco le importa. Nada de eso detendrá su travesía. Cansada de las limitaciones del pueblo, y sin una familia sanguínea que la atara al lugar, Luky enganchó viaje con un matrimonio que partía hacia la capital bajo la promesa de que trabajaría gratis en su casa a cambio de la posibilidad de estudiar. Y así fue. En Buenos Aires, terminó la escuela secundaria y a los diecisiete años consiguió un puesto en una panadería. Con sus primeros pesos ahorrados, se mudó a una pensión. “Tuve mucha suerte en la vida. Era una pensión de gente mayor y una señora me alquiló una habitación a su nombre porque yo no podía. Todavía era menor de edad. Me convertí en la mimada de la pensión. Por eso digo siempre que a Buenos Aires le debo todo”. Sus recuerdos sobre esos días son, ante todo, alegres. Fue el novio de una de sus compañeras de la panadería quien le contó que en All Boys estaban convocando mujeres. Por aquél entonces, hacia fines de los años 80, éste y Yupanqui eran los dos equipos más importantes para el fútbol femenino. Luky se sorprendió: hacía años que había dejado las canchitas de su pueblo y estaba lejos de imaginar que el fútbol femenino existía.

La Asociación de Fútbol Argentino (AFA) aún no existe y el deporte es, casi exclusivamente, un asunto de varones. Todavía no sabe lo que la historia del fútbol femenino esperará de ella y mucho menos intuye lo que está a punto de descubrir sobre el pasado del fútbol femenino en el país. 

En Argentina, los primeros registros de equipos conformados por mujeres datan de 1923, año en el que se disputó un partido en el Estadio Alberto J. Armando, popularmente conocido como la Bombonera: la cancha del Club Atlético Boca Juniors. Se sabe que los equipos que compitieron en el torneo se llamaban “Argentinas” y “Cosmopolitas”. Desde entonces y hasta fines de la década de los 50, cuando se estima que se comienza a consolidar una primera generación de jugadoras, existe un vacío irreparable en esta historia. Luky menciona un recorte de diario de 1956 como el registro más antiguo de su archivo. Pero en el año 88, cuando llega a fichar para All Boys, todavía desconoce ese pasado. Por supuesto, tenía algunas referentes entre las que recordará a Mirta López, exjugadora de Yupanqui, “una mujer que en una baldosa bailaba diez”, y Marcela Leish, primero arquera y después directora técnica en Boca, con quien el club consiguió 20 títulos. Y para de contar. 

Con el deseo de patear la pelota siempre encendido, Luky fue a la prueba de “los de Floresta” y quedó adentro. “Yo no tenía formación técnica, venía de los potreros y, contra toda regla, era una zurda malísima. Esa tarde no metí un solo pase de primera”. Poco tiempo después, Luky entró a la cancha como arquera. Trabajaba día y noche para mejorar. Quería aportar algo a su equipo, que sus compañeras se sintieran protegidas con ella en el arco. “En el fútbol hay dos tipos de personas: quienes nacen con el don y quienes necesitan entrenar mucho para llegar a ser buenas. Yo era de las segundas”, bromea Luky mientras se ceba un mate. Hasta el día de hoy, piensa que la aceptaron en el club por la recomendación de aquel viejo amigo. Y si no fuera por ese azaroso comentario que la condujo nuevamente hacia el fútbol, tampoco hubiera llegado a la AAFF, esa agrupación que tuvo como madrina a Doña Tota, la madre de Diego Maradona, y que funcionó de manera independiente hasta el nacimiento de la AFA. Y tampoco hubiera estado apunto de tirar aquel cuadro que instaló en su cabeza la pregunta por las mujeres de la foto: las del Mundial de 1971. Por ellas jugaría los próximos veintisiete años de su vida, alimentando una única obsesión: llegar a conocerlas. 

Las Pioneras del Fútbol Argentino

Es invierno en la Argentina de 1971. Mientras el país se sumerge en una dictadura cívico-militar liderada por el presidente de facto Alejandro Agustín Lanusse, en México dieciséis mujeres son fotografiadas en la puerta de un hotel de lujo. Se trata de la Selección Argentina. Viajaron para disputar un Mundial desconocido por la FIFA. La selección albiceleste viene de perder contra el equipo local en un partido con un arbitraje dudoso. Tras un penal de la jugadora Betty García, la arquera mexicana dio un rebote que Eva Lembessi convirtió en gol, pero el árbitro lo anuló porque determinó que la jugada había terminado luego de la atajada. Como fuera, México tenía que llegar a la final en casa. Ahora les toca disputar contra la imbatible selección de Inglaterra. Es 21 de agosto y el partido empata 0 a 0 en el Estadio Azteca. Una media chilena de Betty García termina en un pase para la número 10, Elba Selva. Elba encara para la derecha, acomoda el zurdazo y patea al arco. Ese será el primero de los cuatro goles que convertirá la número 10 para marcar una contundente victoria. El resultado final: 4 a 1. “El estadio entero gritaba por Argentina, le estábamos ganando a una potencia. Cuando me paré a escuchar, sentí que me temblaban las piernas y pensé que me iba a caer. Fue algo inolvidable”, recordará la goleadora cuando, casi cincuenta años después, le pregunten por aquel partido en una entrevista realizada durante su primera visita a la Bombonera. 

En el fútbol hay dos tipos de personas: quienes nacen con el don y quienes necesitan entrenar mucho para llegar a ser buenas. Yo era de las segundas”, bromea Luky mientras se ceba un mate.

Lo que esas dieciséis mujeres no sabían por entonces es que esa victoria marcaría un hito sin precedentes: aquella sería la primera vez que Argentina vencería a Inglaterra en un Mundial hasta que llegara el gol más famoso de la historia del fútbol: “la mano de Dios” de Maradona contra los ingleses en 1986. Pero todavía falta mucho para eso. Ahora, en un Estadio Azteca colmado por cien mil personas, la selección femenina saborea un triunfo que, algunos días atrás, parecía imposible. Viajaron a México sin botines, sin director técnico, sin masajista, sin médico y con una camiseta que les había regalado el sindicato Unión Tranviarios Automotor (UTA), el mismo que les prestaba las canchas para entrenar. La invitación al Mundial había llegado de la mano de Santiago Harrington, un mánager que había visto a las selecciones femeninas argentina y mexicana en un amistoso que se había jugado ese mismo año en la cancha de Nueva Chicago, en Buenos Aires, en donde Argentina había ganado 3-2. Pero, por un problema de papeles, Harrington no pudo viajar. Al llegar al campeonato en México, en el que también participaban Dinamarca, Francia e Italia, una organización les obsequió camisetas, medias y botines nuevos. Esto complicó a las jugadoras que, hasta entonces, nunca habían usado calzado con tapones. Debieron entrenar para acostumbrar la pisada. 

Ese viaje, lo recordarán luego, estuvo lleno de imprevistos. Para cubrir los gastos, la arquera del equipo, Marta Soler, dedicó algunas noches a cantar tangos y boleros en el restaurante aledaño al hotel donde se hospedaban. A esto hay que agregar que la arquera se había lesionado la rodilla jugando fútbol de entrecasa durante una excursión. Tuvo que infiltrarse para poder atajar el resto del campeonato. Luego, cuatro días antes de su debut ante Dinamarca, el transporte que llevaba a la selección a entrenar chocó con una camioneta y algunas de las jugadoras salieron lastimadas. Y como si no fuera suficiente, durante el vuelo que las llevaría a su encuentro con Italia, disputado en Guadalajara, la turbulencia del avión sería tal que muchas aterrizaron descompuestas. Finalmente, tras la victoria contra Inglaterra, la selección perdería 5 a 0 contra las danesas, equipo que había salido campeón el año anterior en el Mundial Femenil de 1970, y luego 4 a 0 contra las italianas, a quienes encontraron “técnicamente superiores”. 

 Lo que esas dieciséis mujeres no sabían por entonces es que esa victoria marcaría un hito sin precedentes: aquella sería la primera vez que Argentina vencería a Inglaterra en un Mundial hasta que llegara el gol más famoso de la historia del fútbol: “la mano de Dios” de Maradona contra los ingleses en 1986.

Allí terminaría la historia. O al menos por un tiempo. Mientras la selección femenina vivía su momento de fama en su primera Copa del Mundo, en Argentina apenas y se hablaba de lo que sucedía en México. En el diario Clarín, el periodista uruguayo Luis Alfredo Sciutto, que firmaba bajo el pseudónimo de Diego Lucero, publicó una columna titulada “El fútbol no es para chuchis” en donde afirmaba que un deporte tan “viril” como el fútbol era cosa “para varones de pelo en pecho y galladura fuerte”. Cuando las jugadoras regresaron al país, no había nadie esperándolas en el aeropuerto de Ezeiza. Así fue como, después de haber vivido lo que les pareció un sueño, todas retomaron sus rutinas diarias y muchas de ellas no volvieron a hablar de aquél viaje. Tendrían que esperar casi cincuenta años hasta que una mujer como Luky, con una curiosidad imposible, las contactara para contar su historia. Una jugadora que, por casualidad o fatalidad, desde finales de los años 80 se preguntaba quiénes eran aquellas pioneras, dónde estaban y por qué nadie hablaba de ellas. 

Recorte de la columna de Luis Alfredo Sciutto para el diario Clarín “El fútbol no es para chuchis”. (Foto de Archivo).

Una vez retirada del fútbol, Luky Sandoval decidió conformar Las Pioneras del Fútbol Argentino. Su deseo era que existiera una organización que reuniera a las futbolistas desde los años cincuenta, sesenta, setenta, ochenta y noventa. El fin: homenajearlas y hacer encajar los esparcidos fragmentos de una historia del fútbol femenino en Argentina que se resistía a ser contada. Y qué mejor manera de hacerlo que impulsar un proyecto de ley para que el 21 de agosto se convirtiera en el Día de la Futbolista. Al fin y al cabo, si el gol imposible de Ernesto Grillo contra los ingleses en 1953 marcó el Día del Futbolista Argentino hasta que “la mano de Dios” de Maradona lo sacó del podio, ¿por qué no se reconocían aquellos 4 goles de Elba Selva como un hito deportivo igual de importante? 

La tarea no fue fácil. “Aparecer 45 años después de que jugaran aquél Mundial para querer juntarlas les resultó raro. Todas tenían otra vida, lejos del fútbol. Elba estaba casada y con hijos, Betty tenía su grupo de amigas de tejido, y además no me conocían. ¿Por qué iban a atenderme el teléfono?”. Con la ayuda de las exjugadoras Mara Ramos, Mónica Maciel y Gladys Verón, Luky comenzó la arqueológica tarea de recorrer este camino hacia atrás. Pero la del fútbol femenino era una historia llena de silencios. “Para comunicarme con Elba estuve dos años y medio. Le mandaba mensajes, yo veía que los escuchaba y los leía, pero no me contestaba. Ella es más tímida, más para adentro. Tuve que hablar con su sobrino y con sus amigas para convencerla”. 

También yo intento contactarme con Elba en reiteradas oportunidades. En ninguna obtengo respuesta. 


“Nos paramos en la cancha como en la vida”

Si en la década de los 80 la Asociación Argentina de Fútbol Femenino (AAFF), con Nils Altuna como presidenta y principal impulsora, sería la encargada de organizar campeonatos y torneos, en la década de los 90 la Asociación de Fútbol Femenino (AFA) decide ponerse a la cabeza de este asunto. Recientemente, la FIFA había tomado la determinación de impulsar y abrir este deporte para las mujeres y Argentina no podía quedarse fuera del radar del fútbol mundial. La AFA no tardó en absorber a la AAFF, que perdió su autonomía. El año 1991 será crucial para esta historia: a nivel internacional, se disputaron la primera Copa Mundial Femenina en China, al menos la primera reconocida por la FIFA, y el primer Campeonato Sudamericano Femenino en Brasil. A nivel nacional, la AFA organizó el primer torneo oficial de fútbol femenino que contó con la participación de ocho equipos y dio como ganador al Club Atlético River Plate.  


Una vez retirada del fútbol, Luky Sandoval decidió conformar Las Pioneras del Fútbol Argentino. Su deseo era que existiera una organización que reuniera a las futbolistas desde los años cincuenta, sesenta, setenta, ochenta y noventa.  

Pero ser parte de la AFA no garantizaba ningún tipo de igualdad. Mónica Santino fue integrante del plantel de fútbol femenino de la Primera División de All Boys hasta 1999 y participó en dos torneos de la asociación. En ellos, el ninguneo era constante y contaban con muy poco apoyo económico, cuando este no era completamente nulo. “Todavía hay muchos hombres a los que les molesta que las mujeres juguemos al fútbol”, asegura. Mónica también había sido presidenta de la Comunidad Homosexual Argentina (CHA) entre 1994 y 1996. Con la convicción militante en la sangre, cuando dejó de jugar se convirtió en directora técnica de los clubes Chacarita, Atlanta, San Telmo y Boedo Juniors. Actualmente trabaja en el Club La Nuestra de la Villa 31, situada en la Ciudad Autónoma de Buenos Aires. “En el barrio, los cuerpos de las mujeres parecieran estar hechos públicamente para la maternidad o para las tareas del cuidado, así que el fútbol te despega de eso, te hace entender que puede existir deseo, que podés conquistar un territorio como la cancha de fútbol, que estuvo reservada para los varones, y que podés disfrutar la felicidad del juego”, me cuenta por teléfono. El lema de La Nuestra es “Nos paramos en la cancha como en la vida”. 

La Selección Argentina en el Mundial de 1971. (Archivo personal de Luky Sandoval).

Para Mónica, hoy es posible soñar con jugar fútbol femenino de manera profesional, con llegar a la AFA y con que un compañero varón se quede cuidando a los hijos mientras una piba sale a la cancha. Pero no siempre fue así. Al igual que Luky, cuando era chica tuvo que soportar que la trataran de machona o marimacho. “¿Cuántas pudimos defendernos y cuántas nos perdimos en el camino de ese intento”?, se pregunta. 

El año 2015, con la manifestación del Ni Una Menos y la masificación del feminismo en Latinoamérica, marca un punto de inflexión en esta historia. “Para el fútbol de las disidencias y diversidades, ese año significó aire fresco. Hay más niñas, más disidencias, más lesbianas y más mujeres que se animan a jugar”. Y si no fuera por ese hito, quizás tampoco hubieran llegado otros, como el reconocimiento otorgado a Santini en el año 2018, cuando la legislatura porteña la nombró “personalidad destacada del deporte en la ciudad de Buenos Aires por su trayectoria en el mundo del fútbol femenino”. Ni todos los que aún quedan por venir. 

El largo camino hacia la (semi) profesionalización del fútbol femenino

“Este aparato negro que tengo acá es un botón de pánico. Tengo que llevarlo a todos lados después de la denuncia que hice en la fiscalía porque recibí varias amenazas de muerte en mis redes sociales. Hay muchos hombres muy furiosos que se sienten atacados. Frente a un movimiento feminista que se hizo tan fuerte, sienten que el fútbol era lo último que les quedaba. Y yo decidí enfrentarme al status quo”, cuenta Macarena Sánchez Jeanney a la periodista Ayelén Pujol para el libro ¡Qué Jugadora! Un siglo de fútbol femenino en la Argentina (Ariel, 2019). Macarena juega en la Primera División Femenina de San Lorenzo de Almagro y fue la primera futbolista en firmar un contrato profesional en Argentina. Un camino que le costaría el sueño, la salud y algunas cosas más. “Imaginate: en un momento tenés un cansancio que pasa más por lo mental que por lo físico”, escribe la exjugadora. 

Desde pequeña jugaba al fútbol en su Santa Fe natal y fue recién en el año 2006 cuando llegó al equipo de Fútbol Femenino de la Universidad Nacional del Litoral. Allí comenzó a pensar en una carrera deportiva y en el año 2012 comenzó a participar de la Primera División Femenina del Club Deportivo UAI Urquiza. Para poder entrenar, Macarena se despertaba 7:30 am, iba a trabajar, no tenía presupuesto para comprarse comida en la oficina así que, muchas veces sin almorzar, volvía a la casa, armaba su bolso y salía al entrenamiento con el estómago vacío. Y de ahí, a la facultad a estudiar Trabajo Social. El club solo le pagaba 400 pesos de viáticos por jornada, pero ella hacía lo que cualquier futbolista profesional: cumplía con los horarios y los entrenamientos, jugaba en todas las competiciones y estuvo presente en los cuatro títulos que ganó el equipo en el torneo local y en las tres Copas Libertadores que disputó cuando ella formaba parte del plantel. Por todo esto, tiempo más tarde, Macarena le pediría al club que la reconociera como trabajadora. 

El año 2015, con la manifestación del Ni Una Menos y la masificación del feminismo en Latinoamérica, marca un punto de inflexión en esta historia. “Para el fútbol de las disidencias y diversidades, ese año significó aire fresco.

Pero primero debe pasar lo siguiente. El 5 de enero de 2019, tras siete años de jugar en el UAI Urquiza, el club decide desvincular a Macarena Sánchez del plantel. No hay aviso previo. La delantera recibe la noticia a través de un llamado de su técnico, Germán Portanova, quien actualmente es entrenador de la Selección Argentina. Pocos días antes, la jugadora había tuiteado en sus redes sociales: “Un 2019 nacional, popular, democrático y feminista. Que el fútbol femenino sea profesional y el aborto sea legal, carajo”. No era su primera reivindicación: Macarena ya se había visibilizado como lesbiana, kirchnerista y feminista en otras ocasiones. Todo eso molestó. 

A partir de entonces, comenzó la intimación al club y a la AFA por parte de la jugadora, que contó con el apoyo de un grupo de abogadas feministas. Allí comenzaría su historia como la cara visible en la lucha por la profesionalización del fútbol femenino en el país, que se oficializó el 16 de marzo de 2019. Una de cal y una de arena: ese día se definió un mínimo de 8 futbolistas contratadas por club y un salario de quince mil pesos argentinos (equivalente a un contrato de Primera C masculino). Pronto, las redes y contactos personales de Macarena estallaron de amenazas e insultos. Incluso llegó a recibir una foto de un revólver ensangrentado con el mensaje “Maca, hay muchas personas enojadas por tus denuncias. Hay bastante dinero por tu cabeza, vas a morir muy pronto”. Pero al menos un camino ya estaba abierto: Maca contaba con el apoyo de todas las pibas que la respaldaban tras bambalinas. Así lo cuenta Luciana Bacci, jugadora en la Primera División Femenina de Estudiantes de La Plata que también tuvo su paso por la UAI Urquiza: “Maca puso el cuerpo sola y para ella fue un desgaste mental y físico tremendo. Gracias a ella y a su visibilización me planteé que quizás podría vivir de jugar al fútbol. Ojalá no tenga que haber otra Maca Sánchez, que podamos ser un colectivo que camina y pide lo mismo”. 

Luciana Bacci pateando. (Foto de Matías Missen. Cortesía de Luciana Bacci).

Luciana Bacci es hija de Fernando Bacci, ex jugador de Newell’s Old Boys, el club que vio nacer a Messi, y actualmente entrenador de la Reserva de Defensa y Justicia. De la mano de su padre, conoció el fútbol desde chica. Pero en el colegio Nuestra Señora de los Ángeles, en la ciudad de Rosario, no dejaban a las mujeres practicar este deporte. “Yo jugaba a escondidas y le pedí a papá que me llevara a algún club, pero en mi ciudad no había escuela de fútbol para mujeres. Tampoco mixtas. Por suerte, papá conocía a algunas personas y me aceptaron en el Rowing Club de Rosario”. Luciana Bacci se convirtió en la primera niña en jugar en un club donde todos sus compañeros eran varones.  

Hoy la historia es diferente. Bacci celebra el reciente acuerdo entre la AFA y el Ministerio de Educación para incorporar el fútbol femenino en las clases de educación física de todo el país. Me cuenta la noticia con una sonrisa mientras ceba los primeros mates de la mañana. “Yo crecí sin muchas referentes femeninas. Mi jugador preferido era Zinedine Zidane, me compraba los CDs de compilados de sus jugadas y me pasaba horas mirándolo, porque en esa época no había YouTube”. Poco tiempo después conoció a sus contemporáneas Mapi León de Barcelona, Alex Morgan de Estados Unidos, Julieta Cruz de Boca y Laurita Felipe de River. Entre sus referentes tardías también rescata los nombres de Betty García y Elba Selva. “Da un poco de impotencia que se las conozca tan poco. Creo que les debemos una reparación histórica que ahora se está dando y es nuestro trabajo transmitirlo a las generaciones más chicas”.  

Pero en la empinada escalera hacia la profesionalización del fútbol, hay que subir cada peldaño con esfuerzo. Para Bacci, es urgente que el femenino dé el salto para ser realmente profesional. Que todas las jugadoras tengan un sueldo, una obra social y una jubilación. “Esta profesionalización debe hacerse a nivel estructural. Deberían involucrar la Ley Micaela* en los cuerpos técnicos y en las jugadoras, frenar los casos de abuso sexual, acoso y violencia adentro de los clubes, donde las áreas de género no dan abasto”. 

Pienso en Luky, en los potreros de su infancia y en su mayor deseo: que las escuelitas de formación lleguen a todo el país. Sea como sea, tanto la generación del 80 como la de 2023 sueña con lo mismo: la eliminación de la brecha con el fútbol masculino, la profesionalización estructural y la federalización del fútbol femenino. 

“Quiero ser campeón mundial”: la selección argentina rumbo a la Copa Femenina 2023

Luciana Bacci fue convocada varias veces para jugar en la selección sub-17 y su experiencia no fue del todo positiva. En ese momento, la mayoría de las pibas de la selección venían de Buenos Aires y el ambiente era hostil para quienes llegaban desde otras provincias. Por este motivo, remarca la necesidad de federalizar el fútbol femenino. “Eso fue cambiando. Ahora estamos en un momento súper especial para el seleccionado. Tenemos unas jugadoras con nivel futbolístico impresionante, que se miden contra las mejores del mundo, y lo hacen de la mejor manera. Estoy muy orgullosa de la selección, saben la responsabilidad que conlleva vestir la camiseta del país. Hay que dejarlo todo en la cancha”. 

Para Bacci, es urgente que el femenino dé el salto para ser realmente profesional. Que todas las jugadoras tengan un sueldo, una obra social y una jubilación.

Desde 1991, el año en el que la FIFA comenzó a organizar los Mundiales de fútbol femenino, la Selección Argentina logró clasificar sólo cuatro veces. En 2003 jugó su primera copa en Estados Unidos y perdió todos los partidos que disputó. En 2007 volvió a clasificar para el Mundial de China y la selección quedó última en su grupo, con tres derrotas. En 2019 llegó a Francia, en donde también se quedó afuera en primera fase. Pero ahora, camino a la novena Copa Mundial Femenina 2023 que se disputará en Australia y Nueva Zelanda, la historia parece ser diferente. Lo que separaba a la selección argentina de todos esos equipos contra los que disputó era la profesionalización.  

A esta altura, queda claro que en el fútbol femenino ningún logro se dio sin una lucha previa. En 2017, las futbolistas de la selección decretaron un paro y redactaron una carta en donde dejaban asentado su cansancio. Pedían mejores condiciones de trabajo y alegaban que el pago de viáticos por 150 pesos argentinos por jornada no era suficiente para cubrir sus gastos. Es por eso que, para la mayoría de las jugadoras, su fútbol todavía es semiprofesional. “Hay planteles donde muchas pibas no pueden dedicarse solamente al fútbol, y aún así son atletas de élite”, asegura Luky. “La profesionalización del fútbol nos va a ayudar a llegar ahí porque hay mujeres que ya están comenzando a formarse en lo táctico y en lo físico desde temprana edad”.  

Día en el que fue aprobada la ley para conmemorar el 21 de agosto como el Día de la Futbolista Argentina . (Archivo personal Luky Sandoval).

Ahora, la deuda se empieza a saldar y el disgusto parece haber terminado. La selección femenina salió victoriosa en los tres partidos amistosos que jugó de cara a la Copa Mundial Femenina en Nueva Zelanda que se celebrará en julio de 2023: uno ante Chile (4-0) y dos ante las locales (2-0 y 1-0). Sus camisetas todavía no tienen ninguna estrella bordada. Mientras las jugadoras se preparan para debutar ante Italia el próximo 24 de julio a las 03:00 (hora argentina) en el Eden Park de Auckland, anhelan traer a casa la primera. Sueñan con hacer honor a las pioneras, esas dieciséis argentinas que viajaron a México en el 71 sin botines ni director técnico. Las que con sus propias manos desmalezaron el campo de juego, abriendo camino a las que vendrían después. Las mismas que, tras ser las primeras en vencer a la selección inglesa en un Mundial de Fútbol, regresaron a un país que tardó medio siglo en reconocerlas. Si no es hoy, ¿cuándo? 

La ilusión sigue, más intacta que nunca. 

 

*La Ley Micaela fue promulgada el 10 de enero de 2019 en Argentina. Establece la capacitación obligatoria en género y violencia de género para todas las personas que se desempeñan en la función pública, en los poderes Ejecutivo, Legislativo y Judicial de la Nación. Se llama así en conmemoración de Micaela García, una joven entrerriana de 21 años, militante del Movimiento Evita, que fue víctima de feminicidio en manos de Sebastián Wagner.



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