Relatto | El cuento de la realidad

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CAPÍTULO 4

 

Lo he sabido desde que era chiquillo”.

Del momento en que fue acogido por Jairo Lozano y su familia, Juan Carlos Guzmán Betancur recuerda: 

“Alguien de Inmigración se me acerca una mañana en el aeropuerto y me dice:

—Va a venir una persona y se va a hacer cargo de ti por unos días mientras te siguen practicando unas valoraciones médicas —y con las mismas salió y se fue. 

“Al rato llegó el cónsul con un hombre vestido de civil. Lo presentó como el policía Jairo Lozano. Me dijo que en adelante él sería el encargado de cuidarme. Así que salí y me fui con él. Me sentía muy confundido con mi situación y ni siquiera tenía claro qué iba a pasar conmigo. Lo cierto fue que desde el comienzo Jairo me pareció un buen tipo. No me incomodó para nada el hecho de que fuera policía. Caminamos hacia su coche, si mal no recuerdo una Cherokee, y me condujo hacia su casa. Mientras conducía me hizo un par de preguntas que ahora no recuerdo de qué iban. Buscaba como romper el hielo con todas ellas, pero fue poco lo que le dije. Siempre he sido muy callado, aparte de que me sentía demasiado ansioso.

“Cuando llegamos, la casa resultó ser la típica americana, llena de palmeras y muchas plantas en el jardín. Me quedé como 'wow' con todo eso. Adentro estaba la esposa de Jairo, Bertha, una mujer que andaba en sus treinta. Era blanca, alta, muy agraciada, de pelo castaño y ojos color miel. También estaba su hijo, Jair, un adolescente de unos catorce años, y una nena de unos cinco años, de rizos rubios, llamada Natalie. Al rato llegó la hija mayor, Susan, una chica que rondaba los veinte, muy atractiva, tan blanca como Bertha, de ojos muy vivaces y cabello claro. Me hicieron pasar a un salón y sentarme en un sofá. Luego empezaron a preguntarme cómo me sentía y cosas así. En principio tomé distancia. Digamos que de cierto modo me sentí intimidado, pero después, con el paso de los días, fui soltando hasta sentirme otro más de los Lozano”.

El policía Jair Lozano y su familia se hicieron cargo del joven Juan Carlos Guzmán Betancur, tras su llegada como polizón a Miami.

***

Luego de la charla de bienvenida, los miembros de la familia lo invitaron a conocer el resto de la casa. Incluso pusieron a su disposición la alacena, para que tomara de allí cuanta comida se le antojara. En lo sucesivo, Juan Carlos —o Guillermo, como creían que se llamaba— compartiría la habitación con Jair, quien dicho sea de paso, sí se veía como un niño de catorce años. La cama de Jair permitía deslizar un tablón debajo de ella. Se trataba de una suerte de catre auxiliar en el que Juan Carlos se acomodó desde la primera noche. 

Durante el día el muchacho era foco de las cámaras y de los curiosos que lo abordaban en la calle y en los centros comerciales, y cuando no, en alguno de los restaurantes de McDonalds, a los que iba con frecuencia junto con los Lozano. De un día para otro se convirtió en el joven latino más popular de toda Miami, una especie de héroe colombiano con quien la gente quería sacarse una fotografía. 

En palabras de Bertha Sotoaguilar:

“Cuando Guillermo entró a la casa parecía sorprendido. No decía nada. Así que Jairo se encargó de presentárnoslo. Nos dijo que se llamaba Guillermo y que tenía catorce años. No le repliqué nada a Jairo en ese instante, pero lo voltee a mirar como diciéndole: 'Este muchacho tiene más edad'. Sin embargo, me acerqué al chico y le di un abrazo de bienvenida. Tuve tiempo de repasarlo sólo un instante. Era muy alto y delgadísimo, con una voz muy delicada y el cabello crespo. Recuerdo que llegó con el pelo muy largo, casi hasta los hombros, tapándole las orejas. Estaba lleno de piojos, por eso al día siguiente decidí cortárselo yo misma.

De un día para otro se convirtió en el joven latino más popular de toda Miami, una especie de héroe colombiano con quien la gente quería sacarse una fotografía. 

“Pese a que aparentaba mayor edad, no tuve ningún tipo de prevención. En lo sucesivo, no le eché más mente al tema. Dejaba que anduviera por toda la casa como cualquiera de mis hijos. Se veía muy humilde. Se la pasaba todas las tardes hojeando unos ejemplares de National Geographic y Vanidades que teníamos en un revistero en la sala. Parecía asombrado de ver cuanta casa y carro lujoso aparecían allí. Yo lo miraba desde lejos y me daba mucho pesar. Esa imagen me enternecía. Con el paso de los días empezó a llamarme 'mamita'. Me contaba que a él le gustaría poder tener todos esos lujos que veía en las revistas. Todo eso me rompía el corazón. Entonces lo abrazaba y le decía:

—Sueña, Guillermo, sueña y verás que algún día todo lo que quieres se te cumple.

“Me respondía como incrédulo, como si eso resultara ser un imposible. Así que lo alentaba. Le decía que contara con nosotros para lo que fuera.

“Recuerdo que llegó sin nada a nuestra casa. Apenas con lo que tenía puesto. Así que decidí llevármelo a K-Mart1 para comprarle algo de ropa. Jair nos acompañó esa vez. Aquello resultó ser un gran esfuerzo para mí, ya que no tenía mucho dinero. Me dedicaba a la floristería y ganaba sólo doscientos dólares a la semana. Básicamente, Jairo era quien mantenía el hogar. Éramos —como ahora— una familia de clase media tradicional, con las dificultades habituales. De todos modos esa vez saqué como ochenta dólares y le dije: 

—Guille —así lo llamaba ya—, escoge lo que quieras, me dices qué te gusta y yo te lo compro.

Con el paso de los días empezó a llamarme 'mamita'. Me contaba que a él le gustaría poder tener todos esos lujos que veía en las revistas.

“Se puso muy contento. Comenzó a caminar por entre las góndolas, midiéndose camisas y buzos y a apartar los que más le gustaban. Jair, que estaba al lado mío, se me quedó viendo en ese momento y me replicó: 

—Mami. Tú nunca has hecho eso conmigo, ¿por qué lo haces con él?

“Se trataba de cosas de niños. Le dije, en buen tono, que no fuera egoísta, que como pobre él lo había tenido todo y que en cambio Guille no tenía nada.

—Él ni siquiera tiene padres, Jair —le recalqué.

“Después de eso, como de costumbre, fuimos a comer hamburguesas a McDonald´s. Ese sitio le encantaba. Era impresionante ver la acogida que Guille tenía entre la gente, no sólo en la comunidad hispana. Las personas lo reconocían en la calle como el niño polizón y lo paraban para hacerse fotos con él. Había quienes incluso se quitaban lo que llevaban puesto para dárselo. Puede parecer exagerado de mi parte, pero esa es la verdad. Para nadie era un secreto que Guille era un muchacho muy pobre. Si yo no hubiera visto la generosidad que la gente tuvo con él, no lo habría creído”.

Como recuerda Juan Carlos:

“Bertha era una gran mujer conmigo, estricta pero también muy cariñosa. Nos trataba a todos por igual, tanto a sus hijos como a mí. Jairo, en cambio, era algo más distante. Mantenía muy puesto en su sitio con su uniforme de oficial. Tal vez por eso me resultaba en ocasiones algo parco. Jair, aunque tenía la edad que yo decía tener (catorce), se la pasaba en el colegio, así que yo sólo lo veía en la tarde. Y con Natalie, ni hablar, era muy pequeña en ese tiempo. 

“Con la que mejor encajé de la familia fue con Susan, la hija mayor. Me resultaba muy divertida. Me trataba como un hermanito pequeño, pero apenas nos llevábamos unos dos años de diferencia, aunque ella ni nadie más de la familia lo sabía. Todos en la casa me apoyaban para que aprendiera inglés, pero fue Susan quien más me motivó a estudiarlo. Sacaba unos cursos de inglés básico para niños y los ponía en la grabadora. Eran unos de Disney. Cuando no estaba practicando inglés, me la pasaba ojeando revistas o viendo televisión. Lo cierto es que me obsesioné con aprender el idioma, así que pasaba mucho tiempo practicando cada palabra con Susan y Jair. Les preguntaba cómo se decía esto o aquello, y la verdad es que resulté bastante receptivo. Desde entonces sentí que tenía mucha facilidad para los idiomas. 

Mientras su estancia con la familia Lozano, Juan Carlos Guzmán Betancur iba con frecuencia a McDonald's, su restaurante favorito.

“Recuerdo también el día que fuimos a K-Mart. Allí Bertha me compró unos zapatos y un suéter de University of Miami. Era verde con una U de color naranja en el pecho. Tengo muy buenos recuerdos de esa época con los Lozano. Para entonces yo era como su ahijado”.

De aquella época, Hernán Gamboa recuerda:

“Mi trabajo en ARCA terminó poco tiempo después del incidente del polizonte. Decidí retirarme por voluntad propia. Estaba harto en ese lugar. Así que me puse a trabajar en el transporte de carga junto con mi familia. Enviábamos paquetería a Colombia y Venezuela desde Florida, a donde llegué en 1986, a la edad de 13 años. Yo soy de Barranquilla2, pero mi papá, quien era un ingeniero muy exitoso en la ciudad, se bebió todo su dinero y nos dejó prácticamente en la calle, así que con mi madre y mi hermano tuvimos que emigrar a Estados Unidos.

“Tiempo después de llegar a la Florida mi madre consiguió trabajo en ARCA. Ella se encargaba de hacer las guías de vuelo y de manejar la carga que entraba, que por lo general eran flores de Colombia y pescado de Ecuador. Varios meses después me recibieron de la nada en la aerolínea porque mi madre me ayudó a entrar. Ingresé a trabajar en el turno de la noche, que era horrible. Me tocaba durísimo. Me capacitaron para hacer planes de vuelo, cosas como calcular el peso y el balance de la carga en el avión con un sistema de computadora súper anticuado de la época. Sin embargo, también era señalero. Es decir, yo era uno de esos tipos que con linternas guían a los aviones para que se estacionen. De hecho, una vez casi no hago parar el avión, los pilotos siguieron avanzando y por poco y me atropellan.

“Así que en ARCA trabajaba toda la madrugada y regresaba exhausto a mi casa a eso de las nueve de la mañana. Mi paso por esa compañía fue una de las experiencias más duras que he tenido en la vida. En medio de todo ese agobio por el que yo pasaba fue que que ocurrió lo del polizonte. Es por eso que lo tengo bien fijado en la memoria.

“A raíz del alboroto que se generó tras su llegada, y luego de que fui entrevistado por las noticias, alguien que ahora no recuerdo me llamó unos días después y me preguntó si yo quería saber más acerca del muchacho. Le respondí que sí. Entonces fui a conocer en persona a los Lozano, a quienes hasta entonces sólo había visto en la televisión luego de que se dieron a conocer por hacerse cargo del chico. Llegué a su casa, nos presentamos y ahí pude ver de nuevo al polizón, a quien llamaban Guillermo o Guille. Recuerdo que era muy callado y que no quería hablar mucho. Le preguntabas una cosa y él no te contestaba nada. Parecía como si quisiera hacerse el desentendido, como desorientado o confundido. Aún así me ofrecí a colaborarle en lo que pudiera. Desde entonces seguí yendo a la casa de los Lozano regularmente. 

“En medio de esas visitas conocí mejor a Susan, que tenía mi misma edad, y de repente comenzamos a salir. Surgió una relación entre nosotros. De a poco ella también comenzó a ir a mi casa y conoció a mi familia. Uno de los temas obligados de conversación era Guillermo. Yo le preguntaba a Susan por él, sobre lo que hacía y cómo se comportaba. Recuerdo que durante el tiempo en que Guillermo convivió con los Lozano, mientras yo mantenía la relación con Susan, fuimos con él a ver un concierto de Luis Miguel3. Si la memoria no me falla, el hermanito de Susan, Jair, también nos acompañó.

“Así que compartíamos con el muchacho cada vez que podíamos, pero era muy extraño. En realidad yo no tuve un vínculo muy fuerte con él. Era muy cerrado y me daba la impresión de que tenía muchas cosas por esconder. Yo, por el contrario, he sido siempre muy abierto al diálogo y por eso tengo bastantes amigos. No me gusta compartir con gente que se anda con tapujos”.

Hernán Gamboa, quien trabajaba como señalero en el aeropuerto de Miami, fue uno de los testigos que vio caer congelado a Juan Carlos Guzmán Betancur del tren de aterrizaje.

***

Pese a las manifestaciones de afecto de la familia, el tema de la edad del muchacho era algo que no acababa de convencer a Jairo Lozano, quien admite haberse sentido cada vez más desconcertado con el asunto. Según testimonios del hoy ex oficial:

“Yo debía tener unos treinta y cuatro años para esa época. Era joven, pero llevaba bastante tiempo en la policía como para saber cuando alguien está mintiendo. En el caso de Guillermo era evidente que mentía. Salíamos mucho a comer con él, pero cuando abordábamos el tema de la edad siempre se iba por las ramas. 

“Su estatura no se correspondía con la edad que nos decía. Para que así fuera tendría que haberse alimentado durante años con hamburguesas ‘Perry King’. Es así como se llama popularmente en Estados Unidos a esas comidas rápidas que terminan convirtiendo a los muchachos en vikingos. Eso es algo que no se ve en Colombia, menos aún en el mundo de bajos recursos del que venía Guillermo. A todas veras parecía mayor, de unos diecisiete. Volvíamos y le preguntábamos acerca de la edad y siempre nos decía una diferente. Parecía no darse cuenta de que nos decía una y después otra. Aparte de eso su forma de hablar no era la de un muchachito de catorce años, sino la de alguien más recorrido. Su lenguaje era el de un joven mayor”.

A la larga, el tema de la edad resultó ser un asunto menor frente a otra serie de situaciones que con el paso de los días se comenzaron a presentar. Según recuerda la propia Bertha:

“Una tarde, cuando regresé del trabajo, lo encontré planchando las camisas de Jairo. Había acomodado el guardarropa de la manera más escrupulosa posible y dispuesto la ropa por colores. Le dije que él no tenía por qué hacer nada de eso, que éramos nosotros quienes estábamos para servirlo y no al contrario. Me respondió que a él no le molestaba colaborar. 

“Francamente, para ese entonces yo había comenzado a notar en él varias actitudes que me generaban desconfianza y que empezaban a molestarme, pero no le había dicho nada. Digamos que sólo me parecían muy extrañas, nada más. El cuento era que de un momento a otro había empezado a preguntarnos si teníamos alhajas. Nos lo preguntaba cada tanto a Jair y a mí. En un comienzo pensé que aquello se debía a la pobreza en la que había vivido. No sé. Se me ocurrió que tal vez nunca había visto una joya en su vida. De todos modos, las veces que me preguntó le dije que no, que no teníamos joyas en la casa.

Era joven, pero llevaba bastante tiempo en la policía como para saber cuando alguien está mintiendo. En el caso de Guillermo era evidente que mentía. Salíamos mucho a comer con él, pero cuando abordábamos el tema de la edad siempre se iba por las ramas. 

—¿Cómo que no? Si todo mundo las tiene —me replicó una vez.

“En aquella ocasión pasé de largo el comentario. No le presté mucha atención y seguí con mis cosas. Un par de días después de que lo encontré planchando las camisas de Jairo, fue Susan la que se quejó. Me dijo que Guille le había acomodado también todo su guardarropa. Así que lo busqué por la casa para reclamarle. Parecía haberse dado cuenta de mi disgusto, y entonces, como arrepentido, viene y me dice antes de que yo comience a darle cantaleta:

—Mami, dile a Susan que no sea tan descuidada. Mira, me encontré su anillo confundido en la ropa.

“No tuve palabras para decirle algo esa vez. Sin embargo, con los días la cosa continuó. El próximo guardarropa en el que metió la mano fue el de Natalie, la niña menor. Para mí ese fue el límite. Entonces lo abordé ya bastante exasperada y le pedí que no se metiera con nuestras cosas. Le dije que a cada quien le gustaba encontrarlas como las dejaba. El hecho había coincidido con otra nueva pregunta acerca de las joyas, así que aproveché para decirle que me tenía inquieta con ese cuento. Le pregunté a qué venía todo eso, pero se quedó callado. 

“Para colmo, con los días me di cuenta que no usaba la ropa que le había comprado en K-Mart. Le gustaba usar las camisetas y otras cosas de Jair. Mi hijo fue quien me lo comentó. Un día llegó hecho una furia a ponerme la queja por aquello. Me dijo que nunca más volvería a colocarse tal o cual ropa si Guillermo la seguía usando también. Hablé la situación con Jairo, pero eso nos llevó a pensar en otro asunto más delicado. Pensamos que Guillermo podía ser homosexual. No se trataba de que lo fuera sólo porque se ponía la ropa de Jair, sino porque también había una serie de cosas más que nos hacían sospechar. La verdad es que Guillermo era muy amanerado. Entonces mi hijo, que aunque es muy noble siempre fue recio desde pequeño, le pegaba puños para que se comportara. Le decía: 

—Actúas como una señorita. Compórtate como hombre, pareces marica.

El cuento era que de un momento a otro había empezado a preguntarnos si teníamos alhajas. Nos lo preguntaba cada tanto a Jair y a mí. En un comienzo pensé que aquello se debía a la pobreza en la que había vivido.

“A Guille se le veía el esfuerzo por mostrar que no era amanerado, pero era algo innegable. Le costaba disimularlo. Se le notaba en su voz, que era muy delicada, y también en la forma en que caminaba y se sentaba. Trataba de mostrarse cordial y caer bien, así que todo el día sonreía. No era algo que nos pareciera incómodo, por el contrario, verlo contento nos agradaba. Cuando se reía lo hacía de una manera contagiosa. Lo recuerdo bien porque Guille es de esas personas que muestran las encías al reír. Cuando no estaba en esas, permanecía callado. A decir verdad, Guille mantenía mucho tiempo callado. 

“La duda sobre su homosexualidad me dio más mala espina una noche. Me desperté en la madrugada con sed y fui hasta la cocina para tomar un vaso de agua. Iba a tientas por el corredor de la casa cuando de repente me topé con Jair, que iba envuelto en la cobija para el sofá de la sala. Ambos nos llevamos un susto impresionante. Así que le pregunté qué hacía ahí. 

—Mami, ya no soporto dormir más con Guillermo —me dijo—.Todas las noches me desarropa y mantiene los pies fríos.

—¿Los pies fríos? ¿Y es que acaso te toca? —le pregunté.

La familia Lozano tuvo dudas sobre Juan Carlos Guzmán Betancur cuando empezó a mostrar demasiado interés por las joyas y otros lujos.

“Me dijo que no, que si así fuera ya le hubiera dado un par de puños. Nunca dejé en duda la palabra de Jair. Sabía que de haber ocurrido algo me lo hubiera contado. Aún más, sabía que no se dejaría tocar de otra persona, menos aún de otro hombre. Insistió, eso sí, en que Guille lo desarropaba y que le quitaba la cobija con los pies, que por eso no quería dormir más junto a él. Desde esa vez no quise que Guille estuviera más en la habitación de mi hijo, así que al día siguiente le dijimos que en adelante dormiría en el sofá de la sala”.

Como cuenta Juan Carlos:

“Nunca les dije a los Lozano nada de mi orientación sexual, pero la verdad es que siempre he sido gay. Lo he sabido desde que era chiquillo. De hecho, entre los trece y los quince años tuve una suerte de noviazgo con un chaval, pero nadie supo nada al respecto. 

“Ahora bien, los Lozano nunca tuvieron alguna actitud hostil hacia mí por ser gay. Sólo recuerdo un incidente relacionado con el tema. Fue una vez que Jair me llevó a un parque para enseñarme a jugar fútbol. Yo no lograba lanzar la pelota tan fuerte como él, que era algo macizo para su edad. Entonces viene y me pega un puño durísimo en el brazo y me dice: 'Tírala con fuerza. Te comportas como una niña. Pareces marica'. No le dije nada, pero ese momento se me quedó grabado en la memoria. Me hizo sentir muy mal, como rechazado, excluido.

“Aparte de aquel incidente con Jair nadie más demostró algo. Ciertamente, de a poco se empezó a marcar una distancia, aunque no puedo asegurar que se debiera a mi orientación sexual. De hecho, era algo más decidido por mí que por ellos. 

A Guille se le veía el esfuerzo por mostrar que no era amanerado, pero era algo innegable. Le costaba disimularlo. Se le notaba en su voz, que era muy delicada, y también en la forma en que caminaba y se sentaba. Trataba de mostrarse cordial y caer bien, así que todo el día sonreía.

“La verdad es que siempre he sido algo distante, y contrario a lo que muchos creen, bastante callado también. Incluso con los Lozano lo era, pese a la confianza que me dieron. Muchos años después vine a comprender que tal vez ellos eran homofóbicos. Así lo inferí de una serie de comentarios que llegaron a mis oídos. Quizás y si yo les hubiera manifestado abiertamente que desde hacía varios años era gay, me hubieran echado de su casa sin chistar.

“Aquello —lo de ser gay— es un tema que ni siquiera ventilo con mis familiares, pero creo que ellos debían intuirlo desde que yo era muy chiquillo. En ese entonces no me dijeron nada, ahora mucho menos lo hacen. Saben que tengo una pareja y que soy abiertamente gay. Creo que es así como debe decirse y no homosexual. Homosexual es la expresión castiza para referirse a alguien como 'pobre marica'. Lo cierto es que a diferencia de mis hermanos yo nunca tuve novia, así que jamás he estado con una mujer. Creo que nunca llegaré a estarlo. Siempre me han atraído los chavales, desde que estaba en el colegio. Las chicas, en cambio, no me despiertan nada. 

“Durante buena parte de mi niñez me refugié en mí mismo por esa condición. No quería que nadie se enterara. Pero luego, cuando crecí y pude viajar a Europa, me sentí totalmente diferente. Allá la cosa es a otro precio, muy distinta incluso que Miami, que aunque es una cuna de gays, en el fondo es bastante mojigata. 

“En Europa empecé a frecuentar chiringuitos4 gay. Son una suerte de clubes nocturnos de los cuales la gente se hace la imagen de que son metederos de horror, antros del pecado. Creo que es así como se los ha vendido la Iglesia. Si supieran cuántos curitas ve uno por allí... Con el tiempo llegué a frecuentar algunos de esos sitios en Dubai, así como también en La Habana, ciudades en las que el común de las personas no se imagina que exista tanta actividad gay. La verdad es que en Cuba los policías son los primeros invitados a las fiestas gay. Las realizan en casas particulares de modo clandestino, pero a la final todo mundo resulta sabiendo dónde son.

“Así que volviendo a lo de los Lozano... Es falso que alguna vez yo me sobrepasara con Jair. Ni siquiera llegué a usar su ropa porque evidentemente yo era mucho más alto que él. Desde muy joven, también debido a mi condición, he sabido respetar a los demás en lo que respecta a su sexualidad. Jair no fue la excepción. Era como un hermano menor, así que jamás me metí con él. Como tal, no había motivos para que me mandaran a dormir al sofá, lo cual —de hecho— nunca sucedió”. 

Saben que tengo una pareja y que soy abiertamente gay. Creo que es así como debe decirse y no homosexual. Homosexual es la expresión castiza para referirse a alguien como 'pobre marica'.

***

Todo cuanto rodeaba la figura del supuesto Guillermo Rosales era cada vez más inquietante para los Lozano conforme pasaba el tiempo. Sin embargo, las atenciones con el muchacho se habían mantenido igual desde un comienzo, como también la suspicacia que levantaba en ellos algunos de sus comportamientos.

Las cosas fueron de ese modo desde el fin de semana siguiente a su llegada como polizón, cuando la familia lo invitó a un lujoso hotel de Miami Beach para que pasara un día de ensueño, un día que al final terminó dejándolos más preocupados que complacidos. 

"Aquello —lo de ser gay— es un tema que ni siquiera ventilo con mis familiares, pero creo que ellos debían intuirlo desde que yo era muy chiquillo. En ese entonces no me dijeron nada, ahora mucho menos lo hacen", asegura Juan Carlos Guzmán Betancur.

Según Bertha Sotoaguilar:

“Contrario a lo que sucedía con la mayoría de personas que conocían a Guillermo, mi hermana, Fabiola, que es bastante parecida a mí físicamente pero muy recelosa con algunas personas, fue especialmente prevenida con él desde un comienzo. Decía que había algo en su personalidad que no le cuadraba, aunque no sabía describir bien lo que era. Le parecía que no era de fiar. A ella le encantaba ir al hotel Fontainebleau5, que para entonces vendía una serie de pases especiales para personas que no eran huéspedes, de modo tal que podían estar en las áreas comunes, como las piscinas y restaurantes. Fabiola compró unos cuantos boletos y decidió invitarnos a todos, incluido Guille. Solamente Jairo rechazó la invitación porque debía cumplir con su turno ese día.

“Así que fuimos al Fontainebleau en la mañana del domingo que le siguió a la llegada de Guillermo como polizón. Apenas entrar, nos metimos todos en la piscina. Estuvimos todo el tiempo juntos hasta el mediodía, cuando nos atacó el hambre. Entonces decidí salir para comprar una caja de pollo. En ese momento Guille también salió de la piscina y dijo que iba para el baño. Recuerdo que yo me demoré bastante en regresar con el tal pollo porque había mucha gente haciendo fila para almorzar. Tardé unos cuarenta minutos, más o menos, y entonces Fabiola —que ya había apartado una mesa— me dice: 

—Bertha, mira todo el tiempo que ha pasado desde que Guillermo dijo que iba para el baño y aún no ha regresado.

“Le dije que no se preocupara, que él era muy avispado.

—¿Y si está perdido? —me preguntó.

—Si fue capaz de meterse en un avión no le va a quedar grande volver a la piscina —le respondí.

“Le dije que esperáramos un poco más, que si algo, íbamos a buscarlo. Lo cierto fue que después de un largo rato Guille tampoco apareció. Entonces me inquieté. Junto con Fabiola y los niños nos pusimos a buscarlo y después de varios minutos lo encontramos. Estaba caminando por ahí, sin rumbo fijo. Dijo que al momento de salir de los baños se había confundido y dirigido en la dirección contraria, directo hacia los ascensores. Mencionó que se había impresionado con el piso de mármol que hay en ellos y subido hasta llegar a no sé qué piso, donde se puso a recorrer los pasillos del hotel. Lo cierto es que se le veía maravillado. No dudé ni en una sola de sus palabras. Confié en todo cuanto nos dijo. Pero Fabiola, que es bien maliciosa, no se creyó del todo esa historia. 

“De todas formas, el hecho de que se nos hubiera perdido logró ponerme nerviosa. Le dije que si algo similar llegaba a repetirse, no lo volvería a dejar salir de la casa nunca más. Le advertí que no iba a echar a perder mis fines de semana por su culpa, y todo acabó ahí. Estuvimos en el Fontainebleau hasta el final de la tarde, cuando regresamos a la casa. Mientras yo conducía Fabiola le vio una cadena de oro en el cuello y unas tarjetas de crédito en la mano. Era una cadena que yo había pasado por alto en ese momento o que no le había alcanzado a ver, no sé. Lo cierto es que Fabiola le preguntó por la cadena y por las tarjetas. Quería saber de dónde las había sacado.

—¿De dónde sacaste esas tarjetas, Guille? —le interrogó ella.

—Me las dio una señora —le respondió como saliéndole al paso.

—¿Qué te las dio una señora? —le replicó Fabiola—. ¿A quién se le ocurre regalar unas tarjetas de crédito?

“Guille le dijo que le había narrado su historia a esa mujer y que ella se había condolido. Dijo que le había dado las tarjetas de crédito para colaborarle. Fabiola no se tragó ese cuento y entonces siguió con lo de la cadena:

—¿Y esa cadena? —le preguntó—. ¿Cómo la obtuviste?

—Me la dio un señor. Me dijo que yo le recordaba a su hijo muerto. Él mismo se la quitó y me la colgó en el cuello.

“Ésa fue la respuesta que le dio a Fabiola, pero la historia no nos convenció a ninguna de las dos. Ni esa ni la de las tarjetas de crédito. Apenas llevaba un par de días con nosotros, pero desde entonces su actitud llegó a inquietarme. Fabiola logró convencerlo para que le entregara las tarjetas, pero le dejó la cadena. De todos modos, no teníamos forma de saber si en verdad se la habían regalado o no. Cuando llegamos a la casa yo misma me encargué de romper las tarjetas y echarlas a la basura, a sabiendas de que el banco le daría otras a la dueña. 


Estuvimos en el Fontainebleau hasta el final de la tarde, cuando regresamos a la casa. Mientras yo conducía Fabiola le vio una cadena de oro en el cuello y unas tarjetas de crédito en la mano.

“Pensé en contarle todo ello a Jairo, pero él es bastante temperamental, así que preferí no decirle nada. De hecho, por ese tiempo Jairo y yo tuvimos un disgusto frente a los niños y a Guillermo. Algo sin importancia. Una típica discusión de pareja, pero incómoda de todos modos. La verdad sea dicha, con el tiempo la relación se fue deteriorando y acabamos por divorciarnos, pero eso es algo que no viene al tema de Guillermo, con quien, de hecho, regresamos al Fontainebleau como en tres ocasiones más”6

En palabras de Juan Carlos:

“Yo no recuerdo a ninguna Fabiola en el dichoso viaje al Fontainebleau. Lo que sí recuerdo es que entramos a la zona de la piscina de manera ilegal. Íbamos una manada de niños, un par de adultos de quienes apenas tengo memoria, Bertha, Jair y yo y todos nos metimos en la piscina haciéndonos pasar por huéspedes. Eso era algo que lógicamente tenía prohibido el Fontainebleau, pero a ninguno de los adultos les importó. Bertha dice que su hermana había comprado unos pases para entrar allí, pero eso es mentira. El Fontainebleau no vendía pases7 en ese entonces porque era uno de los hoteles mas 'finos' de Miami. Hoy, en cambio, es un típico hotel de cadena, con diseños estrambóticos y ridículos.

“El caso es que aquel día sí lo pasamos en la piscina, pero es mentira que yo me hubiera perdido. Estuve todo el tiempo con Jair. Si me hubiera perdido, como dice Bertha, ¿por qué no se comunicaron con seguridad del hotel? Allí hay guardias por todos lados, alguno me hubiera visto. Tampoco sé de dónde saca ella lo de las tarjetas de crédito. Jamás en mi vida había visto alguna. No sabía ni siquiera qué era eso. Ahora bien, tampoco pude pedírselas a alguien porque simplemente yo no hablaba inglés. Así que nadie, ninguno de los viejos americanos que se alojaban en ese hotel, me dio tarjetas de crédito, cadenas ni nada por el estilo. Eso es falso”.

***

David Iverson, un abogado estadounidense especializado en inmigración, conoció del caso de 'Guillermo Rosales' luego de que un sujeto de la comunidad colombiana asentada en Miami —amigo de su esposa— los relacionó. Desde ese momento, Iverson, un sujeto de frente amplia, cejas espesas y mirada bondadosa, quien promediaba los treinta años y hablaba un spanglish enrevesado con el que atendía su clientela de latinos, comenzó a trabajar sin cobrar un solo dólar para que el muchacho pudiera adquirir un estatus migratorio que le permitiera quedarse de manera permanente en el país. 

Por ese entonces —según Juan Carlos—, Bertha y Jairo también lo llevaron a conocer al propio Armando Socarrás, el cubano que viajó dentro del tren de aterrizaje de un avión en la ruta La Habana-Madrid y que para entonces, ya entrado en los cuarenta, parecía no haber alcanzado el sueño americano que en su momento lo motivó a dejar la isla. Según contó años después el propio Juan Carlos sobre esa visita, el hombre ocupaba una casa en uno de los sectores mas deprimidos de Miami, con apenas lo suficiente para vivir, aunque dice que de ese encuentro es poco lo que evoca, como sí de la ayuda que le prestó Iverson y la amistad que le ofreció en su momento.

Sobre aquel entonces David Iverson señala:

“Recuerdo que cuando conocerlo, el muchacho me dijo que haber tenido conversación con un cubano que hacer más o menos lo mismo en otra ruta. Compartieron ideas de cómo ser por dentro el landing gear8 de un DC-8, de lo que hay allí, los cables y todo eso y cómo ser esa experiencia. Aunque en un principio yo confiar en todo lo que dijo, hoy yo no creer nada de eso. Aunque no tener evidencia, yo pensar que él llegar en bodega del avión o en otra aeronave.

“En ese entonces, de alguna forma yo lograr conseguirle un permiso de trabajo para él. No recuerdo ahora cuál ser la base de mi argumento, pero yo logré eso y con ese permiso él tener todas las puertas abiertas en el país. La comunidad colombiana en Miami lo apoyó a él como héroe. Cuando yo lo conocí, me pareció como cualquier joven que tener problemas en su hogar y estar buscando solucionar su vida. Él siempre fue cortés y decente conmigo, pero decidió seguir la vida que seguir y, bueno, desaprovechar muchas oportunidades, como la que llegar a ofrecerle una mujer de Texas”.

Iverson hace alusión al ofrecimiento que una adinerada mujer de Texas le hizo a Juan Carlos, algo para lo cual envió a su propio abogado a la casa de los Lozano en Miami. Se trataba de una propuesta difícil de rechazar, pero en la que de todos modos —como dice Iverson— el muchacho ni siquiera reparó.

En palabras de Jairo Lozano:

“Al cabo de los días apareció una señora que había sabido de Guillermo por las noticias y se interesó en conocerlo en persona. Aunque en un comienzo no dejó por sentado que quería adoptarlo, todo indicaba que esa era la intención. No de otro modo habría enviado a su propio abogado a nuestra casa para tratar el tema de una ayuda económica destinada a cubrir sus gastos. Hasta donde recuerdo, ella era la heredera de una firma petrolera o algo así, e incluso puso a disposición de Guillermo su avión privado para que fuera a Texas y la conociera. No sé bien si el abogado, de hecho, llegó en ese mismo avión, pero lo cierto es que apareció en la casa con esa propuesta, que parecía caída del cielo para Guille.

“La señora había autorizado a ese abogado para que abriera una cuenta por cinco mil dólares. Era una cuenta justificada y con un fin específico: el de mantenerlo a Guillermo. Si yo sacaba mil dólares debía llevar recibos al banco y explicar en qué se había invertido ese dinero, así que no era solamente sacarlo y ya. 

“Bertha y yo atendimos al abogado en la sala de la casa. Allí también estuvo presente Guillermo, pero como no sabía una sola palabra de inglés, no pudo entender nada de lo que conversamos. De todos modos le insistimos en la maravillosa oportunidad que tenía por delante y que nosotros —por nuestros propios recursos— no podíamos ofrecerle. Pese a las cosas que con él habían sucedido y que de cierto modo alteraban a Bertha, la verdad era que le habíamos tomado cariño. No queríamos que se fuera de la casa, pero aquella era una oportunidad de oro, de esas que sólo llegan una vez en la vida. Yo traté de hacerle entrar en razón, porque parecía poco interesado en la propuesta que le estaba haciendo ese abogado, pero él sólo se sonreía como diciendo: ‘Ok, ok, yeah wright'”.

Una adinerada mujer de Texas se interesó en adoptar Juan Carlos Guzmán Betancur. Incluso le envío un avión privado para que viajara a conocerla.

Sobre esa misma situación da cuenta Bertha:

“Jairo y yo lo aconsejamos para que fuera a Texas a conocer a la señora, pero al parecer nosotros estábamos más entusiasmados que él con la propuesta. Recuerdo que el abogado mencionó que aquella señora no tenía descendientes, por lo que no sabía bien a quién dejarle su dinero. Fue algo que no dijo de ese modo, no literalmente, pero se entendía que Guillermo podía resultar beneficiado siempre y cuando aceptara el ofrecimiento. La propuesta implicaba separarnos de él pese al afecto que le teníamos, pero se trataba de su futuro. Era por su propio bien. 

“Sin embargo, para nuestra sorpresa, Guille dijo que no nos abandonaría, que no iría sin nosotros a ninguna parte. Recuerdo que en ese momento el abogado me miró. Me hizo señas como diciendo: 'La propuesta es sólo para él'. Jairo y yo lo entendíamos plenamente. Así que seguimos insistiéndole a Guille para que fuera a conocer a la señora. Al final logramos convencerlo. Dijo que sí, que iría, pero la verdad es que no se le veía muy contento con la decisión.

“Durante todo ese tiempo alcanzamos una buena empatía con el abogado. Iba con frecuencia a la casa, así que nos ganamos su confianza. Su clienta le había pedido que nos visitara cada tanto para ver cómo eran las cosas en el hogar y el modo en que Guillermo se comportaba con nosotros. Incluso varias veces fuimos a almorzar con ese abogado a Monserrate, un restaurante muy popular entre la comunidad colombiana residente en Miami y cuyo dueño es un conocido nuestro. 

“El abogado era un hombre muy sencillo, aunque después nos dimos cuenta que también tenía muchísimo dinero. No se trataba de un abogado cualquiera, sino de uno importante. Cuando lo invitábamos a comer en la casa esperaba que los niños acomodaran la mesa y mientras tanto se nos quedaba viendo. No decía nada, pero me daba la impresión de que le gustaba saber que éramos muy unidos y que tratábamos a Guillermo casi como a un hijo. Era todo un caballero. Nunca reprochó nada, jamás le escuché un mal comentario o sentí que nos mirara con suficiencia.

“Mientras cenábamos se ponía a hablar con todos nosotros. Le ponía tema a Guillermo, pero como lo hacía en inglés debíamos traducirle. Le preguntaba qué le gustaría ser cuando fuera grande y Guille le respondía que médico. El señor le decía que podía darlo por hecho, que había el modo de hacer realidad ese sueño. En verdad a Guille se le presentaban unas oportunidades maravillosas, pero parecía que ninguna la quería aprovechar”.

Al cabo de los días apareció una señora que había sabido de Guillermo por las noticias y se interesó en conocerlo en persona. Aunque en un comienzo no dejó por sentado que quería adoptarlo, todo indicaba que esa era la intención.

***

Después de aquella serie de encuentros con el abogado, las cosas cambiaron repentinamente. La actitud del muchacho viró de manera tan abrupta que los Lozano llegaron a sentirse desconcertados. No se trataba de algún signo de violencia, sino de comportamientos que a todas veras eran extraños y sin ningún tipo de justificación.

En palabras de Jairo Lozano:

“Con el paso de los días empezamos a notar que Guille mantenía callado casi todo el tiempo, como retraído o sumiso con nosotros y con las otras personas. Para entonces yo diría que empezaba a verlo como un muchacho solapado. Pese a ello, hasta ahí las cosas iban bien. Era algo de actitud, nada más. Sin embargo, luego de que un día el abogado de Texas pasó para visitarnos, Guillermo desapareció. Pensé que era algo muy extraño, ya que él no tenía a dónde ir. Sencillamente no conocía a nadie en Miami. Esa vez duró un par de días por fuera, lo cual nos preocupó sobremanera. Nadie sabía algo de su paradero o nos daba información de él. Luego, un par de días después, abrí la puerta de la casa y lo encontré ahí parado. Le pregunté dónde había estado todo ese tiempo y no me aclaró mayor cosa. Me dijo: 'Fui por ahí a caminar y me perdí'. Recuerdo que de inmediato pensé: 'Esto no me gusta nada'. Las cosas siguieron normal como por una semana, pero de nuevo se fue como por tres días más.

“Yo era el directo responsable de él ante las autoridades, por lo que si llegaba a pasarle algo debía afrontar las consecuencias. Cada pérdida suya no hacía más que ponerme en apuros ante mi supervisor en el Departamento de Policía de Miami. Debía escribir un reporte cada tanto explicando cuándo, cómo y por qué desapareció, pero yo desconocía los motivos. Una vez que aparecía me tocaba llamar a otro compañero para que viniera a la casa y le preguntara dónde había estado o qué le había pasado. Ése era un procedimiento que yo mismo, por normativa, no podía hacer. Sin embargo, Guillermo lo único que le respondía a los otros policías era lo mismo de siempre: que andaba por ahí, perdido”.

 

1 K-Mart, fundada en 1962, es una cadena de tiendas de descuento con sede en Estados Unidos.

2 Barranquilla es una ciudad costera en el norte de Colombia, capital del departamento del Atlántico.

3 Luis Miguel Gallego Basteri, conocido como Luis Miguel o 'El sol de México', es un cantante y productor musical mexicano nacido en Puerto Rico el 19 de abril de 1970.

4Modismo español que significa quiosco o taberna. 

5 El Fontainebleau es un exclusivo resort localizado sobre la playa en el sector de Miami Beach.

6 En la actualidad, Jairo y Bertha mantienen una buena amistad fortalecida por la presencia de su hija, Natalie. Varios años después del incidente relatado, Bertha dejó la floristería y también se vinculó con el Departamento de Policía de Miami.

7 En la actualidad, el Fontainebleau ofrece tarjetas de regalo que permiten a cualquier persona, sin ser huésped, acceder a los servicios de SPA y restaurante, aunque se desconoce si para la época en que sucedió el incidente el hotel ofrecía el mismo sistema de acceso público.

8 En castellano, tren de aterrizaje.

 

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