Relatto | El cuento de la realidad
Relatto | El cuento de la realidad

Por:

Capítulo 9

 

'Jordi', para trabajar en esto debes mejorar dos cosas: tu vestido y tu actitud”.

Después de que Juan Carlos Guzmán Betancur recibió la ciudadanía española su empleo en Caritas le fue revocado. Como un nacional más del territorio español debía dejarle ese campo a otro que lo necesitara y salir en búsqueda de trabajo por su cuenta. Después de presentar una serie de pruebas fue contratado en un hotel como recepcionista. Ahí debía entenderse con gente de todas partes, desde británicos que hablaban desde el más fino inglés hasta turcos que apenas si lo entendían. Sea como fuere, todo ello le sirvió para desenvolverse más con el idioma. 

Con el castellano las cosas fueron más sencillas, pero no por ello menos interesantes. Los modismos de la lengua, siempre más variante que el inglés o el francés, le enseñaron a distinguir los acentos y giros idiomáticos de varios países y regiones, y entonces, después de cruzar unas palabras con los clientes, ya podía reconocer de dónde era cada quien. El trabajo en un hotel podía no ser tan divertido como hubiera aspirado de haber llegado a la universidad para estudiar Medicina, pero estaba conforme en todo caso. Era cómodo, y el resto fue sólo cuestión de adaptación, algo en lo que nunca tuvo mayor problema. Con los años había aprendido a acomodarse a la situación que le correspondiera. 

Durante el tiempo que estuvo en ese hotel conoció desde cómo se hacía un check-in hasta cómo se operaba el software de registro de los visitantes. Cuando la época de vacaciones llegó, viajó a Colombia, donde se reencontró con su abuela. Se trató de una visita corta, luego de la cual regresó a España para seguir con su vida. En Madrid tenía unos amigos que para entonces lo conocían como 'Jordi' —un mote que había adoptado como si fuera su nombre de pila— y con quienes compartía buena parte de su tiempo. Sin embargo, en lo que concernía a su labor en el hotel, fue sólo cuestión de meses para que empezara a sentir un verdadero hartazgo. Dicho empleo se le había convertido en una rutina pesada de llevar. Lo suyo no iba para nada con estar detrás de un escritorio. 

Durante la estadía en Madrid, Juan Carlos Guzmán Betancur trabajó algún tiempo como recepcionista en un hotel.

Para mediados de 1998 su ambición se había fermentado de manera tal que, sin siquiera vislumbrarlo, ya empezaba a ser el combustible de una maquinaria para el crimen que con el tiempo se soportaría en el robo y el engaño. La chispa que encendió todo, sin embargo, provino de una forma inesperada. Ese año, mientras trabajaba en el hotel, volvió a tener noticias de Byron, el amigo que había conocido en el FDC de Miami. Byron también había recuperado la libertad y radicado en España, donde seguía metido hasta los tuétanos en el negocio del narcotráfico y con amplias conexiones en el mundo del hampa, conexiones que a la larga le abrirían nuevos rumbos a un codicioso Juan Carlos Guzmán Betancur. Como él mismo cuenta:

“Había regresado a España después de unas vacaciones en Colombia, pero me sentía en el limbo. No sabía bien qué hacer con mi vida y los días pasaban sin que algo cambiara en lo más mínimo. Como no tenía mucho por hacer empecé a sentirme atraído por la historia y la literatura. Así que un día tomé un libro y enseguida me aficioné a la lectura. Uno de los primeros libros que leí fue 'El coronel no tiene quién le escriba', de Gabo1. Recuerdo que lo acabé en un día. Después seguí con 'Los funerales de la mamá grande'2, enseguida con otro y así sucesivamente. Luego, por casualidad, un amigo me regaló un libro de Isabel Allende3. Era 'La casa de los espíritus', una mezcla de lo que a mí tanto me gusta: realidad histórica y ficción. Desde entonces no dejo de leer cuanto libro se publique de ella. Allende y María Callas4 son las dos únicas mujeres que me acompañan en la vida a donde vaya, aunque de Callas vine a saber mucho después, cuando me aficioné a la ópera. 

En Madrid tenía unos amigos que para entonces lo conocían como 'Jordi' —un mote que había adoptado como si fuera su nombre de pila— y con quienes compartía buena parte de su tiempo.

“Todo ese bagaje lo aprendí mientras vivía en España, cuando —como ya dije— me encontraba sin rumbo fijo. Por ese entonces conocí un par de chavales y cada tanto iba con ellos de tapas5 o a frecuentar uno que otro chiringuito. Por esos días también había vuelto a contactarme con Byron, el amigo que hice en el Federal Detention Center, en Miami. Solíamos hablar por teléfono cada tanto después de que él recuperó la libertad, lo cual había ocurrido hacía más bien poco.

“En ese tiempo España no le exigía visa a los colombianos. Así que aprovechando ese beneficio Byron había llegado a vivir al país. El tío seguía bien metido en lo suyo: tráfico de drogas. En una de tantas habladas telefónicas me dijo que teníamos que vernos. Me invitó a que me pasara por Valencia, donde había conseguido un piso6. Byron había sido mi mejor amigo durante el tiempo que estuve en el FDC, pese a la diferencia de edad. Así que no dudé en verme con él. Apenas tuve la oportunidad fui a visitarlo. Esa vez hablamos de todo. Nos seguimos viendo con regularidad y en otra visita que le hice me despaché en críticas acerca de mi trabajo. Le dije que sentía la necesidad de hacer otra cosa. Algo que no sólo me diera más pasta7, sino también la posibilidad de comprar lo que quisiera y poder viajar. Byron lo tomó por donde era. Entonces me hizo una propuesta que desde su posición era de esperarse:

—¿Por qué no trabajas conmigo? —me sugiere.

“Le digo que si es con tráfico de drogas mejor que se olvide del asunto, pero Byron es de los que se pega a una idea. Insiste:

—Si lo que quiere es plata, este es el negocio —dice—. Anímese pues, yo lo llevo bien ahí.

—Olvídalo, Byron. Eso no va conmigo —le digo—. No me interesa. 

“Me explica que él me recomienda con sus contactos, que me presenta con lo jefes del negocio y todo lo demás. Empieza a armarse una película en la cabeza, pero yo sigo poniéndole freno. Le insisto que se olvide.

—Vea 'Jordi' —me dice mientras sostiene un cigarro entre los labios y lo enciende con un mechero desechable—, usted ya tiene la ciudadanía española. Eso nos facilita mucho las cosas, porque eso es lo que les interesa a los jefes. ¿Si me entiende?

—Ajá.

—Si entra en el cuento, le apuesto a que asciende así de rapidito —me dice chasqueando los dedos—. Los patrones lo tendrían en cuenta para el negocio que fuera.

—Escucha —le digo—. Tú, más que nadie, sabes las penas tan altas a las que se arriesgan los narcos. ¿Para qué coños quieres meterme en eso?

—Porque si yo tuviera la ciudadanía española me la pasaría yendo y viniendo de Colombia cargado con coca —me suelta—. Es por eso que se lo digo, güevón. A usted no le ponen las trabas que nos ponen al resto de colombianos.

Por esos días también había vuelto a contactarme con Byron, el amigo que hice en el Federal Detention Center, en Miami. Solíamos hablar por teléfono cada tanto después de que él recuperó la libertad, lo cual había ocurrido hacía más bien poco.

“La conversación siguió por un rato más pero no llegó a nada concreto. Byron se cansó de insistir y yo de negarme. Botamos corriente hablando de cualquier cosa, pero después vuelve y retoma. Me pregunta qué me gustaría hacer. Si estoy decidido a seguir en el hotel o definitivamente a cambiar. Le digo entonces que es una decisión tomada, que me voy de ese lugar. Que me pondré a hacer otra cosa, menos tráfico de drogas o lavado de dinero.

—Esas cosas tienen mucho riesgo —le dije.

—Como todo en la vida —acotó él.

—Sí, pero donde te capturen, el lío en que te metes es mayor. Tú lo sabes, Byron. Lo has sufrido en carne propia. No sé por qué sigues en eso.

—¿Qué ha pensado entonces, 'Jordi'? ¿Qué le gustaría hacer? —me pregunta.

“Le digo que no tengo la menor idea. Que he pensado un par de cosas de las que escuché hablar en el FDC, pero que no me interesa ganar pasta por montón para después podrirme en una cárcel. 

—La idea es hacer algo de lo que se pueda salir fácil —le digo.

—¿Alguna banda? —pregunta.

—¿Estás bromeando, Byron? —me encabrono— ¿Te parece fácil una banda? ¿Has visto las penas que paga esa gente? Son capaces de vender a su propia madre con tal de salvarse el pellejo. Nada de bandas.

“Me dice entonces que lo que pasa es que ando complicado, que le estoy poniendo peros al asunto. Me sale con que había pensado en una gente que quizás me podría interesar y que por eso me había dicho lo de la banda. Dice que se trata de unos peruanos que trabajaban en hoteles, pero no me explica nada más, me deja en ascuas.

—¡¿Peruanos?! —le pregunté intrigado.

—Sí. Pero no crea que son cholos —me dijo—. No tienen ni un pelo de indígenas. Los ve en la calle y parecen unos alemanes completos.

—¿Y qué es lo que hacen pues? —seguí averiguando.

—Toda la familia está metida en el asunto. Se dedican a robar en hoteles, a los turistas, pero no a mano armada...

—¿Entonces?

—A base de engaños. Son unos timadores completos, muy ingeniosos. Cada quien hace su parte: uno es el campanero8, otro distrae, otro mientras tanto roba, y así...

—Pero es una banda organizada —le replico.

—Muy organizada parce9, muy organizada. Pero igual, no tiene que unírseles sino quiere, aunque puede aprenderles algo.

“Debo admitir que aquello me inquietó. La cuestión no sólo sonaba ingeniosa, sino que guardaba relación con el mundo de los hoteles, algo en lo que me venía moviendo. Tenía terreno abonado ahí. Le pregunté a Byron qué tanta cercanía tenía él con esos peruanos y si eran de fiar. Me dijo que sí. Que hablaba con frecuencia con ellos y que incluso por esos días pasarían por allí, por Valencia. Me comentó que estarían de paso y que luego seguirían a Japón por cuestiones de trabajo.

—Con ese trabajo andan por todo el mundo. Así de fuertes son —dijo Byron—. ¿Le gustaría conocerlos? —me preguntó.

Le digo entonces que es una decisión tomada, que me voy de ese lugar. Que me pondré a hacer otra cosa, menos tráfico de drogas o lavado de dinero.

“No hizo falta que insistiera. La idea me entusiasmó más de lo que hubiera imaginado. Tenía curiosidad de conocer a esa gente, así que antes de partir para Madrid acordé con Byron regresar a Valencia para cuando los peruanos estuvieran allí. En el fondo quería averiguar si tenía posibilidades de ganarme una buena pasta haciendo lo mismo que ellos.

“Los peruanos llegaron a Valencia al cabo de un par de semanas. Byron me llamó para que fuera a su apartamento a conocerlos, así que abordé un tren y viajé desde Madrid. Cuando entré al piso estaban todos allí tomándose unos tragos. Eran cinco. De inmediato me llamó la atención su estampa. Desde el padre hasta el hijo parecían unos gentlemen completos. Altos, rubios, con muy buena apariencia. Después supe que hablaban un par de idiomas. La mayoría, sino todos, habían estado también en prisión por cuenta de su trabajo, pero al parecer había valido la pena: gracias a él tenían un piso propio en un buen sector de París y no sé cuántas cosas más, todas de lujo.

“Byron me presentó con ellos. Resultaron ser unos tíos de lo más formales. Así que mientras ellos hablaban de lo suyo yo me senté en un sofá y no abrí la boca para nada. Me fijé mucho en sus maneras. Eran elegantes, nada burdas, como uno esperaría de la gente del 'gremio'. Sólo por momentos yo cruzaba un par de palabras con el menor de ellos. Nada importante. Me preguntaba si quería más licor o en qué trabajaba. Siempre he sido muy callado, más aún cuando apenas estoy conociendo a las personas. Apenas si alzaba la voz para no interrumpir toda esa charla, que seguía con atención. 

“El mayor de ellos, Iván10, quien también era el líder de la banda, se encargó de incluirme en la conversación. Acabamos hablando de todo durante horas. Cuando rompimos el hielo parecíamos amigos de toda una vida. Luego me empezaron a explicar lo que hacían. Iván tomó la vocería:

—Entramos solo a los hoteles grandes, cinco estrellas —dijo—. Entre los huéspedes buscamos los que aparentemente tienen más dinero y les caemos encima.

—¿Los siguen? —pregunté.

—No. No tenemos tiempo para eso. Es cuestión de analizar —explicó—. Sólo los observas bajándose de un taxi y, como dicen, por la maleta se conoce el pasajero. 

“Me dijo que también tenían en cuenta otras cosas. Que se fijaban en los zapatos y en el reloj que llevaba el fulano que iban a asaltar. Dijo que esas cosas hablan mucho de una persona y que la banda mantenía pendiente de gente así todo el tiempo en los hoteles.

—Es algo en lo cual todos estamos muy atentos —dijo—. Nos pasamos datos entre todos por medio de señas o llamadas al celular. En esto hay que trabajar en equipo, no conozco al primero que lo haga solo —apuntó.

Byron, amigo que conoció en Federal Detention Center de Miami, invitó a Juan Carlos Guzmán Betancur a incursionar en el mundo de la venta de drogas.

“A medida que hablábamos pude darme cuenta de que aquello que me dijo Byron era cierto: la banda era más grande de lo que había podido imaginar. Las esposas, tías, hermanas y no sé cuántos familiares más de los peruanos hacían parte de ella, aunque no siempre participaban todos. Según dijeron, se rotaban y trabajaban con ellos cada tanto. De a poco, Iván me fue soltando más detalles de cómo hacían cada cosa. De vez en cuando se detenía para comentar una anécdota y luego retomaba. En un momento pasó a revelarme el modo en que engañaban a la gente. Mientras estaba en esas me pregunta:

—¿Has oído hablar de la técnica del chocolate?

—No, para nada —le digo— ¿De qué se trata?

—Es de lo más común que existe, pero hay que moverse rápido —explica—. Consiste en acercarse a un turista y untarlo con chocolate sin que se dé cuenta. Luego le dices que está sucio y mientras ayudas a limpiarlo otro de nosotros llega inadvertido y se va con una de sus maletas o el portafolios. Es un trabajo en equipo.

“Le dije que sonaba fácil, pero el comentario casi me quema la boca. Me dijo que una cosa era decirlo y otra muy distinta hacerlo.

—Intenta siquiera hacerlo en la recepción de un hotel con gente de seguridad por todos lados y verás cómo te va —me advirtió—. Es por eso que se debe trabajar en equipo. Debemos cuidarnos la espalda entre nosotros —acotó.

“Pregunté entonces si siempre usaban la misma técnica, pero me dijo que no. Que incluso la del chocolate ya era vieja, que nadie la usaba porque estaba muy manida. Me advirtió que el secreto de cada golpe estaba en mantener innovando, ir un paso adelante de la policía y que todos los integrantes estén siempre comunicados, fue algo que subrayó. 'Siempre, en cada robo, coordinamos las cosas por celular', señaló. Hablamos de su trabajo durante toda la tarde, y para cuando estaban por marcharse, bien entrada la noche, el propio Iván me invitó a que fuera con ellos.

—'Tienes que venir con nosotros uno de estos días para que veas cómo se hace —dijo.

(La técnica del chocolate) Consiste en acercarse a un turista y untarlo con chocolate sin que se dé cuenta. Luego le dices que está sucio y mientras ayudas a limpiarlo otro de nosotros llega inadvertido y se va con una de sus maletas o el portafolios. Es un trabajo en equipo.

“Aquello me pareció una pincelada de algo que prometía ser más interesante en la práctica que en la teoría. Era un negocio que pintaba eficaz y que al parecer daba buenos resultados, a juzgar por el modo de vida que llevaban los peruanos. Yo había quedado como 'wow' con todo eso. Después de ese día nos seguimos viendo con frecuencia, y antes de que siguieran a Japón me invitaron para que los acompañara a Francia. Viajaba a cualquier parte de Europa con mi pasaporte español, así que decidí seguirlos y quedarme en su piso de París un par de días. Por entonces era evidente lo poco que yo hablaba. Resulté ser bastante tímido pese a la confianza que me dieron. Así que un buen día llega Iván y me dice:

—'Jordi', para trabajar en esto debes mejorar dos cosas: tu vestido y tu actitud.

—¿Cómo que mi actitud? —exclamé.

—La verdad es que tú casi no hablas —dijo—. Eres un mudo completo y eso en este trabajo es fatal. Debes soltarte más, tener poder de convencimiento. De lo contrario, nadie te va a creer cuando trates de engañarlos.

“Iván, más que cualquier otro de la banda, resultó ser un maestro del negocio. Un gran tipo, sin prepotencias ni egoísmos. Yo atendía todo cuanto me decía, y cada que podía le preguntaba más. Esa vez, por ejemplo, le pregunté por la ropa. Sabía que no tenía la mejor, pero tampoco conocía qué debía ponerme. Me dijo que no se trataba de usar cosas suntuosas, sino de saberlas lucir por más sencillas que fueran. 

—¿Cuántos mafiosos has visto con traje de diseñador? Aún así se les nota por encima lo matones, ¿no? —dijo.

Bajo la guía de una banda de ladrones peruanos que operaba en hoteles exclusivos de Europa, Guzmán Betancur viajó a París para aprender sobre las tácticas que luego perfeccionaría de modo individual.

“Tenía toda la razón. Empecé a fijarme con cuidado en la ropa que quería comprar. Iba a los almacenes, caminaba por las calles y mientras tanto repasaba a los chavales que se veían bien. Por entonces también empecé a visitar hoteles lujosos por mi cuenta. Entraba hasta el lobby y veía la dinámica de cada quien, hasta el punto de llegar a calcular cuánto se demoraba un huésped, un botones o un recepcionista haciendo lo suyo. No tomaba tiempos. A decir verdad no era nada riguroso, simplemente se trataba de observar. Después regresaba al apartamento de los peruanos y les contaba lo que había visto. Les daba ideas de lo que yo pensaba que se podía hacer. Entonces me sugerían ciertas cosas. Me decían: 'Haz esto o aquello, no te metas con eso, es mejor si lo haces de tal o cual modo'.

“Cada vez se empeñaban en hacerme hablar más. Así fuera estupideces. Su consigna era: habla, habla, habla. Con mucho esfuerzo empecé a soltar. Cuando consideraron que ya era suficiente me invitaron a dar el siguiente paso. Así que Iván se me acerca un día y me dice:

—Mañana vamos a un hotel a trabajar. ¿Quieres ver cómo lo hacemos?

“Era lo que venía esperando desde hacía tiempo. No lo pensé dos veces. Le dije que sí. Aunque me advirtió que yo sólo iría como observador y que permanecería alejado de ellos todo el tiempo. 

“Al día siguiente fuimos al hotel que habían escogido. Era uno grande, cinco estrellas. Nos habíamos separado sólo unos metros antes de entrar. Cada quien sabía lo que debía hacer. Uno, el más joven, era el campanero. Hacía como si esperara a alguien en la puerta. Su trabajo consistía en decir quién podía ser el cliente o llamar por móvil si la situación se ponía fea con la policía. Dos más entraban, y mientras uno distraía al cliente el otro se le llevaba el portafolios o lo que fuera. Otro más distraía al guardia, y el último esperaba a la banda afuera, en un coche. 

“Aquella vez me ubiqué en una pequeña sala de estar, un mezzanine desde el cual se observaba la recepción del hotel. Me sorprendió la agilidad con la que hicieron la cosa. En un parpadeo agarraron el portafolios de un tío que ni siquiera se dio por enterado. Luego se hicieron con la maleta de otro sujeto. Quedé despabilado. Esa fue la primera como de ocho salidas que hicimos. En ninguna de ellas participé directamente, pero aprendí más de lo esperado. Al cabo de unos días los peruanos siguieron a Japón y yo tuve que regresar a Madrid. Nos dejamos de ver por un buen tiempo, pero aún así nunca perdimos el contacto”.


1 Gabriel García Márquez (1927-2014), también conocido como “Gabo”, era un escritor, novelista, cuentista y periodista colombiano. Ganó el Premio Nobel de Literatura en 1982.

2 Gabriel García Márquez, 1962. 

3 Isabel Allende (2 de agosto de 1942) es una escritora chilena considerada la autora viva de lengua española más leída en el mundo. La tirada de sus libros alcanza los 73 millones de ejemplares y sus obras han sido traducidas a 42 idiomas.

4 Ana María Cecilia Sofía Kalogeropoúlou (Nueva York, 1923 – París, 1977), cuyo nombre artístico era María Callas, fue una soprano griega considerada la cantante de ópera más importante del Siglo XX. Llamada por algunos “La Divina”, fue también reconocida por el idilio que sostuvo con el magnate griego Aristóteles Onassis.

5 En España, alimento ligero o en poca cantidad que se sirve en los bares y restaurantes como acompañamiento de una bebida.

6 Modismo español que significa apartamento.

7 Modismo español que significa dinero.

8 Modismo colombiano que se aplica a la persona que alerta a las demás de la presencia cercana de víctimas, testigos y/o autoridades ante la comisión de un hecho que por lo general es ilegal.

9 Modismo colombiano usado con frecuencia en la región de Antioquia (noroeste) y que significa amigo o compañero.

10 Nombre cambiado por sugerencia de Juan Carlos Guzmán Betancur.

 

Más de esta categoría

Ver todo >