Relatto | El cuento de la realidad
Relatto | El cuento de la realidad

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En la Patagonia hay una ciudad llamada El Bolsón. Y a 17,5 kilómetros de El Bolsón, por la ruta 40, hay otra ciudad más pequeña llamada Mallín Ahogado. En Mallín Ahogado hay un camino de tierra que se desprende de la ruta y serpentea entre pinos y corderitos, y todo lo que lo rodea es valle y montaña, telón obligado de selfi: lo llaman el camino del huesero. Al final de ese camino de tierra hay una tranquera. Y al otro lado de esa tranquera hay un predio de 23 hectáreas. Y en ese predio vive el huesero. Y el huesero vive en una casa de dos plantas. Y esa casa de dos plantas tiene un altillo. Y ese altillo tiene un dormitorio y un baño. Y en ese dormitorio hay una cajonera. Y sobre esa cajonera hay una foto de un maestro sufi y su esposa. Y detrás de esa foto hay una cajita de madera. Y en esa cajita de madera hay un pañuelo. Y ese pañuelo envuelve un frasco del tamaño de un dedo pulgar. Y ese frasco del tamaño de un dedo pulgar contiene un pelo. Y de ese pelo trata esta historia.

El pelo llegó en noviembre de 2016, en vuelo de la Turkish Airlines, desde Estambul. Lo llevaba en el bolsillo mawlana sheikh Mehmet, líder mundial de la orden sufi naqshbandi. Hay 41 órdenes sufis en el planeta, hermandades esotéricas islámicas que siguen a un maestro cuyo linaje se remonta al último profeta que Dios envió a la Tierra: Muhammad —Mahoma para Occidente—. De todas esas órdenes, la naqshbandi es la más popular. Y desde 2009, yo formo parte de ella —contarte cómo llegué hasta aquí es una aventura aparte.   

 El maestro mawlana sheikh Mehmet guardó la reliquia durante semanas hasta que, en Mallín Ahogado, la extrajo del bolsillo y le dijo a su nuevo guardián.

—Tengo lo suyo.

El pelo se lo había dado al Sheik Mehmet su padre, mawlana sheikh Nazim. Y a mawlana sheikh Nazim se lo había entregado su propio maestro antes de morir. Y a su maestro se lo había entregado el suyo, que era su tío. Y así, a lo largo de 41 generaciones de maestros. Este pelo tiene 1400 años. Viajó de Medina, en Arabia Saudita, a Uzbekistán. De Uzbekistán a India. Y de India a Daguestán. Y de Daguestán a Siria. Y de Siria a Chipre. Y de Chipre a Estambul. Y de Estambul a Mallín Ahogado. Junto a él, se cree, viajan en custodia un ejército de ángeles que lo sigue donde sea que se mueva.

Ese pelo pertenece al profeta Muhammad, el último mensajero de Dios. En la tradición islámica, el modelo perfecto de ser humano: piadoso, valiente, sabio, humilde y de una fe tan inmensa que te haría llorar de solo verlo actuar —perdió, excepto a una, a todos sus hijos, a sus padres, a su esposa y aun así jamás se quejó—. Su mejor amigo, Abu Bakr, recogió ese pelo, junto a muchos otros, de su camisa, del suelo, de los platos, reverencialmente, durante veinte años. No es la única posesión que se mantiene intacta del Profeta: hay una espada en un palacio. Una huella de su pisada, hoy transformada en piedra, en un museo. Un diente en otro. Un arco en otro. Y un museo en Medina atesora el cuenco con el cual se limpiaba antes de ir a rezar —y vende al público una réplica exacta a precio áspero.

La historia de cómo la reliquia llegó a Mallín Ahogado es, en buena medida, la historia de su guardián en Patagonia. Según los maestros en el sufismo, los guardianes atraen las reliquias. Y las reliquias corren al encuentro de su guardián.


Desde entonces, Rauf voló con ella en el bolsillo. Y la exhibió sosteniéndola con ambas manos, con tanto temor a que se cayera que le dio tendinitis.


El abuelo del guardián se llamaba José Ciriaco Felpete, y llegó desde Europa a Buenos Aires en 1911. Tenía 14 años. Vino embarcado con un grupo de monjes capuchinos, pero lo que menos le interesaba al abuelo eran los monjes capuchinos, así que ni bien puso un pie en el puerto de Buenos Aires se desprendió de ellos, se puso a trabajar en un frigorífico y si te he visto no me acuerdo.

José Ciriaco vivía en La Boca, el barrio tradicional y portuario al sur de Buenos Aires. Y a diario, para llegar a la fábrica, debía cruzar el puente de Avellaneda, puente que, advertían sus compañeros de trabajo, estaba terminantemente desaconsejado cruzar de noche.

—Allí hay un matón que no permite pasar a nadie. El tipo está armado.

—No es problema —dijo José Ciriaco Felpete inflando el pecho—. A mí me va a dejar pasar.

Al día siguiente, al atardecer, emprendió el regreso y encaró hacia el puente. Iba armado. Donde otros veían miedo y muerte, el abuelo veía aventura y desafío. Y muerte, claro.

Y allí estaba, en medio del puente casi sin luz. Los barcos, abajo y a lo lejos, entraban y salían. El río, por entonces, no olía tan mal. Y el matón le bloqueó el camino. Le pidió dinero. O cigarros. O lo que fuera. Felpete se resistió y el matón se enojó. Y Felpete también se enojó. En cuestión de segundos, Felpete y el matón quedaron en el suelo. Los trasladaron al hospital. Uno sobrevivió. El otro no. Y el puente quedó libre.

—Este es el viejo puente de Avellaneda donde nos tiramos con el matón —le dijo José Ciriaco Felpete años más tarde a su nieto, llevándolo a conocer el lugar.

Aquel duelo viró en leyenda. Y un famoso tango que daba a los matones estatura de mito juraba que aquella muerte había sido a traición.

—Qué traición ni traición. Fue duelo. Los dos tiramos y de frente. Y acá tengo las pruebas —decía Felpete levantándose la camisa, y mostraba el bultito de la bala, alojada desde entonces en el pecho.


El guardián de la reliquia, el Sheikh Abdul Rauf, en medio de una celebración.

Allí no acaban las aventuras del abuelo Felpete. Si se hubiera hecho capuchino el mundo se habría ahorrado muchos tiros y revueltas. Se contaban —y él las repetía, como si fuera parte de su Linkedin— otras historias de hidalguía y fiereza. Como esa lucha sin cuartel contra un puñado de tipos, por razones que la memoria sepultó. Uno de ellos alzó un hacha y se la descargó al abuelo en la cabeza. Felpete no se rindió: se la quitó como quien desprende una espina y continuó luchando hasta que un espectador le advirtió que le había quedado al descubierto la masa encefálica.

Felpete le transmitió el espíritu guerrero a su hijo que, entre otras habilidades, era célebre en el barrio porque podía lanzar una moneda al aire, desenfundar su revólver y recogerla, segundos más tarde, con un agujero de bala. Esa misma sangre corre por el cuerpo del guardián. 

A los 18 años, Raúl Felpete, nieto del primer Felpete que pisó la Argentina, ya era maestro en defensa personal. Y profesor de karate. Enseñaba a medio mundo. Incluidas las fuerzas de seguridad. Incluidos futuros altos mandos del ejército. Se hizo tan popular que en un año formaba a 300 alumnos. También él tuvo luchas de epopeya, pero sin hachazos: una vez, peleó cuerpo a cuerpo contra cinco. Combatió. Cobró. Pegó. Resistió. Acabado el pleito, descubrió que tenía un balazo en la pierna. Decía que si iba a dormir sin haberse peleado, le parecía un día sin sabor.

Pero Raúl Felpete le dio una oportunidad al cielo. Fue pupilo en una escuela de seminaristas. Tomó clases de religiones comparadas. Y asistió a un curso bíblico de nueve meses con los adventistas del Séptimo Día.

En los 80, probó suerte en Europa. Vivía en París trabajando para un amigo que arreglaba castillos. Manejó camiones. Y fue doble de cine. En 1984, se le pegó un papel en la bota. Anunciaba que el Dalai Lama estaba de visita en París. Y que daba una charla ese mismo día. Y que la charla era en el edificio de enfrente. Y empezaba, a la flauta, en media hora.

Felpete viajaba siempre con credencial de periodista —se la había dado un amigo de la agencia Associated Press—, así que entró, se acomodó, escuchó y, terminado el acto, estrechó manos con el Dalai Lama, que lo invitó a visitar su casa en India.

Felpete se tomó la invitación en serio. Viajó a India y vivió 40 días en una casa a metros del Dalai Lama. El último día, el líder espiritual le dijo:

—Argentina es el futuro del mundo. Y la Patagonia es el futuro del futuro. Felpete, su camino no es este. Su maestro va a llegar. Sea paciente.

En India trabajó seis meses en un leprosario, y se sintió muy lejos de Dios. Se hizo amigo de un grupo de hare krishnas. Practicó yoga. Y visitó el ashram de Sai Baba. Tuvo dos entrevistas privadas, vio su pelo afro de cerca, sus pases mágicos de materialización de relojes, y siguió camino —por no decir: salió espantado—. Felpete volvió a la Argentina, se instaló en Neuquén, siguiendo el consejo del Dalai Lama, y vivió vida de vegetariano. Empezó a dar clases de yoga. 

Le iba bien. Era joven. Trabajaba en once centros de yoga en la provincia y reunía un buen ingreso. Formaba nuevos instructores. Salía con varias mujeres a la vez. Por fuera, era una fiesta. Por dentro, era un nudo.

Un día, llegó de visita una autoridad de los krishnas a la Argentina. Felpete, que lo había conocido en India, lo alojó en su casa. Tras vivir días con él, el hindú le dijo:

—Perdón que te lo diga, pero tu vida es un desastre. El objetivo del ser humano consiste en cruzar el océano. Yo voy en un transatlántico. Si se rompe, hay un técnico. Tenemos capitán. Combustible. Habitaciones cómodas. Vos, en cambio, vas agarrado a una madera. ¿Y con eso pretendés cruzar el océano?

Felpete se sintió pésimo.

—¿Y qué hago?

—Primero, ordená tu vida. Casate. Tené hijos. Buscá una mujer más joven y que tenga más corazón que vos.

—¿Y el amor?

—No te preocupes por el amor. Eso viene solo. Y el maestro también.

Felpete siguió el consejo. Se casó. Se amansó. En Neuquén vivían en una chacra, pero la ciudad capital, que se expandía como un oleaje negro de ruido, le pisaba los talones. En los 90, siguiendo a un amigo que reparaba televisores, viajó a El Bolsón —550 km de ruta— y aprovechó una oferta: pedían 16.500 dólares por un terreno fiscal en un paraje con 120 habitantes llamado Mallín Ahogado. No dudó: firmó el contrato, pagó en tres cuotas —pidió préstamos hasta a su madre— y puso en venta su chacra en Neuquén. Y allí fue.

Decisión romántica, pero audaz. El acceso era de una sola mano y llegar de Bariloche a El Bolsón tomaba cuatro horas y media. Si un camión se quedaba en la ruta, te la regalo: 16 horas hasta que una grúa lo arrastraba fuera del camino.

El terreno valía la pena: 16 hectáreas —luego anexaría otras— a la vera de un arroyo. Al principio, vivían en una carpa. Luego, en un rancho con algunas ratas. Apenas pudieron, levantaron una habitación de tres por seis y luego un baño. Tuvieron seis hijos. Además de dar clases de yoga, Felpete empezó a atender pacientes con problemas en los huesos. Reacomodaba posturas. Aliviaba dolores. Ponía el esqueleto en su lugar siguiendo un conocimiento intuitivo que había heredado de su rama materna: una familia de hueseros del sur de Italia que, se decía —nadie sabía si era chiste o no— había servido en el Vaticano —los Papa—. Felpete se hizo un nombre. Y el nombre hizo el resto.

Viajaba por toda la provincia, cuatro días a la semana, a veces con el camino cubierto de nieve. Para sumar dinero, ofrecía a turistas excursiones en cuatro por cuatro por la Patagonia.


En Mallín Ahogado, si uno quiere hablar con Abdul Rauf primero tiene que trabajar. Depende de lo que a él se le ocurra, puede ser alimentando animales, limpiando baños.


En 1989, Felpete conoció el sufismo y esta parte ya es historia conocida: viajó a la ciudad costera de Mar del Plata, en Buenos Aires, a iniciarse con Eduardo Rocatti, el psiquiatra que trajo por primera vez el sufismo naqshbandi a la Argentina. En la iniciación como sufi, Rocatti lo llamó Abdul Rauf. Rocatti dejó el camino, le anunció que él era su sucesor. Así que Felpete voló a Chipre a conocer a su maestro. Luego regresó a su quinta en Mallín Ahogado y cada jueves por la noche celebró junto a su esposa Fátima la práctica sufi del dhikr: repetir fragmentos del Corán junto a los nombres de Dios. Nadie, excepto su familia y algún que otro curioso, los acompañó.

A fines de los 90, un sufi antiguo de Alemania visitó su casa, habló maravillas del arroyo, las montañas y el paisaje, pero les dijo que, a fines de convocar nuevos sufis, el lugar era muy remoto e inaccesible.

—Nadie va a venir hasta acá. Es una locura. ¿Por qué no prueban hacerlo en la ciudad de El Bolsón, que hay más gente?

Durante meses, siguió el consejo, y convocó al dhikr en El Bolsón. Tampoco fue nadie.

Pasaron diez años y, cada jueves, siguió firme en su práctica del dhikr en soledad, de vuelta en Mallín Ahogado.

Entonces llegó una persona: un psicólogo rosarino de nombre Ahmed Isa que se instaló en la ciudad. Luego, en poco tiempo, eran diez. Hoy son 20 familias.

—¿Sabés cuál es el secreto? —me dice el sheik Abdul Rauf, cuando lo visito a su casa en Mallín Ahogado—. Uno debe sostener el dhikr. En un momento, los ángeles dicen: ‘Ya pasó la prueba’. Y empiezan a mandar gente.

En noviembre de 1996, inició la construcción de una dergah de siete metros por siete —el equivalente a las mezquitas en el sufismo, solo que no están a la vista pública y si no te pasan el dato, podés pasar delante y no saber de qué trata—. La acabó dos años más tarde. Mientras tanto, dos veces al año, volaba a Chipre a visitar a su maestro, mawlana sheikh Nazim, y, con el tiempo, el propio maestro hablaba del sufi de la mezquita más austral del planeta. Le daba un lugar en su mesa y a los turcos que compartían la comida con él les decía:

—Ustedes que viven a menos de una hora de avión, rara vez me visitan. Y él, que está en la otra punta del planeta, viene a verme dos veces al año.

En una oportunidad, sheik Nazim escupió sobre una piedra y se la dio.

—Esta piedra póngala en su dergah. Hágame el favor.

Las voluntades del maestro no se discuten: se agradecen. A veces, sheik Nazim le daba plata y le decía:

—Cómprese una vaca, Abdul Rauf.

A veces le decía:

—Todas las noches, mi espíritu vuela a su dergah y allí rezo dos ciclos de oraciones.

Luego hacía un silencio y subrayaba:

—Si me ve, Rauf, no me dispare.


Sheikh Abdul Rauf, guardian de la reliquia: un pelo del profeta Mahoma.

***

Dice que el oficio de huesero lo aprendió solo. Una vez, su mamá se contracturó mientras trabajaba en la huerta. Y él corrió y le puso una rodilla en la espalda: santo remedio. Tenía siete años. Luego, una chica en un cumpleaños de 15 resbaló, se le descolocaron algunos huesos y él instintivamente salió a acomodárselos.

—No me pidan que explique cómo lo hice —repite a otros sufís—. Pero lo hice.

En 2001, llegó el desafío de su vida. La esposa de sheik Nazim sufrió un ACV y quedó en sillas de ruedas. La llevaban y traían a la mesa, y tenía dificultad incluso para comer. En una de sus estadías en Chipre, Felpete compartía con su maestro el desayuno a solas. Sheik Nazim estaba desolado.

—Si me permite, tal vez pueda ayudar. Como usted sabe, soy huesero. He rehabilitado gente en esas condiciones.

Mehmet, el hijo de sheik Nazim, a quien Rauf había atendido por una contractura, puso reparos.

—Usted hace cosas muy duras, Rauf.

El asunto era delicado. La esposa de Sheik Nazim era considerada una santa. Se decía que podía transportarse hasta los tiempos de los primeros profetas y reconstruir sus vidas como si las viera con sus propios ojos. Atenderla implicaba tener contacto físico con ella. Y en el islam, los hombres por un lado, las mujeres por otro.

Al día siguiente, despertaron a Rauf a los gritos. Era la hija de Mawlana.

—Mi madre soñó con el Profeta. Y él le dijo que había alguien aquí que podía ayudarla. Alguien que venía de muy lejos. Después de esto, ella acepta que usted la atienda.

Rauf empezó a tratar a la esposa de su maestro dos veces al día. Le estiraba brazos y piernas. Le torsionaba los músculos. A veces, Sheik Nazim abría la puerta y veía la escena: Rauf sobre su mujer, en posiciones irreproducibles. En lugar de sentirse ofendido, se moría de risa y después lo contaba en la mesa y volvía a reír.

Rauf no la pasaba tan bien. Había asumido una responsabilidad que temía no poder cumplir. Con Hajji Amina se entendían por señas, pues ella solo hablaba árabe y turco. Ella cada día, en compensación, le daba algo de dinero y le regaló su tasbih —el rosario de cuentas islámico—. Tras cada sesión, Rauf quedaba tan cargado que se comía medio tarro de miel y caminaba sin rumbo kilómetros y kilómetros. 

La rehabilitación duró 48 días hasta que Hajji Amina se puso de pie y empezó a trasladarse con bastón. Rauf dio su trabajo por concluido. Mawlana estaba agradecido.

—De ahora en más, Rauf —anunció el maestro con sus hijos y su mujer presentes—, usted es parte de la familia. Para mí, y mi esposa, usted es como un hijo. Y para mis hijos, usted es su hermano.

Mawlana, desde entonces, le dio trato preferencial. Cada vez que Rauf visitaba Chipre, en lugar de dormir en el suelo en la dergah como el resto, vivía en una casa alquilada por Mawlana. Y si veía que algo de lo suyo le gustaba, se lo daba en obsequio. No importaba qué.

—¿Le gusta ese tractor rojo, Rauf? Quédeselo. Es suyo.

Claro, una cosa era el obsequio. Otra, era la logística para traérselo a la Argentina. Rauf lo aceptó como un bello gesto de su parte. 

Luego de tratar a la esposa de Sheik Nazim, volvió a la Argentina, pesando 82 kilos. Había partido meses atrás con 61. Su hijo, que había ido a buscarlo al aeropuerto, siguió de largo. No lo había reconocido.

***

Desde aquel tratamiento huesero con su esposa, el vínculo con el maestro Sheik Nazim se volvió más íntimo.

Como muestra de generosidad, el maestro le obsequió su saco. Su bastón. Le hablaba en privado. Una vez, mientras compartía con su maestro la oración del amanecer, Rauf sintió que el maestro y él sobrevolaban su dergah en Patagonia —la vieron cubierta de nieve—, rezaban dos ciclos de oración y luego volvían a Chipre. Esa noche, Rauf telefoneó a su esposa y le dijo que esa mañana había nevado.

En cada viaje a Chipre, Rauf le llevaba al Sheik Nazim, de obsequio, tés, libros de fotografías de Aldo Sessa, lanas, ponchos, fósiles y un manto de vicuña de cien años de antigüedad. Cada vez que llegaba con un libro, el maestro preguntaba y preguntaba hasta que Rauf se quedaba sin respuestas. Una vez, llegó con un libro de fotografías de cóndores. Y Rauf fue preparado.

—¿Cuánto mide el cóndor, Rauf?

—Mide tanto.

—Ajá. ¿Y cuánto vuela?

—Tanto.

—Ajá. ¿Y cuántos hijos tiene el cóndor?

—Tanto.

—Ajá. Y dígame, ¿el cóndor es monógamo?

—Ahí me agarró, Mawlana. Ese dato no lo sé.

El maestro se moría de risa. Se divertía buscando el lado vulnerable de sus discípulos.

En 2003, en Chipre, el maestro le anunció:

—Mi propio maestro, el gran sheikh Abdullah me dice, desde el mundo de los espíritus, que quiere un maqam suyo en la Patagonia. ¿Usted puede hacerlo?

En el sufismo, una de las prácticas recomendadas es visitar maqams: tumbas de maestros. Visitar la tumba de un santo es llevarse un poco de su aura. El propio Profeta decía que visitarlo en su tumba era como visitarlo en vida. Entre los sufis naqshbandis, no solo se construyen maqams con restos físicos de maestros. También un maestro puede dar permiso para construir una tumba sin restos. Una tumba solo con su presencia espiritual. Un maqam energético.

—Esos maqams, Rauf, son réplicas exactas de las tumbas reales. Son antenas repetidoras. Lo que uno pide allí, va directo hacia el cielo y le llega al santo.

Rauf tenía una habitación sin terminar junto al lugar de oraciones, donde proyectaba construir una cocina. En quince días, la reacondicionó y colocó la tumba del maestro Sheikh Abdullah al Faiz Daghestani.

—Que el cajón no sea muy grande. Y que no haya bombitas eléctricas. Ocúpese de que siempre haya una vela encendida.

Rauf tomó la indicación de Mawlana al pie de la letra y se aprovisionó de cajas y más cajas de velas. Con la obra terminada a pedido de su maestro, la esposa de Rauf y sus hijos no tuvieron más miedo. Podían pasar días, con su marido fuera, sin temor. Rauf, por regla general, era un hombre sin miedo. Hasta que una noche observó desde fuera que la vela del maqam estaba apagada. Cuando entró para encender una nueva sintió que había alguien que no era de este mundo, y eso lo aterró. Sintió frío. Sintió pánico. Y sintió, por primera vez en su vida, que debía escapar.

Semanas más tarde, voló a Chipre y le contó el episodio a Mawlana. El maestro llamó a otra gente. Pidió a Rauf que repitiera la historia, y se rio.

—¿Sabe por qué me río, Rauf? No se preocupe por lo que sintió esa noche. El maqam que construyó en memoria de mi maestro, lo visitan los yines.

Los yines son, en el islam, seres de fuego que conviven con nosotros, pero sin que podamos verlos. En otras culturas son duendes y hadas. Hay yines creyentes y hay yines jodidos. El Demonio es el jefe de todos los yines. Cuando Dios creó a Adán, ordenó a los ángeles y a los yines postrarse ante él. Pero el Demonio dijo: no way.

—Yo estoy hecho de fuego —argumentó Satanás—. Adán es de tierra.

Y lo demás es historia conocida: expulsión, condena eterna, y la promesa del Demonio de vengar el exilio jorobando la vida de la creación más querida de Dios.

Sheik Nazim explicó:

—Los ángeles más poderosos sostienen el trono de Dios. De la transpiración de estos ángeles que trabajan para el trono de Dios surgen estos yines que visitan el maqam en su casa. Los maestros los llaman subhani yins. Los yines de alabanza. El suyo es el único maqam que conozco visitado por suhbani yins. Son seres de fuego que queman los pecados. Una advertencia, Rauf: no permita que nadie duerma cerca del maqam. Podría ser muy peligroso.

El maestro podía detectar el origen familiar de cada uno con solo mirarlo a los ojos. De ese modo sabía, entre otras cosas, quiénes eran descendientes del Profeta. A Abdul Rauf le dijo que su origen era árabe.

—Usted, Rauf, tiene sangre yemení. De allí viene su origen. Usted, aunque no lo sepa, es yemení. Si va a Yemen nadie se va a dar cuenta de que usted es argentino.

Sheik Nazim alentaba a Rauf a viajar. Le daba dinero para recorrer Latinoamérica hablando de sufismo. Le decía que la Argentina era su responsabilidad. Y luego le decía que toda Latinoamérica era su responsabilidad.

Desde 2010, Rauf visitó Perú. Bolivia. Paraguay. Uruguay. Chile. Daba charlas multitudinarias y charlas sin un alma. Inició gente al sufismo en nombre de su maestro. Recibió elogios y recibió críticas.


No es un objeto cualquiera. Es un átomo del hombre que estuvo a una distancia de dos arcos de Dios. Y esos pelos ascendieron con él. Están impregnados de esa epopeya.


Viajó diez veces a México, donde conoció a un anciano nativo que asegura ser Don Juan, el chamán que enseñó a Carlos Castaneda, y a quienes creen que el revolucionario Emiliano Zapata era un maestro sufi oculto.

En 2016, ya muerto mawlana, su hijo Mehmet, el nuevo líder de la orden naqshbandi, lo mandó a llamar: cuando Rauf llegó a Chipre, Mehmet le dijo que en una semana viajaría a Estambul donde iniciaría un retiro de 40 días sin hablar con nadie. Una halwa: la práctica más intensa del sufismo, que todo sufi debe practicar al menos una vez en su vida. Se despoja de todo —gente, distracciones, charla, celu— para ver a Dios.

—¿Usted puede venir a Estambul, Rauf, a hacer la halwa? —le preguntó Sheikh Mehmet, sucesor de su maestro—. El Profeta lo invita.

Dijo que sí. Cómo no. Para hacer aquel viaje, que pensaba sería corto, Rauf había llevado un bolso pequeño.

—Mire que es duro, eh —le advirtió Mehmet.

Horas antes del retiro, le mostraron la habitación, separada por telas —habría otros diez discípulos antiguos—, pequeña y apretada. Rauf imaginó 40 días encerrado allí y se las vio feas. Pero aguantó.

Dormía dos horas. Y comía lentejas día y noche. Una vez, el demonio se sentó a su lado. Piel color aceituna, un olor que jamás había sentido. Y le dijo cosas que solo el demonio puede decir y que él prefiere callar.

Aquel que se retira en la halwa, se dice, está a tres velos de Dios. En un momento del retiro se acerca aún más y está a dos velos. Y hay un día en que todo velo desaparece. Es un momento de terror y esperanza. Ese día es el día 39, y es el momento de los pedidos. El que está en halwa, se dice, puede pedir ese día lo que sea, que se le dará. Rauf pidió, entre otras cosas, hijos para los sufis que no podían tenerlos. Y los hijos vinieron. En esos 40 días, Rauf adelgazó 12 kilos. Y terminó la halwa soñando con ñoquis, mollejas y milanesas. Recomiendan permanecer en el lugar diez días más, hasta que uno logra poner los pies en la tierra. Pero Rauf tenía un viaje a Colombia al día siguiente, así que salió, aún en carne viva, aún volado, rumbo al aeropuerto.

—Podía escuchar los pensamientos de la gente. Era tan abrumador que tuve que bajar la vista para no volverme loco —le contó a su esposa—. Fue duro volver.

En ese retiro sucedió algo más, algo decisivo. Mehmet —el sucesor de Sheik Nazim— hacía el retiro en otra habitación, y los demás le escribían preguntas en un papelito y las entregaban al hombre que traía y retiraba la comida —las interminables lentejas—. Rauf le mandó un papelito en el que decía que sería una bendición contar con una reliquia del Profeta en su comunidad de Patagonia. Sheik Mehmet atesoraba, en una caja cerrada y envuelta en decenas de pañuelos, pelos del Profeta que datan de 1400 años. Un tesoro preservado de maestro en maestro. Parte de ese tesoro, su padre lo había repartido entre un representante de Estados Unidos y otro de Alemania. Rauf quería uno para la Argentina. Pero como no se animaba a pedirlo directamente a Mehmet, lo hizo a través de su sobrino, quien además de compartir el halwa compartía el mismo nombre que Mehmet. Por error, el papel, en lugar de ir al sobrino, fue a parar al propio Sheik Mehmet. Y él apuntó en otro papel la respuesta:

—Si Dios quiere, cuando visite la Argentina, la llevo.

Meses más tarde, en su primera visita a la Argentina, Sheik Mehmet hurgó en el bolsillo de su chaleco y le entregó un frasco minúsculo en el living de su casa en Mallín Ahogado:

—Aquí la tiene. Ahora usted está a cargo. Cuide la reliquia.

—Mi intención es llevarla por toda Latinoamérica.

—Usted es fuerte. Sabe lo que hace. Cuídela.

—Así tienen oportunidad de verla hermanos de todo el continente.

—Usted cuídela.

Desde entonces, Rauf voló con ella en el bolsillo. Y la exhibió sosteniéndola con ambas manos, con tanto temor a que se cayera que le dio tendinitis. La llevó por México. Mendoza. Chile. Transpiró. Sufrió. Y regresó con la reliquia a salvo.


La reliquia cuenta con más de 1400 años de antigüedad.

***

En Mallín Ahogado, si uno quiere hablar con Abdul Rauf primero tiene que trabajar. Depende de lo que a él se le ocurra, puede ser alimentando animales, limpiando baños. Esta tarde de abril de 2018, antes de conversar con él, acarreo leña. Llenamos dos camiones. Trabajamos codo a codo con él y un baqueano. Rauf carga troncos bajo el brazo, que yo necesito arrastrar. Luego, me cita en su casa: me toca rastrillar el pasto mientras él pasa su desmalezadora.

—Vas poniendo el césped cortado en pilas —dice Rauf, con gafas de protección y zapatones de cuero—. Cuando terminás, llevás el pasto en esa carretilla al corral de las cabras.

Es difícil seguirle el ritmo. Rauf hace todo a más velocidad que lo normal. El predio de Rauf incluye una mezquita, el maqam, un espacio para el cementerio —aún sin estrenar—, una casa de huéspedes, granja, huerta, una casa para la familia de su hija, un consultorio, y hasta una tienda de comida, ropa islámica y libros sobre sufismo junto al estacionamiento. Incluye todo eso y, por supuesto, la casa de Rauf y su familia, que es precisamente donde ahora recojo pasto. Rauf apaga la desmalezadora y señala unas ventanas de arriba.

—Esa es la habitación donde guardo la reliquia. Mawlana sheikh Mehmet me indicó que la guardáramos en el lugar más alto de la casa. Así que más alto que eso no puede estar. No es un objeto cualquiera. Es un átomo del hombre que estuvo a una distancia de dos arcos de Dios. Y esos pelos ascendieron con él. Están impregnados de esa epopeya.

Cuando Sheik Mehmet llegó de visita por primera vez a la Argentina en 2016, Rauf lo hospedó en esa misma habitación con baño privado: el altillo. Y, tras su partida, el lugar quedó vedado para la familia y solo alberga la reliquia. Una noche, a poco de llegar el cabello a la casa, en un descuido Rauf subió al altillo para acceder al baño. Se orinaba y el baño estaba ocupado. Cuando entró a la carrera en la habitación vacía vio luces. Vapor. Calor. Retrocedió y evitó por poco caer por las escaleras.

—No sé lo que fue. Y no me preguntes lo que vi. Pero desde esa vez, antes de entrar, saludo al Profeta y pido permiso. Ahora trato de entrar solo por necesidad, cuando tengo que exhibir la reliquia durante algún día sagrado.

Hago las preguntas sensatas y un poco idiotas de todo periodista.

—¿Y cómo la cuida? ¿Tiene alarmas en la casa? ¿Deja seguridad cuando no está?

—¿Cómo voy a cuidar algo tan poderoso? Yo soy nadie, no soy nada. La reliquia, m’ hijo, se cuida sola.

Camino a la casa, Rauf se detiene en el umbral y añade:

—Igual, la gente de acá sabe que estoy armado. Pero en 20 años que estoy, excepto un ratero que es conocido en el pueblo, nunca nadie se metió en mi tierra.

El Bolsón es una ciudad copada por sufis: en el banco, en la plaza, en la carnicería hay musulmanes de gorro y pañuelo. En Mallín Ahogado hay aún más: maestras, psicólogos, carpinteros. El sufismo es polirrubro.

Hasta la mezquita de Rauf llega gente rota. Y en semanas —Rauf ofrece techo y comida sin costo— la gente se repara.

Las cosas tienen la dosis justa de incomodidad: se duerme en un colchón en el suelo, si querés mirarte al espejo hay uno del tamaño de una tarjeta de crédito que usan los hermanos para afeitarse. Todo obstáculo requiere un esfuerzo. Y de todo pozo se sale poniéndole garras. Y la mezquita de Rauf tiene el peor de todos los obstáculos: no hay internet. Sin conexión a wifi, lo único que te queda es caminar un kilómetro hasta la escuelita del pueblo y mendigar, junto a un puñado de vecinos y niños en bici, una hilacha de banda ancha. Chequear un mail significa un kilómetro de ida y otro de vuelta. Al final, en lugar de googlear hacia afuera, uno descubre que debe googlear hacia adentro.

***

Días más tarde, visito su viejo consultorio —pronto se trasladará a uno nuevo e independiente de la casa familiar—, y entre fotos de Mawlana, estandartes militares y memorabilia de Malvinas, Rauf me dice:

—Sheik Nazim era mi maestro. Era mi guía. Era mi padre. Cuando se murió, pensé que me moría yo también.

De pronto se le llenan los ojos de lágrimas, se lo ve desnudo y frágil, pero vuelve a la compostura.

—Sheik Nazim defendió toda su vida la vuelta del sultanato. El regreso a los tiempos del imperio Otomano, cuando el islam unía en paz bajo la misma bandera pueblos de toda índole. Mawlana me pidió que buscara un descendiente auténtico de los incas. Porque él era de la idea de que en América debíamos volver a tener un rey. Y que ese rey debía ser de un pueblo originario imperial. Encontramos a una anciana, la única sobreviviente auténtica. Pero hasta ahí llegamos.

En El Bolsón, Abdul Rauf parece ciudadano ilustre: lo saluda Néstor, el carnicero. Lo saluda un grupo de maestras en el correo. Hay sufis en el banco, en el súper, en las plazas, que se acercan y le dejan papelitos, le besan la mano. Y hasta el intendente y su esposa cada dos por tres van a cenar con él. Rauf participa en actos públicos. Bendice obras. Inauguró en una plazoleta el monumento a los libaneses. Durante años, fue jefe de la junta vecinal. Hoy por la tarde, asistirá al sepelio del dueño de la gasolinera del pueblo.


El Bolsón es una ciudad copada por sufis: en el banco, en la plaza, en la carnicería hay musulmanes de gorro y pañuelo. En Mallín Ahogado hay aún más: maestras, psicólogos, carpinteros. El sufismo es polirrubro.

***

Conocí a Rauf por sugerencia del propio Sheik Mehmet, el hijo de Nazim. A fines de ese año, Mawlana vino de Chipre para visitar Argentina y le propuse que viniera a la dergah de mi ciudad.

—Hable con Rauf —me dijo mawlana sheikh Mehmet—. Él está a cargo de todo mi viaje.

Yo había visto las charlas de Rauf. Me parecían inspiradas y encendidas. Islámicas y argentinas. Había conocido muchos sufis y hermanos antiguos que eran malas imitaciones de Mawlana —e incluso malas imitaciones de representantes de Mawlana—. Pero de alguna forma, Rauf había encontrado un estilo propio. Yo había visto fotos de su grupo en Mallín Ahogado. Me extrañó no haberme cruzado nunca con ninguno de ellos en todo este tiempo. Éramos, aún bajo un mismo maestro, extraños.

—Si venís a Mallín Ahogado, vas a ver discípulos puros —me alentó Ahmed Isa, psicólogo transpersonal, el primer sufi en mudarse a Mallín Ahogado—. Rauf es el único en Latinoamérica que lleva a fondo las prácticas tal como las aprendió de su maestro.

***

Paso horas conversando con Rauf sobre un banco de madera, en la entrada de su casa en Mallín Ahogado. Afuera, en un arenero, unos gatitos juegan entre ellos como pequeños tigres. Atardece. A metros de aquí, ruido de gallinas y rebuznos. El rebuzno, al comienzo, parece una máquina mal aceitada.

—Tengo burros. Son animales hermosos. Los burros espantan a los zorros. Cuando Mawlana conoció este lugar, no lo podía creer. De todos los sitios que visitó en Argentina, aquí fue donde más tiempo permaneció.

El sheikh hace su trabajo de sheikh. Dentro de poco, me va a poner el dedo en la llaga. Ahora, me pregunta por mi familia. Por mi trabajo. Le digo que la ropa islámica —la ropa sunna— me cerró puertas en el trabajo.

—Es raro porque la ropa sunna trae bendiciones. Y es protección. Pero eso que vos llevás no es ropa sunna.

Tengo camisa larga pero normal. Gorro islámico. Pantalones largos, pero corrientes. Me falta el chaleco.

—Es casi sunna, mi ropa —digo.

—¿Casi sunna? ¿Qué es casi sunna? —Rauf ríe como una araña que ríe cuando queda atrapada una mosquita—. Se tiene ropa sunna o no se tiene ropa sunna. Y vos no la tenés. Punto.

***

Al día siguiente, paseamos por El Bolsón.

—La primera vez que vine a este pueblo fue en temporada alta y no me gustó —cuenta Rauf—. Estaba lleno de hippies. Mucha droga. Mucho alcohol. Un lugar muy sucio. Luego, me tocó acompañar a un amigo y vine en temporada baja y me pareció muy bonito.

Nos cruzamos con un sufi de barba larga que saluda discretamente, la cabeza baja.

—A este, después de años de vivir en casa, lo descubrí mostrándoles videos indecentes a mis hijos. Desde entonces, solo tiene permitido venir al dhikr y al jumma el viernes. Nada más. Hace más de 20 años que no me enojo. Preguntale a mi señora. No, vos no sabés: si me enojo, no queda nadie en pie.

Jura que ya ni siquiera maldice ni putea. En su lugar, cuando algo lo disgusta, repite la frase:

—La hawla wa la quwata, illa billahi al aliyyu, al azim (no hay poder ni fuerza salvo en Dios, el Altísimo, el Infinito).

Que es lo que un musulmán dice cuando las cosas lo superan. Un musulmán recuerda que nada está bajo su control. Pero putear, jamás.

Cuando atravesamos una plazoleta de la comunidad sirio libanesa, Rauf señala un edificio, enfrente.

—¿Ves esa construcción? Eso funcionaba como mezquita. La construyeron los libaneses que vinieron a vivir aquí, un siglo atrás. Pero el hombre que dirigía todo murió y los hijos no lo continuaron. Hoy, eso es sede de la universidad.


Mawlana me pidió que buscara un descendiente auténtico de los incas. Porque él era de la idea de que en América debíamos volver a tener un rey. Y que ese rey debía ser de un pueblo originario imperial. Encontramos a una anciana, la única sobreviviente auténtica. Pero hasta ahí llegamos.


Camino al auto, Rauf saca una conclusión:

—En la Argentina, los inmigrantes árabes no tenían una fe fuerte. Ellos, de hecho, venían escapando de los otomanos, que eran los que tenían fe fuerte. Esa es la gente que vino hasta aquí. Gente que escapó para seguir tomando alcohol y dejar sus tradiciones.

Dice que está cansado de tanto trajín. Pronto, comienza una gira por Buenos Aires y Uruguay. Regresa y vuelve a partir a Perú, Bolivia y México. Iniciará gente. Casará gente. Formará grupos. Escuchará un sinfín de problemas. Y en el bolsillo de su chaleco, un frasco con un pelo diminuto de más de 1400 años. Que encontró, desde entonces, a su nuevo guardián. 

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