Relatto | El cuento de la realidad

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El living es una ordenada combinación de objetos celestes y blancos matizados con otros de tonos verde militar. Fotos amuradas que entremezclan pelotas con un fusil, zapatillas de futsal con borceguíes de regimiento y formaciones de casacas albicelestes con alineaciones castrenses. Se ven medallas deportivas de campeonatos ganados, junto a plaquetas de bronce que resaltan el nombre del combatiente de Malvinas. Todo está conjugado en la antesala de una casa con aroma a fútbol y heroísmo.

Es domingo 5 de marzo de 2023 en Comodoro Rivadavia, una ciudad que disfruta de los últimos suspiros del verano. Son muy contadas las ocasiones en las que el termómetro supera los 30 grados. La Patagonia argentina se resiste y pretende abrazar los coletazos del suave calorcito sureño. Aún más en Comodoro, un balcón chubutense que recibe a las olas del océano Atlántico.

Gloria Edith Mansilla extiende sobre la mesa carpetas con recortes de diarios, álbumes de fotos, diplomas y un cuaderno naranja —de la marca "Gloria"— que repasa hoja por hoja. Siente que esa letra cursiva toma vida, tiene voz. Y lee. 

"Sarmiento. Jueves 1 de abril de 1982: A la mañana, apenas nos levantamos, nos dicen que vamos a salir, pero nadie sabe adónde. Parece Instrucción, pero a eso de las 10 llegan los soldados Clase ‘62. Después se supo que vamos a salir en colectivos de Don Otto y Trevisán para que la gente no se alarme al ver los camiones y colectivos militares. Comimos a las 5 de la tarde y salimos a las 7 del Regimiento sin saber el destino. Cortamos por un camino diferente para no alarmar a la gente. Todo por tierra, hasta que nos dimos cuenta de que nos llevaban al aeropuerto de Comodoro. Antes, pasamos por el Regimiento 8 de Infantería. Llegamos a las 11 de la noche. Nos dan mate cocido y dos panes. En la radio, alcanzamos a escuchar noticias sobre las Islas Malvinas. En el Regimiento no dormimos nada porque nos dicen que estamos en alerta. Tenemos que salir en el Hércules a las 3 de la mañana pero todo se demora porque hay neblina". 

Gloria tiembla. Le pasa cada vez que lee aquel cuaderno donde Edulio "Pirulo" Barría, soldado clase 1963, transcribió las hojas sueltas que había redactado desprolijamente en el día a día de la Gesta de Malvinas. 

Mientras repasa las hojas finitas, Gloria rememora los gestos corporales de Pirulo y en sus oídos retumba el tono de voz del Veterano de Guerra. Sabe que bajará alguna lágrima desde la mirada nublada con la que distingue entre innumerables recortes y diplomas, el nombre del ser que más amó y ama en esta tierra. La acompaña un termo y un mate de colores albicelestes con las Islas Malvinas como epicentro.

Ya pasaron casi dos horas desde que navega en el "Mundo de Pirulo", como le gusta calificarlo. No le parece tanto. De fondo se escucha el tema gapulero Helpless de The Flirts que buscó en Youtube en el Smart TV. Cierra los ojos y recuerda esa noche en Sortilege, el boliche comodorense de los '80. Ese sábado de 1984 en que Pirulo le propuso bailar. Ella y sus 17 años dijeron que no, pero sólo para que él insistiera. Pero el pibe de 20 siempre fue extremadamente tímido, dio la vuelta y se fue.

Gloria abre los ojos. Le encantaría que Pirulo apareciera por el pasillo y asomara con la gorrita de Malvinas. Que surgiera de golpe, como en esa segunda chance de invitación a bailar en el mismo "Sorty". Entonces vestía pantalón blanco y zapatillas Topper azules. Le respondió que sí enseguida. 

Sigue avanzando el compilado ochentoso de Youtube. "Es Boys, de Sabrina", susurra para sí misma. También lo bailaron esa noche que se hizo tan fantástica como inolvidable, porque después, el muchachito quiso acompañarla hasta su casa del Barrio Pietrobelli. Caminaron las dieciséis cuadras desde el centro de la ciudad, subiendo la empinada Avenida Rivadavia. Gloria sonríe —aún con los ojos cerrados— y recuerda que esa única vez no le costó nada treparla. Se levanta para renovar la yerba del mate y, con el control, aumenta el volumen del Smart TV.

"Islas Malvinas. Viernes 2 de abril de 1982. Son las 4 de la mañana, nos volvieron a dar mate cocido. Dicen que nos llevan a las Islas Malvinas. A las 6 vamos en los camiones verdes al aeropuerto. A las 7 salimos en el Hércules para las Malvinas. Durante el viaje hablamos con los otros soldados sobre qué podría pasar cuando lleguemos. Yo pensaba que si volvíamos antes del 13 de mayo, podía festejar mis 19 años con los viejos. Aterrizamos en las Malvinas a las 9.45, vemos muchos helicópteros y mirando al mar, tres buques de guerra. La bandera argentina ya está izada en el aeropuerto. Está todo muy sereno y calmo. Hace muchísimo frío. Los superiores se fotografían con la bandera inglesa que sacaron del mástil principal. Todos los carteles están en inglés. Nos dicen que la población queda a 2 kilómetros del aeropuerto. Almorzamos y descansamos un poco. A las 2 de la tarde salimos caminando para el pueblo, buscamos galpones para dormir. Algunos ingleses se asustan y se van de las casas hacia otro lado. Nosotros no les hacemos ni decimos nada malo. Somos 18 soldados y 3 oficiales en un galpón, nos acomodamos y comemos paté de foie con pan. Ya son las 9 de la noche. Hace frío. Me tocó la guardia de 00.20 a 3.20 de la madrugada". 

Gloria levanta la vista después de leer "madrugada". La palabra repiquetea en la sien izquierda. Viaja hasta el amanecer cálido del 1 de enero de 1984. Salida del baile de Año Nuevo. Pirulo la llevaba de la cintura por las calles del barrio La Floresta y de pronto se escuchó muy fuerte el estampido de un petardo. Ella notó que se sobresaltó más de lo normal. "Yo estuve en la Guerra de Malvinas". Gloria primero creyó que se trataba de una broma. De las típicas y ocurrentes que Pirulo soltaba de vez en cuando. Ya atesoraban 5 meses de noviazgo, iba interpretando cada vez mejor sus matices. Por eso, enseguida se dió cuenta de que le temblaba la voz y también el cuerpo. "No hablo con nadie de esto, perdoname", dijo, y enseguida le preguntó si el sábado a la noche podía ir a ver el partido de fútbol de salón. "Jugamos en el Domingo Savio", completó para invitarla y —especialmente— para tapar las frases anteriores. 

El fútbol, piensa Gloria. Y se le viene otra frase que él le dijo entonces: "mirá, vamos lindo, me gusta estar con vos. Lo único que te pido es que nunca me jodas con el fútbol. Es lo que más me gusta jugar. Y si te da para acompañarme, sería buenísimo". Gloria se da cuenta —en este preciso momento— de que por Pirulo conoció casi todos los gimnasios de fútbol de salón de Comodoro Rivadavia. También canchas de la Liga de Barrios cuando el novio se convirtió en esposo y jugó en Oro Negro, y más acá en el tiempo con los veteranos de Puerto Argentino. Sonríe cuando se ve cambiando pañales de sus hijos en las canchas, arriba del capot de algún auto. Juntos, vivieron enormes alegrías con la pelota. Goles, vueltas olímpicas, cenas de campeones… El ringtone del teléfono celular la regresa. Pero la pantalla dice “número desconocido”. El mate se volvió a enfriar. 

“Islas Malvinas. Domingo 25 de abril de 1982. Nos levantamos a las 7.30 de la mañana. Desayunamos una taza de leche fría. Hacemos formación y cantamos la canción “Aurora”. El Mayor habla fuerte, retando a un grupo de soldados, diciendo que habían robado en la casa de un habitante de Malvinas. Que los iban a expulsar de las Islas si volvían a desobedecer las órdenes del Teniente Coronel. Después nos hacen lavar las camperas con el agua del mar. Terminamos y nos ordenaron seguir cavando los “pozos de zorro” para hacer las guardias cerca de la costa. Almorzamos un guiso de porotos con un pedazo de pan. Descansamos hasta las tres y seguimos trabajando para acomodar “las posiciones de guardia”. A las 8 era la cena, pero no comí porque me dijeron que vaya a buscar un bolso a la casa de un teniente primero. Cuando volví no había comida. Nos ordenaron dormir en las posiciones. Recé y me dormí a las 10, arriba de una caja de madera que tenía municiones. Hacía mucho frío. Me puse a pensar hasta cuándo vamos a estar en las Islas, porque se viene mi cumpleaños”. 

Asoma desde un álbum la foto de un cordero plantado a la llama, con Pirulo y dos amigos alrededor del fuego. Gloria rememora lo que decía su compañero de vida cuando dejaba las costillas totalmente blancas, sin restos de carne: “Si pasás hambre, aprendés a no desperdiciar la comida”. De esa manera les hablaba de vez en cuando a sus hijos Jorge y Javier. Siempre acompañaron al “Papá-Héroe” en las marchas de las antorchas y en la vigilia del 2 de Abril. Gloria y Pirulo les inculcaron el sentimiento albiceleste desde la cuna. Son la extensión de una “malvinización” de muchos hijos de combatientes que tomaron la causa —en algunos casos— con mayor fortaleza que sus propios padres. 

“Islas Malvinas. Jueves 6 de mayo de 1982. Amanecí haciendo guardia. Bailaron a un soldado porque lo encontraron durmiendo en el pozo de zorro. Otro se había pegado un tiro en la mano limpiando un fusil. Le amputaron tres dedos de la mano. Nos dieron para almorzar una sopa con fideos y cinco galletitas. El soldado que se había dormido en la guardia fue castigado con el calabozo de campaña. Queda acostado en el piso y arriba le ponen el paño de la carpa con estacas. No debe salir de ahí hasta que cumpla con el castigo. Llegan soldados desde el pueblo y dicen que todo se arregló con los ingleses. Me puse contento porque seguro nos volvemos. Limpié con ganas mi pozo. A la tarde hicimos fuego porque hacía mucho frío. Fuimos para la playa después de que bajó la marea y juntamos sombreritos para hervir en una lata. Más tarde llega a la posición otro soldado y dice que escuchó que no se arregló nada y que los ingleses vienen a Malvinas. Se hizo de noche a las seis. El soldado que estaba abajo del paño gritaba y lloraba. Lo soltaron a las ocho. Recé y me acomodé para dormir”.

El sol entra con fuerza por el ventanal. Casi siempre hace calor cuando se está yendo el verano. El reflejo de los rayos en las fotos y recortes provoca un estado de paz que se potencia porque el Smart TV quedó en silencio, preguntando en pantalla si se desea continuar. Gloria prefiere ese espacio de tranquilidad y no toca el control remoto. Toma ese momento como aquellas tardes de domingo, con Pirulo en la cancha y ella preparando algo dulce para los mates de las seis. Le gustaría pedirle a Dios que le permitiese estar diez minutitos con él, le prometería que nadie se enteraría si lo deja compartir ese ratito de mates. Está sola, podría cerrar bien las cortinas y asegurar las puertas con llave. Si Él quiere, podrían ser menos de diez minutos, sólo cinco, dos… treinta segundos. Sólo desea darle un abrazo. La lágrima cae en el cuaderno y agranda la tinta de un par de palabras.  

“Islas Malvinas. Domingo 9 de mayo de 1982. Me desperté por el grito de un soldado que preguntaba si alguien tenía cigarrillos. Son las 6 de la mañana. Desayunamos una taza de leche con dos pedazos de pan. Apareció un soldado con cartas que llegaron de Comodoro. Eran de alumnos de la primaria que nos escribían a los soldados. Me dieron cuatro, las leí y las guardé. Me gustó mucho leerlas. Le escribí una carta a mi mamá y otra a mi tía. Un teniente nos dijo al mediodía que hay que estar alertas porque podrían desembarcar ingleses. Al mediodía comimos polenta. Dormí una hora en la tarde y luego fuimos a bañarnos al pueblo. No alcanzó el agua caliente y me bañé con agua fría. Volvimos a la posición. Otra vez el pozo tenía agua. Saqué todo con una lata”. 

La carta de Mercedes, piensa Gloria. Va hasta el cajón de una cómoda y regresa a la mesa con una pila de sobres de cartas, apretada con un cordón de zapatillas. Busca la que escribió Mercedes Soto y que Pirulo recibió en el pozo de zorro, durante la guerra. Revisa en la carpeta de los recortes de diarios y encuentra la nota de Crónica, cuando en abril de 2006 el diario reunió a Mercedes y Pirulo, 24 años después de que aquella nena de séptimo grado le escribiera a un soldado de Malvinas. Ese día —recuerda Gloria— fue muy especial para su Piru, estuvo nervioso toda la mañana. En el momento del encuentro entre la niña y el soldado de 1982, ambos lloraron. Mercedes ya era docente. Esa nota Pirulo la releía cuando empezaba cada abril.

 “Islas Malvinas. Jueves 13 de mayo de 1982. Me desperté sabiendo que era mi cumpleaños (19). Nos dieron mate cocido y pan. Toda la mañana estuve en la posición. El soldado con el que compartía el pozo de zorro fue a buscar la comida, mientras yo sacaba el agua surgente del pozo. Nos tocó guiso de fideos. Cayó una lluvia muy fría con mucho viento. A la tarde tomamos mate con mi compañero. No le dije que era mi cumpleaños, pensaba en mi mamá que siempre me hacía una torta y algo dulce. Para este cumpleaños yo quería la camiseta de Boca. Llueve finito pero no para. Sentí mucho frío en los pies porque el agua se congela. Me duele mucho el pie izquierdo. Me saqué el borceguí, la media está húmeda y helada. Masajeé un poco el pie pero no se me pasó el dolor. Me dormí pensando en mi mamá, que capaz me quería dar un beso por mi cumpleaños”. 

Gloria siempre tomó ese 13 de mayo como un desafío. Festejar el cumple de Pirulo fue rodearlo de sus amigos. De los del fútbol de salón como el “Negro”, Eliberto Urra, de los veteranos de Puerto Argentino como el “Borrachito”, José Argel, de su técnico más apreciado, Miguel Schlebusch. Ver la felicidad de “su héroe” compartiendo de ese modo se convertía en la contracara del 13 de mayo del ’82, cuando sopló la punta del fusil, aparentando una vela gigante, metido en el pozo de zorro, con lluvia y viento frío. Y el dolor en el pie izquierdo. 

“Islas Malvinas. Viernes 21 de mayo de 1982. Me tocó guardia hasta las 5 de la madrugada. La noche está fría y con luna. Se ve como si fuera de día. Desde el mar se escuchan bombazos y pasan aviones argentinos. Se notan ráfagas de proyectiles. Cayó una bomba cerca de la posición pero no hirió a nadie. Un soldado llegó corriendo y dijo que del otro lado de la loma dos bombas hirieron a varios soldados. A los gritos, los oficiales nos dicen que hay que defender la Patria, que hay que ser valientes y bien argentinos. Putea a los ingleses. Hace mucho frío pero yo tengo calor. Mi pozo está con mucha agua que se congela. Trato de pensar en otra cosa. Elijo el fútbol. Acá una sola vez jugamos y fue en el pueblo, pero con los borceguíes es muy feo”. 

Gloria tiene en sus manos la foto de la Selección Argentina de fútbol de salón que terminó como campeona mundial en 1994. Con la yema del dedo índice de la mano derecha acaricia el rostro de Pirulo. Dice que cuando lo convocaron, él no quería ir a la concentración de entrenamientos de la Selección en Buenos Aires, porque si faltaba al trabajo en la empresa textil Guilford, no sólo iba a perder el salario, sino que hasta podrían despedirlo. Ella lo convenció porque desde que el entrenador Luis Del Ré se fijó en la manera de jugar del pivot comodorense, llamaba seguido al Sur. Lo quería en la Selección. Gloria también.

“Islas Malvinas. Domingo 23 de mayo de 1982. Casi no dormimos el día anterior y en la noche teníamos que seguir despiertos. A las 8 de la mañana se dejaron de escuchar ruidos de bombas. Primero durmió una hora mi compañero del pozo de zorro y después me tocó a mí. Me despertó el ruido de un bombazo, pero cayó lejos de la posición. Comimos una polenta tibia con pan. Después estuvimos el resto del día parados en el pozo de zorro. Estaba helando porque se congelaba el agua y el barro. Se me hinchó el pie izquierdo”.

 Gloria siente un cosquilleo en la pierna izquierda que no hace otra cosa que acercarle golazos de zurda y asistencias de “rabonas” que Pirulo ya tenía patentadas. Él se moría por estar en la Selección Argentina, pero era más importante que a su familia no le faltara nada. Afortunadamente, el presidente de la Asociación de Fútbol de Salón de Comodoro, Dr. Ferreyra de las Casas, habló con directivos de Guilford por el permiso. También se encargó del salario en ese mes de estadía en Buenos Aires con la Selección. Y allá fue, a cumplir el sueño del pibe. 

“Islas Malvinas. Lunes 24 de mayo de 1982. Llovió un poquito a la madrugada, pero después salió el sol. Con mi compañero tomamos leche fría y dos galletitas Express que quedaron de un desayuno anterior. Como me dolía mucho el pie, mi compañero llamó a un sargento. Entre los dos me ayudaron a salir del pozo de zorro, pero no pudieron sacarme el borceguí. Me subieron a un camión que me llevó al hospital del pueblo. Me pusieron en una camilla y apareció un capitán para hablar con el médico que le dijo que si no viajaba a Comodoro ese día, me iban a amputar. Me llevaron a una sala en la que estaban otros soldados heridos. Pensé en mi mamá y en mi papá que quería que juegue en Huracán”.

 A Gloria se le presenta la imagen del Club Huergo repleto durante ese Mundial, con Pirulo y Rigoberto Cárcamo —otro comodorense— en el equipo. Después de la preparación en Buenos Aires, los partidos se jugaron en Comodoro. Argentina le ganó a Uruguay (2-0), República Checa (2-0) con un gol de Pirulo, y Portugal (1-0). Luego, la final frente a Colombia, que ganaron 2-1, se jugó en Posadas. Al muchachito al que doce años atrás estuvieron a punto de cortarle un pie, ahora le entregaban la medalla de campeón mundial de fútbol de salón. En la premiación, Pirulo cantó el himno tan fuerte como en aquel 2 de abril, en Malvinas. 

“Islas Malvinas. Martes 25 de mayo de 1982. El Hércules salió a las 2 de la mañana. Llegamos con otros cuatro soldados a las 5, y a las 6 ya estábamos en el Regimiento de Comodoro. Nos recibieron bien. Tres mujeres nos dieron café con leche y pan con salame y queso. También nos dieron tres pandulces. Nos pidieron los datos y después nos llevaron al Hospital Regional. Di la dirección de mi casa para que avisen a mis padres. A eso de las 8 de la noche llegaron los dos. Mi mamá pasó y me dio un abrazo llorando. Después, me destapó y empezó a acariciarme el pie izquierdo. ¡Qué alegría!”. 

Gloria cierra el cuaderno naranja y mira el reloj. Es hora de visitar a Pirulo. Levanta de la mesa un ramito de flores lilas que cortó del cantero. Aborrece la palabra “súbita”, porque no le dio revancha cuando su héroe estaba en la cancha aquel 5 de diciembre de 2020. Se cumplen dos años y tres meses. Igual sabe y siente que no está sola. Se da cuenta cuando en la calle la saludan como si Pirulo caminara a su derecha. Se inunda de orgullo por eso. Respira profundo y antes de salir acomoda la gorrita azul de Malvinas que está sobre el modular.

 El picaporte no funciona bien. En el tercer intento, Gloria cierra la puerta con mucha fuerza. Avanza tres pasos y se da cuenta de que no lleva el Rosario para rezar. Vuelve. Al ingresar nota que la pelota de futsal que estaba en una repisa había caído sobre un sillón individual en el que dejó el álbum de fotos abierto. En la imagen está Pirulo gritando el gol que marcó con la Selección Argentina.

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