Relatto | El cuento de la realidad

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Juan, mono capuchino o caí o manicero, Sapajus apella, astronauta argentino. Tripulante único del cohete sonda Canopus II. A quien le faltaron cinco pal peso y estuvo a quince kilómetros de la línea de Kármán, límite entre atmósfera y espacio exterior. Juan, el monito sedado por ingenieros y entregado a la ciencia. Sucesor del ratón Belisario, primer tripulante no humano del país del eternauta Juan Salvo. Juan, cosmonauta peludo, sobrevoló por quince minutos las cabezas de todos nosotros, monos terrestres. Juan, que navegó la mesosfera y no lo pudo contar.

Antes de él hubo otros. Ratones y perros; macacos, monos ardilla; una gata, tortugas y arañas; conejos y peces. Algunos volvieron, otros en cambio lo hicieron en forma de estampas y sellos o como memoriales de piedra. Laika, la más famosa entre todos, tiene su estatua en Moscú. Perra soviética, primer ser viviente en orbitar el planeta y patrona de cualquier animal astronauta, no volvió más. En 1957, la Sputnik II orbita la Tierra en 2570 ocasiones. Dentro de la nave, el cuerpo de Laika, muerta cuatro días después de su arribo al espacio. Hay que saber que todo animal astronauta atraviesa la exosfera para allanar el camino, para que después vayamos nosotros. Imaginémoslo a Yahvé colocando primero dos ratas en el jardín del Edén, comprobando de esa manera lo que podría pasar con Eva y Adán. 

Juan convierte a la Argentina en el cuarto país en enviar a un animal hasta aquellas alturas y traerlo con vida. La cápsula del Canopus II cae en una salina riojana llamada La Antigua. Amanecer, el nombre de la cápsula, es una ojiva que no explota. En los años sesenta los cohetes pueden ser lanzados sin la intención de alcanzar un objetivo militar, pero ya iremos a eso. En el interior el monito sonso y aturdido, por lo menos sano y salvo. Quizá viendo a aquellos tipos que tiene enfrente como alienígenas y a la salina como a un escenario de otro planeta. O quizá no. Tal vez los animales ven en las personas marcianos, lo que es una afirmación de incomprobable obviedad. Lo cierto es que su vuelta confirma el éxito del Proyecto BIO para enviar y traer seres con vida que tripulan cohetes. Ochenta y dos kilómetros es la altura alcanzada por el cosmonauta de treinta centímetros. Después del 23 de diciembre de 1969, Juan no será más un mono común. 

En el interior el monito sonso y aturdido, por lo menos sano y salvo. Quizá viendo a aquellos tipos que tiene enfrente como alienígenas y a la salina como a un escenario de otro planeta.

Sapajus apella, de la familia de los capuchinos y esparcido entre el centro y el sur de la América, de distribución más extensa sobre otros primates neotropicales. Mono de cabeza dura o mono maicero, capuchino crestado, mono cornudo, son algunos de los nombres que tiene. A los suyos les gustan las lagartijas e insectos, las frutas y semillas, pero también los huevos de aves. Y cuando no son cazadores, sino presas, huyen del águila arpía, de jaguares, de tigrillos y también de las boas. De cola prensil e inquietos, capaces de levantarse en dos patas, aunque prefieren usar las cuatro. Los suyos pueden llegar a medir hasta el medio metro. De seguro es su peinado, como simulando un corte de pelos parados con una peineta, su cualidad más canchera. Nuestro primate en las estrellas fue capturado en la provincia de Misiones por hombres de la Gendarmería Argentina. Para la captura de Sapajus apella, Néstor Varela, experto en la especie de la Universidad Nacional en Colombia, recomienda arrojar una manta gruesa sobre su cuerpo, después sujetarlo con guantes de cuero y por las extremidades superiores e inferiores. Por arriba como a quien le esposan las manos hacia atrás; por debajo, juntando las patas, como quien agarra la parte inferior de un arco de tiro. Hay que tener cuidado con la mordida del mono maicero, que puede desgarrar de lo dolorosa y profunda. Lo más recomendable es que Sapajus apella esté restringido antes de su manipulación. Se le puede sedar con un anestésico que le disocia, como el clorhidrato de ketamina y que puede aplicarse intramuscular o intravenosa. Para la sedación del Sapajus también se usa diazepam y acepromacina. A Juan, por ejemplo, se le aplica un analgésico y un neuroléptico: no estaría dormido, pero sí incapacitado para reaccionar a cualquier estímulo externo. Fue llevado al zoológico de Córdoba junto a otros tres de su especie en los primeros meses del año 1969, mismo de la llegada del hombre a la Luna por medio de la misión Apolo 11, el 16 de julio. Juan fue sometido a pruebas de ruido, de vibración y centrífuga. Tan manso era, que terminó por quedarse con el puesto para tripulante del Canopus II. Aunque de aquellos tres como él, otros dos serían sus pilotos de prueba. El último en cambio era agresivo, tal vez desconfiado y con mucha razón, fue devuelto a la selva. Volvió a sus preocupaciones normales por aparearse y comer. 

Personal de la Fuerza Aérea Argentina preparando al mono Juan para el lanzamiento del cohete Canopus II / Cortesía Museo Universitario de Tecnología Aeroespacial (Córdoba, Argentina).

Aunque ya se dijo antes, fue el ratón Belisario el primero de los animales que la Comisión Nacional de Investigaciones Espaciales (CNIE) y el Instituto de Investigaciones Aeronáuticas y Espaciales (IIAE), pondrían dentro de un cohete. Belisario, el Yury Gagarin del Proyecto BIO I, fue antecedido por otros de los suyos. Entre ellos Alejo, Aurelio, Anastasio, Braulio y Benito hasta llegar al mismo Belisario. Así como los que vinieron después: Caledonio, Cipriano y Coco. De todos ellos, el suyo fue el primer lanzamiento exitoso. Belisario, la rata Wistar de pelaje blanco, la Rattus norvegicus, que voló hasta los dos mil trescientos metros de altura y volvió con ocho gramos menos de peso, y que tampoco pudo contarlo. Ocurrió el 11 de abril de 1967 y como anécdota queda la de Caledonio, que un mes después murió cuando su paracaídas se enredó en el motor y lo llevó a caer sin resistencia a la tierra. Finalizaba así el BIO I y comenzaba BIO II. El de las ratas Dalila y Eulalia, también el de Juan. La primera volaría hasta los quince, pero la segunda hasta los treinta y cinco kilómetros de altura. Las dos dentro de un modelo de cohete que se llamó Orion II. 

Los efectos de la radiación cósmica o el latido del corazón y el miedo a que se detenga en la gravedad cero. Tales son algunos de los miedos y preguntas que llevan al ser humano en la cuarta y quinta década del siglo pasado a exponer otros cuerpos antes que el propio. Incluso los que poco tienen que ver con nosotros. Como las moscas de la fruta, metidas en un cohete V-2, robado por los norteamericanos a los nazis. Fue en 1947 cuando las moscas cruzaron la línea de Kármán y volvieron con vida. Un año después voló Albert, Macaco rhesus, primero de todos los monos viajeros. Llegó a los sesenta y tres kilómetros, en 1948, tres después de finalizada la guerra. Hazaña seguida por Albert II, rhesus también, primero entre los de su familia en cruzar al espacio. Junto a esos insectos y animales son varios los que ocuparon el lugar de pioneros en algún momento: como Laika y el mismísimo Juan, o como Felicette, primera y única gata enviada al espacio por los franceses. Con los animales astronautas hay varios que en su momento fueron los primeros en algo. La perra que primero orbitó la Tierra, el primero en volar entre los primates o el primero de los mamíferos; el primer mono argentino o sudamericano o latino. Por supuesto, si entramos en aquel terreno extraño de asignarle nacionalidad a los animales. Como es el caso de Baker, mono ardilla peruano, que fue llevado desde Iquitos por la NASA hasta los Estados Unidos. Voló diez años antes que Juan hasta más de dos mil metros de altura.

Presentación del ratón Belisario a la prensa/ Cortesía del Museo Universitario de Tecnología Aeroespacial (Córdoba, Argentina).

Terminada la guerra, el gobierno norteamericano nacionaliza al padre de aquel cohete V-2 (en alemán Vergeltungswaffe 2 o Venganza 2 en español)) en el que viajaron las primeras moscas de la fruta. Venganza 2, azote de las ciudades belgas e inglesas. Primero de los artefactos humanos en ir más allá de la atmósfera. Venganza 2, desarrollado por la Wehrmacht y por Wernher Von Braun. Misil balístico que fecundó a la NASA y a su programa espacial. Después del V-2 los cuellos humanos no iban a dejar de mirar hacia el cielo; en el Venganza 2 está la apertura de las posibilidades para los vuelos espaciales. Durante su desarrollo y manufactura mueren más personas que en los bombardeos en que es utilizado. Fábricas de entre 17 y 20 mil trabajadores que, prisioneros, dan forma al sueño húmedo hitleriano que, para suerte de monos y humanos, no llega a cumplirse. Hacia 1944 la derrota alemana está cantada y Von Braun lo sabe; el Venganza 2 llegó tarde. Por eso se entrega a los gringos con su equipo, acompañado además de sus diseños. Von Braun canjea conocimientos por amnistía. El éxito del programa espacial estadounidense tiene un punto de quiebre con la nacionalización del exintegrante de las SS. Si la llegada del hombre a la Luna se encuentra en la punta de un hilo, el otro extremo puede encontrarse en las manos callosas de miles de esclavos en fábricas nazis. 

Cuando la pólvora de la Segunda Guerra se hace defensa, espionaje y asfalto, surge esto que llamamos mundo moderno. Los vuelos espaciales se convierten en tema de estado. En su conferencia La experiencia biológica espacial en Argentina, la profesora Ondina Fraga, realiza un breve, pero claro panorama de aquello que concluyó en el vuelo de Juan y de los otros animales astronautas argentinos. La Asociación Argentina Interplanetaria se crea a finales de los 40 bajo mandato de Juan Domingo Perón. Se establece, al mismo tiempo, la relación entre el bienestar general con el desarrollo científico y técnico. Son épocas de la producción nacional de aviones, pero también de la creación del Instituto Nacional de Medicina Aeronáutica o INMA. La Argentina se une a la tendencia gringa y soviética de involucrar en sus desarrollos a científicos nazis necesitados de protección y escondite. Hacia 1948 llegan al país tipos como Heinz von Diringshofen, Harald von Beckh y Hubertus Strughold, todos expertos en medicina aeronáutica. El mismo von Beckh realiza experimentos con tortugas del delta del Río de la Plata en vuelos cortos de gravedad cero, pero deja el país, junto a sus compañeros, después del derrocamiento de Perón en 1955. En los años siguientes y bajo la presidencia de Arturo Frondizi, se crea la CNIE, desde donde se comienza a diseñar la familia de cohetes sonda de combustible sólido. En los años sesenta ven la luz los cohetes Alfa, Beta Centauro, Orión I y II, Canopus I y II, Rigel y Castor. Para aquel entonces y gracias a estos dos últimos, la Argentina se convierte en la sexta nación del mundo en poseer tal tecnología. A la vuelta de la esquina está el Proyecto BIO, al final de la década el vuelo de Juan. Son los años de la dictadura de Juan Carlos Onganía y de calderas sociales como el llamado “Cordobazo”. Ese mismo empuje industrial que hace de la provincia de Córdoba el núcleo de proyectos de ambición espacial y cocina el caldo para el estallido social, tan solo siete meses antes del vuelo de Juan. 

Cohete sonda Canopus II / Cortesía Museo Universitario de Tecnología Aeroespacial (Córdoba, Argentina).

Sin embargo, el Proyecto BIO llega a su final en 1970. Pese al éxito de aquel experimento de medicina aeroespacial, paso necesario para anunciar la llegada al espacio del homo sapiens argento, la falta de auspicio para instituciones como la CNIE, el pronto declive en el número de especialistas formales y la imposibilidad de separar una agencia espacial de los intereses puramente militaristas, minan el impulso que Juan, junto a otros, han dado a la carrera espacial argentina. En menos de treinta años, Argentina lleva y trae animales con vida que tripulan cohetes; lanza en 1972 un cohete sin piloto que llega a los 500 kilómetros de altura; ve cómo sus desarrollos aeroespaciales devienen en estancamiento durante los ochenta, y escucha, escéptica, las promesas de Carlos Menem, que anuncia en 1996 la licitación de un sistema de vuelos espaciales a instalarse en Córdoba. Quién sabe si nombrando como Mono Juan o Juan Astronauta uno de los aerobondis para transportar pasajeros, primero a la estratosfera, y después al lugar del mundo que el pasajero, con motivo de laburo o vacaciones, elija. 

Pero volvamos al vuelo de Juan. Quién sabe si el mono, sedado como está, puede ver la desintegración de un pequeño asteroide o el nacimiento de una perseida. Quién sabe si ve uno de esos cuerpos extraños y alienígenas que se supone que el gobierno gringo siempre ha ocultado. Quién sabe si en su punto de vuelo más alto, a aquellos ochenta y dos kilómetros, observa lo que la tercera capa atmosférica hace a los astros veloces que ingresan en nuestro planeta. En la mesosfera los meteoritos se calientan y los asteroides se desintegran; desde la mesosfera los antiguos dioses nos solían mirar y por eso pedimos deseos al guiño de sus ojos, las mismas estrellas fugaces. Quién sabe si Juan solo vive otro viaje secreto e imposible de contar, el que experimenta un animal que la ciencia ha drogado en honor de las glorias humanas. Y por lo anterior, quién sabe si ve el espíritu de Laika, su antecesora, que muerta orbitaba el planeta, convirtiendo su cápsula en el primer ataúd espacial. Quién sabe si Juan, el monito caí, tan solo tiene miedo o si sueña sobrevolando de noche su selva en Misiones. Quizá no siente nada y no se da cuenta siquiera de cuando se hace encima, porque en su cápsula unos filtros absorben los gases de su orina y sus heces. 

Cuando el mono caí tiene miedo intenso vocaliza el sonido kecker; mik cuando es presa del susto y fu para localizar a su grupo. Es casi seguro que Juan no pronuncia ninguna de ellas. Se mantiene consciente, pero bajo el efecto del neuroleptoanalgésico. Juan, siempre monitoreado, tanto y tan bien, que su vuelo permite el desarrollo de un sistema biotelemétrico para aviación militar; Juan, entregado a la ciencia, devuelve la ofrenda con un resultado. Entregado también al zoológico de Córdoba, en donde vive dos años más, hasta 1971. Juan, la atracción principal, comiendo bananas, quien sabe si oculto o gustoso de las caras de esos niños y niñas que tal vez se preguntan si aquel mono ha conocido un marciano. Juan, disecado junto a Belisario; pieza de museo, gloria olvidada de los nostálgicos de lo que fue un episodio de la historia espacial argentina. Juan, de los monos caí, más que un Sapajus, un Sapajunautas apella.

Mono Juan en su traje / Cortesía Museo Universitario de Tecnología Aeroespacial (Córdoba, Argentina).

Dicen que la mañana del vuelo era una linda mañana, con temperatura ideal. A Juan se lo pone en su silla. Allí sus ojos vidriosos y los dedos de un ingeniero sobre su frente, ajustando algo parecido a electrodos. Después se lo encierra y observa a través de un orificio; Juan parece encerrado en una escafandra. Cuando es instalado en el cohete y este despega, se escuchan los aplausos usuales en este tipo de eventos, comienzan esos quince minutos de los que se hablará tanto. A los 7 kilómetros el motor se apaga pero la inercia lleva al Canopus II hasta los 82 kilómetros, 72 más que lo común en un avión comercial, que se eleva entre los 1000 y los 1200 metros. Llegado a su punto máximo de vuelo, la cápsula se desprende y abre un sistema que, en forma de pétalos, hace que baje más suave y en giros. Si la ojiva de su cohete logra alcanzar unos 800 grados dentro, Juan está a unos cómodos 25. A los tres mil metros de altura se abren dos paracaídas. En su descenso una corriente lo aleja del punto previsto de aterrizaje, aunque es encontrado. 

La cápsula Amanecer es transportada en una camilla, tal como en las películas responsables de nuestros imaginarios estelares. La base de Chamical (provincia de La Rioja argentina), en los vídeos, parece uno de esos escenarios de las películas serie b de ficción atómica; el archivo es digno para narrar la crónica de un Roswell sudamericano. La cápsula comienza a desarmarse y vista desde donde puede verse, parece ahora uno de esos barriles metálicos de empresa lechera. Bajo la escafandra está Juan y no Laika, la perra; Juan y no Caledonio, el ratón; Juan y no Felicette, la gata. Al mono caí se lo ve aturdido y tiene los ojos todavía vidriosos. Podemos hablar de las expresiones humanas de Juan, ya que los científicos dijeron que enviaban monos en sus experimentos por ser lo más parecido a hombres pequeños. Así llegamos a definir su mirada, tan cansada como la de aquellas personas que salen con vida entre los escombros de un terremoto.



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