Relatto | El cuento de la realidad

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Fuera de esta línea se quedan los “textiles” o los que usan ropa. Pasándola está el paraíso. Llegamos a Puerto Bonito, una playa ubicada al sur de Lima, al mediodía y nos recibe un cartel que —como si fuéramos a entrar a un campo minado— nos advierte: “Área nudista, desde este punto usted puede encontrar personas desnudas”. 

Para no llamar la atención de los bañistas, el fotógrafo guarda la cámara. A partir de aquí, nos indican, tendremos que quitarnos la ropa, decirle adiós al bikini y a la bermuda, ˝calatearnos˝, aguantándonos las ganas de mirar más abajo. Calatear es un verbo inventado por los peruanos que proviene del sustantivo “calato”, que quiere decir desnudo, y que probablemente vendría del quechua q’ala que significa “en cueros”. 

Aquí en Puerto Bonito, la ropa, eso que inventó la humanidad hace miles de años para protegerse del calor y el frío es un estorbo. Aquí imperan la piel y los vellos al natural. Hombre y mujeres caminan desnudos como Adanes y Evas. Estamos a punto de entrar al Paraíso y el fotógrafo y yo la pensamos un poquito. 

El ingreso

“Si quieres entrar, tienes que vivir la experiencia”, me escribió días atrás, por el chat del Facebook, César “sin apellido”, un psicólogo arequipeño que prefiere no ser identificado para ahorrarse la molestia de dar explicaciones a quienes desconocen su lado nudista. 

César es un hombre alto y macizo que simula unos 40 años y es el líder de un pequeño grupo de arequipeños que se desnuda al pie del volcán Misti, el atractivo de la región. Fue el único que respondió mis mensajes y el único puente que conseguí para entrar en el clan de la Asociación Nudista Naturista del Perú (Annpe)1.

Para el gremio nudista, los periodistas somos como moscas que hay que espantar. Lo último que quieren es volver a ver sus caras y sus traseros en la televisión de señal abierta.

—Hace meses vino una reportera de un canal y dijo que no iba a sacar nuestros rostros y lo hizo, no cumplió su palabra, fue una mala experiencia —me dice César mientras subimos una cuesta de cien metros que nos llevará hasta nuestra playa, al lado más apartado del balneario. 

 

Hemos dejado atrás Puerto Viejo, otra playa muy conocida de la costa limeña, ubicada a la altura del kilómetro 72 de la vía Panamericana Sur. A lo lejos, Puerto Bonito y la promesa de encontrar un lugar en el que todos están desnudos en armonía, despojados del morbo del mirón, se hace realidad. 

A primera vista parece una playa desierta. Está escondida entre acantilados y cerros de arena que la hacen segura y a prueba de curiosos. 

Esta playa, que antes se llamó Barrancadero, se convirtió en refugio nudista recién en 2004. Desde ese año, no hay domingo que no se vean nudistas bañándose en el mar. Al llegar nos encontramos con una fila de casas rodantes y tiendas de campaña asentadas al pie del acantilado. No, no son los “calatos” que han tomado la playa y la han convertido en una colonia hippie, son los veraneantes “textiles” que poco a poco les han quitado el terreno a los nudistas hasta arrinconarlos al fondo de la playa. Hasta ahí llego con César y el fotógrafo y esperamos a nuestro grupo nudista anfitrión.

Según la Federación Nudista Internacional, creada en 1953, hay 111 países que practican el nudismo, entre ellos el Perú, y ya que están organizados, existe un pacto ético que hay que cumplir a rajatabla.

La tercera regla del nudismo dice que la participación es voluntaria, que no se debe presionar a nadie a quitarse la ropa. Pienso en esa regla, miro al fotógrafo, dudo un poco pero ya estamos acá, tenemos que sacarnos los bañadores y mezclarnos entre los cuerpos a viva piel que ya vemos en la orilla. 

El Edén imperfecto

Quedarse en pelotas frente a desconocidos deja una sensación de alivio final. Primero sientes vergüenza, un poco de miedo, como el que debe sentir un paracaidista antes de lanzarse. Luego, cuando ves desnudarse a los otros con tanta naturalidad, cuando ves las celulitis, las cicatrices, las estrías en el cuerpo ajeno y compruebas que, así como el tuyo no hay cuerpo perfecto, ahí dejas la vergüenza de lado, tirado junto al bañador, y sientes una especie de hermandad; la hermandad del “esto es lo que hay”.

—Estoy convencido de que el naturismo-nudismo hace mejor a las personas, al verte desnudo te autoaceptas, te vuelves más tolerante y aceptas al otro tal cual es —dice, César, quien la hace larga y aún no se ha quitado la bermuda. 

La que da el primer paso en el grupo anfitrión es Edith, una adolescente que, como si fuera lo más común del mundo, se quita la parte baja del bikini frente a sus padres, Luis y Medalith, una pareja de cañetanos que practica el naturismo desde que eran enamorados y que han criado a sus cuatro hijas en la desnudez. No usan traje de baño para veranear, tampoco usan ropa en casa, aseguran, aunque deben hacer una excepción mientras cocinan. Se ponen un mandil para protegerse. 

En un abrir y cerrar de ojos tengo frente a mí a toda la familia desnuda. El papá, literalmente, en pelotas, me da la espalda, se agacha y mientras cava un hoyo en la arena para plantar la sombrilla, me dice que el nudismo es saludable, que el cuerpo es como una planta que necesita de los rayos del sol y que no es bueno taparlo por completo. A su lado, su esposa, quien solo viste un gorrito y tiene un llamativo lunar en la espalda baja, infla la piscina de la pequeña Alexandra.

El fotógrafo y yo dejamos de pensar en nuestra vergüenza, dejamos nuestras toallas y, tal y como llegamos al mundo, recorremos la playa buscando más testimonios. Él, provisto sólo de su cámara de lente teleobjetivo colgando del cuello, y yo con mi grabadora y libreta de apuntes, la escena vista desde lejos debe haber sido graciosa. 

No hay más de treinta bañistas en la arena. Una pareja madura camina por la orilla disfrutando la brisa marina. Él, las manos en la espalda, el vientre abultado, parece orgulloso de su corporeidad. Ella va con las tetas aire, dos puntos marrones que se mueven en vaivén y resaltan en su rollizo cuerpo bronceado. La seña que te identifica como nudista nivel profesional es ese color moreno completo sin las marcas del bikini, ella lo tiene. 

Unos metros más allá, una pareja joven no se decide a dejar su sombrilla. Ella está tumbada boca abajo tostando las partes blancas que jamás expuso al sol. Su novio está sentado a su lado, inamovible, parece un galgo presto a saltar encima de cualquier mirón.

Nadie le ha dicho que debe perder cuidado, que en Puerto Bonito no hay que preocuparse por las miradas libidinosas, que para ahuyentarlas está Daniel, el líder del clan.

La ética del nudista

En esta playa la libertad está regulada. Usted debe gozar encuerado, pero hay reglas que debe cumplir, sino será expulsado.

En un extremo de la playa, conversando con un par de nudistas, pero siempre atento a lo que pasa en el rebaño, está Daniel, un corpulento jubilado que peina canas y que es la cabeza de la directiva de la asociación.  

Ni bien llegamos, Daniel se acercó como un misil a saludarnos y a preguntar nuestros nombres. No pierde de vista a ningún nuevo. Desde el año 2007, como buen líder, viene a la playa todos los domingos. Es el único nudista de su familia, que es evangélica. Mientras ellos van al templo a ganarse un lugar en el Paraíso, él toma el bus, llega a Puerto Bonito y entra en otro Edén. 

—Aclarando —dice Daniel—, somos nudistas-naturistas. No somos del tipo de nudistas que lucran con su desnudez como los strippers. Practicamos el nudismo como una forma de alcanzar el equilibrio físico y moral. Tampoco nos quitamos la ropa con un fin sexual como los swingers. No somos exhibicionistas, tenemos un lugar donde practicamos nuestro estilo de vida. Nos hacemos llamar naturistas porque al estar desnudos logramos una conexión armoniosa con la naturaleza. Y no, no somos naturistas porque vendemos productos naturales —termina el líder su discurso sobre los principios de su grupo.

Más tarde me pasará por correo electrónico las 29 normas de conducta del nudista-naturista. No se puede dejar a su libre albedrío a los afiliados: “Regla número 4 —dice el estatuto—, no se aceptan hombre solos, promovemos la integración de familias, parejas y grupos mixtos”. La asociación es muy recta con esta norma porque quiere incentivar el ingreso de más mujeres al clan, debido al alto número de miembros del sexo opuesto.

“Regla 7 —continúa—: Las exhibiciones sexuales están prohibidas. Regla 9: Nunca tome fotos a escondidas, pida permiso a los bañistas. Regla 17: No venga a la playa con intenciones de ligar, flirtear o buscar pareja, ¡no moleste, un no es un no! Quebrantar esta norma equivale a un adiós definitivo”. Y así. “Regla 23: Tener una erección es natural, el presumir de ella, ¡no es aceptado! Regla 24: Está prohibido el consumo excesivo del alcohol, ver a un naturista ebrio no es un espectáculo agradable”.

Daniel es como el policía escolar de los nudistas y tiene que hacer respetar cada una de las leyes. Alguna vez tuvo que expulsar a un hombre que se acercó mucho a una bañista, otra vez hizo de mediador en el pleito de una pareja, el chico había traído a la chica con mentiras a la playa y ésta, sintiéndose estafada y avergonzada, no tuvo mejor idea que darle de cachetadas.

Puerto Bonito es una playa pública a donde cualquiera puede ingresar sin inconvenientes, sin embargo, para unirse al grupo de los “calatos” conviene hacer un pequeño trámite burocrático que consiste en escribir vía redes sociales a la asociación para conocer los requisitos del ingreso y obtener una invitación. 

Si comparamos al Perú con Brasil respecto al nudismo, los cariocas nos llevan la delantera como en el fútbol, tienen ocho playas oficiales de este tipo. 

—Estamos en los últimos puestos de los países con población nudista —dice Daniel—.

Gregarios comen choclo

Al caer la tarde —ya superada nuestra genitalidad al aire— jugamos vóley y nos sentamos bajo la sombrilla a comer choclo con queso y huevos duros en comunidad. Quitarse la ropa es como quedarse sin escudos o caparazones que nos protejan de los otros. Una vez desnudos, solo queda rendirse al amparo de la manada como en los viejos tiempos. A mi lado está Nancy, una joven madre que tiene a su bebé colgado del pezón. Junto a ella está Luis, el profesor de aeróbicos que con franqueza confiesa:

—A mí me gustaba quitarme la ropa desde niño y en mi ignorancia creía que era malo. ¿Por qué me gusta? me preguntaba, hasta que de grande investigué, pregunté y encontré en el internet este grupo —explica Luis, quien, tras liberarse de la culpa, como Colón, descubrió todo un nuevo mundo en esto del nudismo—. Es terapéutico —asegura—, te sana enfermedades, absorbes vitamina D de forma integral y, sobre todo, eres libre.

Veo a Luis sentado frente a frente a sus niñas y con insistencia le pregunto cómo toman sus hijas el verlo desnudo. 

—Mi señora y yo las criamos en el naturismo, han crecido viendo nuestros cuerpos y los suyos como algo normal. Les hemos enseñado que los genitales son como las manos, son parte de sus cuerpos y ya.

Si al principio de los tiempos todo fue desnudez, si nacemos desnudos, ¿por qué ocultarnos?

Muere la tarde en Puerto Bonito, el único bastión de los nudistas peruanos. Los bañistas se retiran. La playa se queda desnuda. 


1. Hoy registrada como la Asociación Naturista Nudista de Lima (Annli)


Este artículo se publicó en el suplemento Domingo de La República – Perú en el año 2016.

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