Relatto | El cuento de la realidad

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La noche que David Bowie murió me encontraba en Nueva York. Mi último día de trabajo en una representación diplomática en Lima luego de tres años había sido el 31 de diciembre de 2015, y había decidido que enero de 2016 sería de pausa para evaluar mi siguiente movida. Svetlana, gran amiga ucraniana a quien había conocido años antes cuando hice una maestría en periodismo, me hospedó en su pequeño, moderno departamento en Brooklyn en el cual vivía mientras trabajaba en Vice. Aún era soltera, recién conocía a su futuro esposo, no tenía un hijo, no se había mudado a su departamento actual. 

Yo había empezado una colección de discos de vinilo años antes y en las semanas previas al viaje me había excedido en eBay. Encontré varias joyas a buen precio –primeras ediciones del Pet Sounds de Beach Boys, el Heroes de Bowie, varios más– y las fui enviando de antemano al departamento de mi amiga cosa que, al llegar a Estados Unidos, Svetlana me quería matar por la ruma de álbumes que crecía y crecía en su pequeña sala que era a la vez el dormitorio. Una noticia adicional me había entusiasmado en diciembre: David Bowie lanzaría su nuevo álbum Blackstar el 8 de enero haciéndolo coincidir con su cumpleaños 69 y la preventa ya estaba abierta en Amazon. Pagué sin pensarlo mucho y lo envié donde Svetlana. 

Sandro Mairata caminando por Nueva York, con su copia del álbum Heroes en las manos.

La misma noche del cumpleaños de Bowie, dos días antes de su muerte, fuimos a Panca, un restaurante peruano del bajo Manhattan donde alguna vez fui comensal habitual. Leslie, periodista económica del Wall Street Journal que ama el Perú, nos acompañaba a Svetlana y a mí; en un momento me distraje cuando la notificación de Amazon me avisó que el Blackstar ya me esperaba en el depa. Una notificación extra me avisó de un artículo sobre el álbum y ya que nadie hablaba conmigo en ese instante me perdí un poco leyendo el celular. Revisé algo que había leído previamente: Bowie había visto una banda de jazz en un club de Manhattan y se animó a convocar a sus músicos para grabar el elepé que esa misma noche, 8 de enero de 2016, me estaba esperando en Brooklyn. 

“¿Qué club habrá sido?”, pensé. Busqué el dato y lo encontré: “una noche de domingo en la primavera de 2014, David Bowie ingresó al 55 Bar, un espacio de jazz de 96 años de existencia escondido en un tranquila calle adyacente en el West Village de Nueva York”, decía Rolling Stone. De inmediato busqué el 55 Bar en Google Maps.

Estaba a solo una cuadra de distancia de nosotros. 

55 Bar, un espacio de jazz de 96 años de existencia escondido en un tranquila calle adyacente en el West Village de Nueva York.

***

David Bowie murió de cáncer al hígado el 10 de enero de 2016. Este año hubiera cumplido 75 años. Blackstar, su álbum número 26, fue grabado en secreto con su compinche de siempre en la producción, Tony Visconti, y el austero cuarteto de músicos que conoció en Manhattan: Donny McCaslin, Jaron Lindner, Tim Lefebvre y Mark Guiliana. Desde el inicio de los ensayos, Bowie le confió a un círculo, que incluía a su nueva banda, la realidad de que le quedaba poco tiempo de vida, un dato que influyó en el tono de todo lo que saldría de estas sesiones. 

Bowie había visto una banda de jazz en un club de Manhattan y se animó a convocar a sus músicos para grabar el elepé que esa misma noche, 8 de enero de 2016, me estaba esperando en Brooklyn. 

Bowie grabó las canciones rehaciendo algunas ideas previas e improvisando otras bajo la premisa granítica de “evitar el rocanrol”. El resultado fue un disco experimental de jazz y rock con letras que encaraban la inminencia de su deceso. La atmósfera se inspiró en álbumes como To Pimp A Butterfly de Kendrick Lamar y Black Messiah de D’Angelo, ambos artistas de hip hop y R&B. Bowie se dio tiempo para grabar un par de videos promocionales, incluso uno como “Lazarus”, donde el otrora Duque Blanco yacía en un lecho de muerte, resistiéndose a dejar la vida pero confiado en volver desde el más allá.

Aquella noche de Panca pensé realmente en encontrarme a David Bowie en el 55 Bar. Estaba seguro de que si lanzaba su nuevo álbum en Manhattan, en el día de su cumpleaños, estaría quizá celebrando allí la doble ocasión. Me imaginaba llegando y colándome con Svetlana a una celebración donde estarían Iman, su impresionante mujer, y su gran amigo Iggy Pop, otro gigante, quizá con alguna otra celebridad como Madonna. Tenía en la cabeza esas fotos en blanco y negro de los setentas, de noches de excesos y fiesta interminable. Me hacía falta una de esas noches. En mayo de 2015 una arritmia me mandó a cuidados intensivos y desde entonces no tomaba alcohol ni café, no fumaba. Una “noche Bowie” no me vendría nada mal ahora que ya me sentía de nuevo parte del mundo.

Me imaginaba llegando y colándome con Svetlana a una celebración donde estarían Iman, su impresionante mujer, y su gran amigo Iggy Pop, otro gigante, quizá con alguna otra celebridad como Madonna.

En el 55 Bar no había nada. No había tal celebración. No estaba Bowie, no estaba Mick Jagger, no estaba Iggy Pop. Pregunté si alguien sabía de la banda de jazz y el lanzamiento de Blackstar pero recibí respuestas crípticas y la verdad, a pocos de los allí presentes les interesaba. Leslie no era fan y se despidió en el frontis de Panca después de tomarse una foto con nosotros y Svetlana se largó a dormir luego de tomarme otra foto en la puerta del bar. 

***

—Sandro, Bowie ha muerto.

Eran las 2:45 a.m. del 10 de enero de 2016. No tengo recuerdos de qué hice durante el día, pero aquella noche se estiró conmigo sentado en la mesa hablando por videollamada con mi chica de entonces y Svetlana sentada en su cama, revisando Internet. 

—¿Qué?   —le respondí, incrédulo. ¿Bowie ha muerto? Todo se detuvo.

—David Bowie, acaba de morir, lo estoy viendo en las noticias   —replicó Svetlana.

Mi reacción inmediata fue rebuscar la Web. No podía creerlo, no podía creerlo. Por eso recuerdo hasta hoy la hora exacta en que supe lo de Bowie, veo las fechas de las frenéticas capturas de pantalla que hice aquella madrugada, me di cuenta de que estaba ocurriendo un hecho histórico, David Bowie abandonaba la Tierra. The Huffington Post tuvo el mejor titular: “BOWIE DEAD”, no necesitaba decir “David Bowie”, solo había uno. CNN fue sucinto: “DAVID BOWIE DIES AT 69”. The New York Times siguió su estilo propio: “David Bowie, Legendary Musician, Has Died”. The Guardian transpiró su flema inglesa: “David Bowie dies at the age of 69”. 

Es cierto, “Bowie” ni siquiera era el apellido real de David Jones. Nació en Brixton, amó la música desde niño. Su instrumento favorito fue el saxofón, que siempre buscó pretextos para tocar –su presentación en el Tributo a Freddie Mercury en 1992 incluyó una versión de “All The Young Dudes” donde acompañó a Mott The Hopple con su saxo–. Tuvo amoríos no comprobados con hombres y mujeres, pero en sus últimas décadas de vida su único amor fue la modelo somalí-estadounidense Imán. Angie Bowie, su esposa anterior, un poco cayó en el olvido. Convertido en David Bowie, a inicios de los setenta descendió como un alienígena sexual de género indefinible. Fue Ziggy Stardust y fue el Duque Blanco. Las drogas se intoxicaron con él. En los ochentas tuvo su era más pop con álbumes que después le dieron vergüenza. A su paso por la música, influenció a tantos grandes como Madonna, Nirvana o Lady Gaga. Lorde sonrió emocionada y conmovida en una foto que circuló por ahí. Y Trent Reznor, el genio de la banda Nine Inch Nails, se cobijó en él por buena parte de los noventas. Fue actor, fue creador. 

Y fue un ser humano, inclusive de viejo, guapísimo.


The Huffington Post tuvo el mejor titular: “BOWIE DEAD”, no necesitaba decir “David Bowie”, solo había uno.

***

—¿Qué?   —le respondí, incrédulo. ¿Bowie ha muerto? Todo se detuvo.

De forma oficial, el lunes 11 de enero tenía una cita en Connecticut por una historia que andaba siguiendo, a las 11 a.m. Llamé para excusarme, iría por la tarde. Primero quería dejar unas flores en el edificio de Bowie. 

Lafayette 285 era la dirección. Primero fui a la mitad de Manhattan para recoger el coche alquilado, en el camino compré unas flores. Vi gente con camisetas de Bowie, vi algunos Ziggy Stardust acongojados, algunos neoyorquinos llorando por el ídolo que dejaba este mundo. No, no había muerto. Solo se iba de aquí. Le tomé una foto a una chica que se había pintado el rayo de la portada del Aladdin Sane en el rostro (y que Lady Gaga tomó prestado como símbolo de su primer elepé), para luego manejar a toda prisa hacia la parte baja de la isla, cerca del West Village, cerca de SoHo, cerca de Panca y del 55 Bar. 

Flores en la Lafayette 285, la direccion del edificio de Bowie en Nueva York.

En el camino me llamaron los amigos “murió Bowie, ¡murió Bowie!” Dos de los más afectados eran Patricia, compañera periodista, y Andrés, un gran amigo del mundo de los vinilos. Ambos por separado coincidieron en pedirme el mismo favor: “déjale flores por mí”. Llevé el Heroes de primera edición recién comprado en eBay. Estuve a punto de dejarlo en la puerta del edificio junto a otras ofrendas del pequeño altar de flores improvisado por los fans pero no sé por qué no lo hice. La prensa, los fans, el tumulto, la gente cantando. Todo daba vueltas en esa calle amplia, iluminada por el sol pero fría como cualquier enero en Nueva York. 

Improvisé unos letreros y con una cinta adhesiva los fijé al piso. Eran nuestros tres nombres cada uno en un papel, más una nota que decía así:

David:

Eras único. El mundo se queda vacío sin tu presencia pero se queda lleno de tu música.

Patricia Caycho – Perú Sandro Mairata-Perú Andrés Tapia-Perú

"Improvisé unos letreros y con una cinta adhesiva los fijé al piso. Eran nuestros tres nombres cada uno en un papel".

Esos días se impregnaron en mi memoria, me dejaron mucho para pensar. Años después viviría en Washington, DC, y cada vez que manejaba por la carretera sonreía al cruzar Bowie, una ciudad de Maryland que nunca me animé a visitar. A la cita en Connecticut de aquél día llegué tarde, tardísimo y tuvieron la paciencia de atenderme igual. 

Había valido la pena.  

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