Relatto | El cuento de la realidad
Relatto | El cuento de la realidad

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Para alcanzar a llegar a la primera y tan esperada presentación del violinista Joshua Bell del sábado 3 de septiembre de 2022 fue necesario salir dos horas antes de la casa. El concierto se programó en el Teatro Mayor Julio Mario Santo Domingo, ubicado en el extremo noroccidental de Bogotá, lo cual significaba que era necesario sortear con paciencia santafereña la lluvia, el frío, los huecos de las calles y la inseguridad en un alargado y pavoroso intento.

Sin embargo, a las 8:00 p.m., hora prevista para el inicio del espectáculo, aún estábamos haciendo una fila inútil detrás de varios automóviles que tampoco iban a poder ingresar a un estacionamiento enorme pero incapaz de contener el ímpetu desbordado de quienes sabíamos que era ‘ahora o nunca’ la posibilidad de presenciar en vivo y en directo a quien es considerado uno de los mejores violinistas del mundo. Fuimos entonces desviados a la brava para dejar el automóvil botado en la calle —los más desesperados— o guardado en el supermercado del costado occidental

—los más desconfiados.

La historia del violinista es parecida a la de otros reputados solistas que empezaron a destacarse antes de hablar o caminar, impulsados por la célebre fórmula que combina talento, ambición, disciplina y una amorosa e inquebrantable mamá. La fórmula conduce con frecuencia al abandono prematuro y definitivo de la música para el ejercicio sin vocación de otras profesiones, pero a veces da en el blanco y permite la germinación de genios inmortales de la música universal como Mozart, Beethoven, Liszt, Chopín, Prokofiev, Saint-Saënz y de figuras estelares como Martha Argerich, Claudio Arrau, Daniel Barenboim y Keith Jarrett, referentes mundiales que debutaron como adultos antes de cumplir 10 años, aplazando su infancia para otras vidas.

Bell, predestinado desde antes de nacer gracias a su sonoro apellido, recibió sus primeras lecciones de violín a los cuatro años, después de que sus padres —ambos psicólogos— lo encontraron tocando melodías clásicas con las tiras elásticas que había instalado en los cajones de su pequeño escritorio, variando el tono a medida que los abría menos o más.

Nacido en Indiana, a los siete años debutó interpretando a Bach y a los catorce actuó como solista con la Orquesta de Filadelfia bajo la dirección de Ricardo Mutti, en el inicio de una desenfrenada carrera que le ha permitido presentarse con excepcionales orquestas y directores, en los escenarios más importantes del mundo. Aunque su éxito no se debe solamente a su exquisito sello como intérprete, sino al hecho de que cuando sube al escenario cualquier cosa puede pasar y más que un concierto, se trata de un show donde el protagonista principal hace con maestría lo que le da la gana frente a un público extasiado. No en vano como artista exclusivo de Sony Classical, Bell ha grabado más de 40 álbumes que han obtenido premios Grammy, Mercury, Gramophone y Opus Klassik, ha recibido el premio de la gobernación de Indiana en 2003, el premio Billboard al mejor artista clásico de 2004, el premio Avery Fisher en 2007 y también participó como solista en la banda sonora de El Violín Rojo, ganadora del Óscar a la mejor música original en 1999, aunque nada se compara con lo que la revista Interview dijo alguna vez sobre su forma de tocar: “no hace nada menos que decirle a los seres humanos por qué se molestan en vivir”.

La historia del violinista es parecida a la de otros reputados solistas que empezaron a destacarse antes de hablar o caminar, impulsados por la célebre fórmula que combina talento, ambición, disciplina y una amorosa e inquebrantable mamá.

Ya el nombre de Joshua Bell era más que suficiente para convocar un lleno total. Pero la presencia adicional de la célebre orquesta inglesa Saint Martin in the fields (la de mayor número de grabaciones en el mundo en la categoría de orquestas pequeñas o de cámara), con un programa construido con sutileza de chef Michelin, fue el detonante para confirmar que a ese concierto no se podía faltar. Para los entendidos del fútbol, era como anunciar en el estadio El Campín de Bogotá a la mejor selección Brasil de todos los tiempos teniendo como número 10 y también como director técnico a Ronaldinho y, en consecuencia, el hecho de que ese mismo día a la misma hora y en la misma ciudad se disputara el 307º clásico capitalino entre Santa Fe y Millonarios, se convirtió en una simple y aburrida trivialidad.

Joshua Bell se presenta con su orquesta en el Teatro Mayor Julio Mario Santo Domingo de Bogotá / Jorge Alejandro Medellín.

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La peculiar voz del eficaz director del Teatro Mayor anunció por altoparlantes el tercer llamado. Pocos minutos después la misma voz hizo las advertencias correspondientes a la seguridad y a las prohibiciones de grabar videos o tomar fotos para terminar con el manido «por favor apaguen sus teléfonos celulares» que nadie obedece. 

La orquesta fue ubicándose en el escenario acompañada por uno de esos exagerados y extraños aplausos que suceden antes y no después de la presentación, mientras los músicos buscaban con curiosidad los rostros de un público bogotano sobrecargado de expectativa. Una vez ubicados en sus puestos, bajo el esquema semicircular habitual, el segundo violinista se puso de pie para iniciar el ritual de la afinación, apoyado como siempre en el la que ofrece el oboe, para iniciar un breve desorden sonoro en el cual los músicos ejecutan una serie de piruetas para liberar el estrés y ponerse a punto. El resultado es una pieza de fácil reconocimiento que bien podría competir con el Happy Birthday, (compuesta en 1893) en la categoría de obras más escuchadas de la historia sin derechos de autor, aunque actualmente está vigente una millonaria disputa según la cual es probable que en cada cumpleaños estemos obligados a pagar regalías.

Bell, predestinado desde antes de nacer gracias a su sonoro apellido, recibió sus primeras lecciones de violín a los cuatro años, después de que sus padres —ambos psicólogos— lo encontraron tocando melodías clásicas con las tiras elásticas que había instalado en los cajones de su pequeño escritorio, variando el tono a medida que los abría menos o más.

Hay unos segundos magníficos en los cuales la orquesta y el público se observan callados frente a frente, para luego concentrarse en la puerta por donde hace su aparición la máxima atracción del espectáculo, o dicho en términos financieros, quien cobra más. Esa breve antesala fue suficiente para atestiguar que los hombres de la orquesta vestían un riguroso negro en todas su prendas, incluidas camisa y corbata y las mujeres discretos vestidos también negros con algunas libertades expresadas en disimulados velos de seda sobre las faldas. Ni un solo zapato brillaba más que otro. El mensaje era evidente: «aquí todas y todos somos iguales y el mérito lo tienen los instrumentos». Llamaba la atención —y mucho— el segundo violinista, Nicolas Kendall (en adelante Nick) con un copete tipo Alf y las medias color piel, que hacían pensar que no las llevaba, al estilo de un aventajado salsero de Cali.

Y entonces salió Joshua Bell, con sus 54 años bien tocados, su aspecto siempre juvenil, una pinta negra enrarecida con un camisón de seda brillante en la parte central que le daba un aire de “El Zorro” y, en la mano izquierda, el violín que le había costado cuatro millones de dólares y que anteriormente había sido robado en dos ocasiones. 

Hay unos segundos magníficos en los cuales la orquesta y el público se observan callados frente a frente. / Jorge Alejandro Medellín.

Con ese mismo violín, el viernes 12 de enero de 2007 se puso unos jeans, una camiseta y una gorra de béisbol para tocar a las 7:51 a.m. en la entrada de la estación L’Enfant Plaza del metro de Washington, aceptando la propuesta experimental que le había hecho el Washington Post para medir la percepción, el gusto y las prioridades del público en un contexto banal y en un momento inapropiado. Bell tocó aquella vez durante 43 minutos seis conocidas obras de Bach, Schubert, Massenet y Ponce. Una cámara escondida grabó la sesión completa, que generó diferentes apuestas, incluida la de Leonard Slatkin —director de la Orquesta Nacional de Estados Unidos— quien calculó que entre 35 y 40 personas lo reconocerían y entre 75 y 100 personas se detendrían para escucharlo y aportar dinero en el estuche que el violinista debía dejar en el suelo, hasta llegar a más o menos 150 dólares. Pero sólo a los cuatro minutos Bell recibió el primer dólar por parte de una mujer que siguió apresurada su marcha. Durante su insólito recital, 1.097 personas pasaron por su lado y 27 dejaron en total 32 dólares y 17 centavos. Una única mujer lo reconoció, porque tres semanas antes lo había visto en un concierto en la Librería del Congreso, siete personas detuvieron su marcha  para escucharle y sólo un hombre se detuvo por seis minutos porque –según les comentó a quienes lo abordaron como parte del experimento– esa música le produjo paz.

En el artículo original del Washington Post publicado el 8 de abril de ese mismo año 2007, Gene Weingarten se asombraba porque Bell le confesó que estaba nervioso de pensar “qué podía pasar si no les gusto”, en un diálogo que conduce a la arriesgada ratificación de que para apreciar la belleza de manera adecuada las condiciones deben ser óptimas.

Y entonces salió Joshua Bell, con sus 54 años bien tocados, su aspecto siempre juvenil, una pinta negra enrarecida con un camisón de seda brillante en la parte central que le daba un aire de “El Zorro” y, en la mano izquierda, el violín que le había costado cuatro millones de dólares y que anteriormente había sido robado en dos ocasiones. 

Como las del Teatro Mayor Julio Mario Santo Domingo, ese joven pero ya icónico escenario bogotano con estándares estéticos, acústicos y tecnológicos a la altura de los mejores del mundo. Y allí empezó el concierto con la Obertura Egmont en la menor, de Beethoven, interpretada por la refinada Saint Martin in the Fields,, con una particularidad adicional: sin director.

Esta obertura fue estrenada en Viena el 15 de junio de 1810 y es la primera de diez piezas de música incidental sobre la tragedia del mismo nombre escrita por Goethe, sobre la vida y la muerte de un héroe que se enfrentó, en el siglo XV, al Duque de Alba reclamando libertad para su pueblo. Beethoven le imprimió desde los primeros acordes un toque de rigor y solemnidad que se aprecia muy bien cuando la orquesta está completa, pero con una orquesta sinfónica de cámara como ésta, que tiene la mitad de los músicos, sonó con mayor sutileza, quizás como pudo haber sonado en la época del compositor cuando este tipo de orquestas era el habitual. Aunque bastó para observar una agrupación compacta bajo la dirección caprichosa del mismo Joshua Bell, sentado en el puesto del concertino (o primer violín) sobre una silla negra de pianista, más acolchada y robusta que las demás.

No era la primera vez que una orquesta estaba dirigida por el concertino. Tampoco abundan los ejemplos, pero los hay. El resultado es bastante singular, porque produce un interesante efecto de autogestión a partir de la cual se brinda la falsa impresión de que la orquesta se manda sola. Lo más llamativo era observar el protagonismo del arco del violín de Bell, unas veces haciendo sonar su instrumento y otras sirviendo como la batuta gigante de un   director que intentaba, desde su cómodo asiento, marcar el ritmo y las dinámicas de una obra inmortal, de manera que hasta la joven timbalista de atrás a la derecha alcanzara a obedecerle.

Larisa Martínez y Joshua Bell llegan para la 61ª entrega anual de los Premios Grammy celebrada en el Staples Center de Los Angeles el 10 de febrero de 2019. Foto por Jim Ruymen/UPI.

La famosa obertura sirvió también como aperitivo del Concierto para violín y orquesta en re mayor de Tchaikovski, y por eso las 1.303 personas que coparon la capacidad del teatro emitieron un aplauso decidido pero calculado, porque intuían que debían ahorrar manos para más adelante.

Terminada la obertura se retiró un Bell al camerino, pero regresó otro. Como si el primero hubiera sido un doble de una película para escenas menores mientras el actor principal esperaba con paciencia el momento cumbre, con su violín robado de 13.77 pulgadas de cuerpo, el mismo instrumento del metro de Washington, que además tiene nombre propio: “Gibson ex Huberman”, comprado por Bell en cuatro millones de dólares y que actualmente se estima en 15.

El violín fue fabricado a mano, en 1713, por el famosísimo lutier italiano Antonio Stradivari hacia el final de su carrera, cuando según los expertos tenía acceso a los mejores abetos, arces y sauces, y su técnica había sido refinada a la perfección, hasta el punto de afirmarse que lo terminó con una mezcla equilibrada de miel, claras de huevo y goma arábiga de árboles subsaharianos. Su primer propietario fue el destacado violinista inglés George Alfred Gibson y el segundo fue el virtuoso polaco Bronislaw Huberman, por eso lleva ese caprichoso nombre.

Y sí, fue robado. Dos veces. La primera, en 1916, cuando desapareció de la habitación de Huberman en un hotel de Viena, pero fue devuelto al poco tiempo. La segunda, 20 años después, cuando fue extraído de su camerino en el mítico teatro Carnegie Hall de Nueva York, por Julian Altman, un violinista menor que lo tiñó con betún negro para tocar con él en iglesias y clubes durante 50 años, en un plan urdido por su propia madre, quien pensaba que su muchacho merecía un mejor instrumento. Huberman murió en 1947 sin haber recuperado el violín, después de haber cobrado 30.000 dólares a la aseguradora por su pérdida fatal. Pero en 1985 apareció la viuda de Altman para devolvérselo a Lloyd’s, la renombrada aseguradora británica, en un bondadoso acto que le representó 263.000 dólares de comisión.

Nueve meses duraron los expertos en retirar el betún con el que había sido camuflado, hasta que salieron de nuevo los tonos rojo arce y ébano originales. El violinista austriaco Norbert Brainin —primer violín del célebre cuarteto Amadeus— lo compró para venderlo de nuevo en 2001 a una tienda especializada, la misma que logró convencer a Bell para que sin pensarlo dos veces soltara cuatro millones de dólares.

El violín fue fabricado a mano, en 1713, por el famosísimo lutier italiano Antonio Stradivari hacia el final de su carrera, cuando según los expertos tenía acceso a los mejores abetos, arces y sauces, y su técnica había sido refinada a la perfección, hasta el punto de afirmarse que lo terminó con una mezcla equilibrada de miel, claras de huevo y goma arábiga de árboles subsaharianos.

Con todo, el show en Bogotá no giró alrededor del instrumento, sino de su vanidoso propietario. Desde antes del compás 23, cuando sonó el violín por primera vez, Bell asumió total protagonismo plantándose en el centro del escenario, como corresponde a su singular papel de solista y director. La obra de Tchaikovski, una de las más populares de todo el repertorio de la música clásica universal, empezó a florecer en variados colores más rápido de lo habitual, porque no sólo se trataba de la partitura original del genio ruso, sino de una versión muy personal de Bell, quien en ese momento parecía haber sido nombrado director de la orquesta de Saint Martin in the Fields desde 2011, no sólo para reemplazar al mítico Sir Nevill Mariner, sino especialmente para echársela al hombro y tocar el Tchaikovski con pautas dictadas por las rápidas palpitaciones de su corazón.

De hecho, el instrumento que interpretan compositores y directores es la orquesta misma. Y toda interpretación de una obra original termina siendo una versión personal del director, en este caso del solista, quien además de tocar su instrumento con afinación perfecta y sonido potente y profundo, parecía estar bailando. Su característica postura y el acompañamiento rítmico y armónico de la obra con su cuerpo hicieron muy difícil que los espectadores pudieran apartar de él un solo segundo la atención. Allí había más músicos y músicas, por supuesto, y ¡qué bien sonaban! pero es muy probable que hoy ninguno de los asistentes se acuerden ya de ellos, salvo de Nick, quien hizo en el Tchaikovsky el papel de concertino, con un desmedido esfuerzo por imitar a su director y por eso, al mismo tiempo que tocaba con gracia y destreza, lo miraba extasiado, como diciéndole «gracias, gracias por dejarme compartir este tiempo y este espacio y por permitirme  estar tan cerca de vuestra majestad» y la verdad, todo eso lo hacía con maestría.

No importó que el concierto para violín sonara muchísimo más rápido de lo habitual ni que Bell estirara o encogiera deliberadamente sus fraseos. El resultado era al mismo tiempo majestuoso y aterrador. Los frenéticos movimientos del solista con su violín, la respuesta inmediata de la orquesta frente a sus magníficos caprichos, que parecían hacerla levitar hacia arriba y los lados del escenario como un inmenso dragón que intenta salir de su estrecha jaula musical, y la mágica sonoridad allí producida, dejaron al público en un estado de hipnosis colectiva y por eso, al terminar el primer movimiento, además de un estruendoso aplauso prohibido, se escuchó un alarido general que de no haber sido precedido por una interpretación inolvidable, hubiera podido conducir al desalojo inmediato de los asistentes por razones de seguridad, con la ayuda de la policía.

Su característica postura y el acompañamiento rítmico y armónico de la obra con su cuerpo hicieron muy difícil que los espectadores pudieran apartar de él un solo segundo la atención.

Sin embargo, el concierto continuó, con un solista-director que a esas alturas parecía más bien el líder de una secta decimonónica, armado con su disfraz de “El Zorro” y su violín “Gibson ex Huberman” para llevar a rastras a su orquesta hacia la perfección, frente un público rendido a sus pies (o a sus manos, para ser exacto).

Antes de terminar el tercer movimiento del Tchaikovski, la masa enajenada de espectadores ya estaba lista para ponerse de pie y regalarle al maestro una ovación memorable. Dio la impresión, incluso, de que algunas personas se habían trepado en los asientos. Solo unos pocos permanecimos sentados, más por susto que por irreverencia, y por eso no pudimos apreciar bien las contorsiones que Nick hacía con su cuerpo, su violín y su arco para aplaudir rabiosamente a Bell, ampliamente comentadas al finalizar el concierto. Por momentos parecía que iba a sacar un estilógrafo para pedirle que estampara su preciosa firma en la tapa de su propio cráneo o, en su defecto, en la de su propio violín, aunque debo confesar que, de haber estado en ese sitio y ese momento exactos, muy probablemente yo hubiera intentado hacer algo parecido.

El intermedio sirvió para asentar las emociones. Ya Tchaikovsky se había marchado de la mano del solista-director y seguido de toda la orquesta británica que en el momento de retirarse a los camerinos observaba al público con una mezcla de estupor y asombro. Sin lugar a dudas algo fantástico había sucedido y por eso era indispensable respirar hondo y lento para reconfigurarse antes de iniciar la segunda parte del concierto: la Sinfonía No. 7 en la menor de Beethoven.

Una integrante del equipo de logística del Teatro Mayor nos ayudó a regresar de súbito al planeta Tierra cuando empezó a pasar fila por fila advirtiendo a gritos que los propietarios de los vehículos que habían sido estacionados en el supermercado debían apresurarse una vez terminado el concierto porque las puertas se cierran a las 10:30 de la noche. Para algunos la advertencia pasó desapercibida; para otros fue como escuchar una sucesión de palabras absurdas cayendo por su propio peso desde un despeñadero hasta el músculo estapedial del tímpano, aquel que ayuda a controlar la amplitud de las ondas sonoras del ambiente externo general al oído interno, haciendo imposible decodificar el significado del mensaje pronunciado. Lo cierto es que la capacidad del estacionamiento del teatro se había colmado media hora antes del concierto y por eso muchos vehículos fueron abandonados en los espacios —permitidos o no— de los alrededores.

Sin embargo, el concierto continuó, con un solista-director que a esas alturas parecía más bien el líder de una secta decimonónica, armado con su disfraz de “El Zorro” y su violín “Gibson ex Huberman” para llevar a rastras a su orquesta hacia la perfección, frente un público rendido a sus pies (o a sus manos, para ser exacto). 

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Richard Wagner, célebre compositor alemán del siglo XIX, en su libro The Artwork of The future (1850) afirmó que la séptima sinfonía de Beethoven es “la apoteosis de la danza, la danza en su esencia suprema, la realización más lograda del movimiento del cuerpo concentrado casi idealmente en el sonido. Beethoven en sus obras puso música al cuerpo, implementando la fusión de cuerpo y mente”. Es muy probable que Joshua Bell haya leído varias veces esa singular apreciación, porque su versión de “la Séptima” (como se le conoce coloquialmente) fue una atrevida invitación a bailar. No sólo por lo que afirma Wagner, sino especialmente porque Bell y Nick, más que tocarla, la bailaron en una sucesión de movimientos que parecían estar controlados por Shiva Nataraja, el danzante divino. Cuando Bell se inclinaba hacia adelante, su compañero lo hacía hacia atrás, cuando Bell zapateaba subiendo las rodillas, Nick hacía lo propio con unos pocos segundos de retraso, ofreciendo una suerte de coreografía perfecta, aunque las dos violinistas británicas que estaban en la segunda fila de violines se miraran aterradas al no entender muy bien lo que ese par de gringos despeinados estaban haciendo frente a ellas.

De nuevo, el tempo asignado a esta tercera y última parte del programa fue galopante —por decir lo menos— y poco importaba ya que Beethoven lo hubiera escrito más despacio, porque se trataba de algo así como el ‘‘Joshua Bell Classical Music Show’, una invitación para disfrutar con particulares puestas en escena obras de Tchaikovsky, Beethoven y otros éxitos de moda.

En el aplauso final las manos se cansaron antes de tiempo y por eso el público empezó a vitorear y a aplaudir golpeando el piso con los pies. Varias veces tuvo que salir Bell a recibir la aclamación de un público física y emocionalmente exhausto. Esa es su mayor virtud: cambiar la percepción ortodoxa y fría de la música clásica, pensar que el Beethoven sordo, depresivo y gruñón que nos vendieron era capaz de amar, bailar y sonreír, virtud dos veces más meritoria por tratarse de un teatro abarrotado de bogotanos prevenidos y congelados que iniciaron el concierto divinamente sentados y lo terminaron como el mismo Bell: sudando y despeinados.

Joshua Bell y su violín fabricado por el famosísimo lutier italiano Antonio Stradivari.

El público esperaba un bis, y la verdad, se lo merecía. Pero Bell dudó, quizás porque los 2.600 metros sobre el nivel del mar le estaban pasando factura. La orquesta no supo bien si sentarse de nuevo o abandonar el escenario, duda que se repitió cómicamente más de una vez, hasta que Bell decidió reanudar el espectáculo, con el valse de la Serenata para cuerdas en do mayor de Tchaikovsky, no sin antes dirigirse a los asistentes para decirles en su perfecto inglés angloamericano que eran el mejor público que había tenido jamás, lo cual fue recibido por algunos con atisbos de llanto.

Lo que sucedió después fue igualmente peculiar. El público, rendido ante Bell y su combo, se movía como un solo cuerpo a ritmo de valse mientras un murmullo, más o menos afinado, empezó a seguir aquella memorable tonada del gran melodista ruso. De hecho, es muy difícil terminar de escuchar un Tchaikovsky sin la tentación de irse silbando hasta la casa, algo que todo compositor de cualquier género siempre va a soñar. Un elegante adulto mayor sentado con boina y bufanda en la fila de adelante parecía querer sacar a su distinguida pareja a bailar pero gracias a Dios triunfaron el recato y la discreción, quizás arraigados en ella desde la más tierna infancia, para evitarlo.

Joshua Bell tomó con firmeza el violín con su arco en la mano izquierda y se despidió con una venia de vizconde antes de marcharse para siempre al camerino con su 1,83 m de estatura. Pasaron desapercibidos los suspiros de quienes sabían que en el año 2000 fue elegido por la revista People, junto con Ashley Judd, Hilary Swank, Tom Cruise y Catherine Zeta-Jones, entre las 50 personas más bellas del planeta.

Haber presenciado un concierto insólito de música clásica con una de las más exquisitas orquestas de cámara del mundo, dirigida por quien es considerado por la crítica como el violinista vivo más popular del planeta, tocando un instrumento del siglo XVIII dos veces robado, en un concierto que dejó al público en balanceo general con tarareo incluido, fue, sin duda,                         una experiencia única y una lección universal de frescura artística.

No importó enfrentarse en seguida al frío de una lluviosa noche atragantada de vehículos en el oscuro norte de Bogotá. Tampoco importó que Independiente Santa Fe hubiera perdido otra vez de manera injusta el clásico del fútbol capitalino: valió la pena. 

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