Relatto | El cuento de la realidad
Relatto | El cuento de la realidad

Por:

Sobre el margen derecho emerge entre los gases lacrimógenos un cuerpo vestido de negro, con casco, guantes, y un escudo con fondo azul, una estrella blanca, y el rostro sonriente en stencil de Víctor Jara. Como contexto, la calle y una pared pintada con aerosol: “Muerte al paco” y “Que arda la ciudad”.

Así se presenta la página de apertura desplegable con la solapa, del libro Primera Línea Chile (Ocho Libros Ediciones), del fotógrafo Marco Antonio Sepúlveda Gallardo. Es un resumen contundente: un joven entre los gases de la represión, la ciudad ardiendo y un escudo protector con el rostro de un canto valiente; manifiesto de canción nueva, 50 años después.

La revuelta de octubre de 2019 comenzaba en Chile y Marco se dio a retratar a los y las jóvenes que en la rebautizada Plaza Dignidad pusieron el cuerpo para frenar los ataques de Carabineros; a filmarlos con una cámara go-pro colocada encima del casco que lo protegía de los perdigones y las lacrimógenas. Pero también se dio a cerrar un círculo familiar que se abrió cuando, de muy pequeño, su padre fue detenido a pocos días de iniciada de la dictadura de Pinochet y siguió con un exilio sueco que terminaría 22 años después.

La del comienzo del libro es una foto icónica de la insumisión: la juventud, la represión, las consignas. En realidad, todas las fotos los son. En cada una de las 242 páginas del libro las imágenes revelan historias, las de los protagonistas y la de la construcción colectiva. Esa síntesis

El libro "Primera Línea" rescata la acción de los jóvenes durante la revuelta.

***

Es un resumen contundente: un joven entre los gases de la represión, la ciudad ardiendo y un escudo protector con el rostro de un canto valiente; manifiesto de canción nueva, 50 años después.

Cada día de la revuelta, Marco se levanta a media mañana, desayuna con Helena, su compañera, se pone el casco negro con rayas rojas y una cámara go-pro en la frente. Se viste con la misma ropa de cada marcha para ser reconocido por los integrantes de la Primera Línea, agarra la cámara, ajusta en el pecho la mochila con lentes. Antiparras, máscara anti gas, las zapatillas de cada jornada.

Sale, estaciona su auto a pocas cuadras de la Plaza Dignidad y llama a Helena, le avisa que llegó, que ya está en el centro de la movilización, que está todo bien.

Durante horas, seis, siete, retrata a los combatientes que enfrentan a los Carabineros, que se cubren con señales de tránsito, que cada día mejoran sus equipos de protección, que reciben perdigones, palos, bombas lacrimógenas, y tiran piedras, alguna molotov.

Mientras hace su trabajo los carros hidrantes también se ensañan con él, lo mojan con el agua mezclada con agentes químicos que irritan la piel y cierran las gargantas, como los gases lacrimógenos. Recibe alguna paliza policial, perdigones.

Cuando termina esa rutina de revuelta social sale de la plaza, comienza a desandar el camino hasta su auto. Vuelve a llamar a Helena; habla mientras camina, estoy bien, voy por calle Rancagua, me faltan 50 metros, ya llegué al auto. Dice que así deja registro de su situación, que así evita el secuestro policial, que ese es el protocolo de seguridad acordado con su compañera, exdirigente estudiantil universitaria en tiempos de la dictadura, ella también víctima de otros secuestros y otras torturas.

Cada día de la revuelta, Marco se levanta a media mañana, desayuna con Helena, su compañera, se pone el casco negro con rayas rojas y una cámara go-pro en la frente.

Marco llega a su casa, se empelota completo, mete ropa y zapatillas a lavar, se ducha, se saca lo que de agua con químicos queda en su cuerpo, abre un vino, se sienta a la mesa y comienza a bajar las fotos y visualizar el material grabado.

Dos años y medio después del inicio de la revuelta dice que le gustaba estar ahí, que era muy extraño porque sentía la adrenalina a tope. Dice que aún hoy siente las ganas de volver, que está como deseando que pase algo para estar en medio de eso. Se dio cuenta, dice, de que le quedó una adicción a la adrenalina.


Fotografía de la Primera Línea.

***

Algunos de los hechos más importantes de su vida sucedieron en Estocolmo, Suecia. En 1974, con sólo 12 años, llegó a esa ciudad siguiendo a su padre exiliado. Allí se casó y tuvo un hijo; se licenció en Economía. Allí también vio por televisión cómo el pueblo chileno hacía arder la ciudad decidido a dejar definitivamente atrás el lastre de la dictadura, del neoliberalismo, y de 30 años de una democracia que no logró dar respuestas. 

Marco estaba en Estocolmo visitando a su hijo cuando el 18 de octubre de 2019, miles ocuparon Plaza Baquedano (más tarde Dignidad), marcharon, quemaron, luego de que los estudiantes secundarios saltaran los molinetes del metro y a través de Instagram y Tik-Tok visibilizaran el hartazgo ciudadano sepultado por décadas.

“Terminó la visita a Europa”, le dijo a Helena, hicieron las valijas y el viernes 25 de octubre llegaron al mediodía a Santiago de Chile. A la tarde de ese mismo día Marco estaba en Plaza Dignidad.

Allí (En Estocolmo) también vio por televisión cómo el pueblo chileno hacía arder la ciudad decidido a dejar definitivamente atrás el lastre de la dictadura, del neoliberalismo, y de 30 años de una democracia que no logró dar respuestas. 

“Fue complicado al inicio sacar fotos”, recuerda, “fue difícil. Uno siempre saca fotos y acumula. Me hice la pregunta de por qué estoy sacando fotos, para qué. Eran marchas enormes, 70, 80 mil personas, y me topé con la Primera Línea, con los jóvenes, y me metí a ver qué ocurría ahí. Fue terrible. Gente resguardándose con lo que pillara para cubrirse de los perdigones y las lacrimógenas. Cuando llegué a casa todavía me acuerdo de que mi cuerpo ardía, hablo con mi pareja y le cuento, emocionado, todo lo que había vivido, y concluí que lo que tenía que documentar era lo que pasaba en ese espacio, en la Primera Línea, eso es lo que yo tenía que documentar”.  

***

En uno de sus videos del canal de Youtube Primera Línea Chile, puede verse a un joven sentado en el piso, sus bermudas y sus rastas, su máscara anti gas, y un botellón con un poco de agua, dentro del cual se consumen las bombas de gas lacrimógeno que Carabineros arrojan a la multitud. “Hasta el momento llevo seis”, se enorgullece el joven que se saca la máscara para que se lo pueda escuchar.

Entre las fotos de Primera Línea Chile pueden verse a varios de esos “apaga lacri”, tal como se llaman, dispuestos a correr tras las bombas.

Mientras lo graba con la go-pro, Marco le pregunta cómo va la pega, el trabajo, y el joven sonríe y dice que bien, muestra los perdigonazos en las piernas y dice que su tarea personal y espontáneamente asignada es neutralizar las lacrimógenas. Y que si se las volviese a tirar a los pacos culiados, dice, la estela de gas afectaría a la gente y que por eso es mejor neutralizarlas. Y entonces en el video cae una lacrimógena que viborea en el suelo, y todos corren, y el joven, sus bermudas y sus rastas, la persigue y la mete en el botellón y la agita para que se apague, y mientras mueve el bidón dice que el sueldo no alcanza y que vive con su mamá y con sus hermanas y que papá no tuvo nunca y que nunca lo necesitó tampoco.

Una segunda bomba lo afecta directamente: el neutralizador de lacrimógenas en cuclillas tose, escupe, Marco le da papel y luego le regala antiparras.

El joven dice que hace lo que hace en las marchas “para ayudar que la weá pueda seguir”. La weá, esa revuelta, el estallido donde cada uno empieza a ocupar un rol: el joven de rastas y bermudas neutralizar las lacrimógenas; Marco documentarlo.

Marco Antonio y su atuendo para salir a la calle: casco negro con rayas rojas y una cámara go-pro en la frente.

***

Terminó la visita a Europa”, le dijo a Helena, hicieron las valijas y el viernes 25 de octubre llegaron al mediodía a Santiago de Chile. A la tarde de ese mismo día Marco estaba en Plaza Dignidad. 

En su ensayo Arrastrarse hacia Belén, la cronista y escritora estadounidense Joan Didion relata descarnadamente la cultura hippie en San Francisco y la dependencia de sus protagonistas con las drogas. En el documental El centro cederá, Didion repasa que en el proceso de reporteo de esa crónica encontró a una niña de cinco años colocada de ácido, inducida por su madre adicta. Recuerda la escena y dice: “¡Aquello era oro!”. Ese horror era, en términos narrativos-periodísticos, oro puro. Esa misma adrenalina de la que habla Marco: que algo pase, que todo arda, y estar allí para contarlo-protagonizarlo. Esa adicción.

***

Marco Antonio siente adición por la adrenalina que sentía al fotografiar la lucha en las calles.

Esa adicción tiene, para Marco, un límite: no mostrar los rostros de las y los jóvenes de la Primera Línea, salvo consentimiento expreso; no identificarlos, no favorecer el trabajo de Carabineros.

—¿Te generaba alguna contradicción esa situación? 

—¿En qué sentido contradicción? 

—En el sentido de la adrenalina que mencionabas antes, de saber que tenés una gran foto, y al mismo tiempo cuidar y preservar la identidad de esos jóvenes.

—No, nunca sentí una contradicción con eso porque siempre tuve muy claro que tenía que cuidarlos a ellos. Si había grabado o fotografiado algo súper bueno, pero corría ese riesgo, entonces decía no. Yo tengo imágenes de dos oportunidades en las que la gente le da una paliza a la policía, y no a uno, a varios. Y es una locura: los policías encerrados y los jóvenes pegándoles con cualquier cosa, y los coches policías pasaban y atropellaban a los jóvenes, los veías salir de abajo de las ruedas, cojeando. Eso no lo puedo subir porque ahí están los jóvenes y se ve lo que tienen puesto.

Esa misma adrenalina de la que habla Marco: que algo pase, que todo arda, y estar allí para contarlo-protagonizarlo. Esa adicción.

*** 

Ese compromiso con los integrantes de la Primera Línea nació el mismo día que cubrió por primera vez la movilización, el último viernes de octubre de 2019. 

–¿Cómo fue vínculo con la Primera Línea?

—Al inicio me pararon reiteradas veces, me preguntaban quién era yo, porque no publicaba las fotos en ningún medio. Y rápidamente estaba rodeado de gente. Si no sabía responder quién era y había sospecha de que era un policía infiltrado recibía una paliza. En el inicio, con la cámara go-pro y con un control remoto en la mano, grababa y paraba cuando se veía el rostro de alguien. En mi canal, los primeros videos que hice son de gente a la que le preguntaba por qué estaban ahí. Los subía y después cuando me paraban y me preguntaban quién era, sacaba el teléfono móvil y les mostraba: este soy yo. Muchos me felicitaban porque habían visto el canal. Me empezaron a identificar, me conocían. Mi teléfono móvil y mi canal fueron mi pasaporte para estar ahí. Yo nunca les veía las caras, a esa altura todos tenían sus atuendos, mascarillas, máscaras antigas, tapados negros, los brazos cubiertos con una tela para que no se vean los tatuajes. Muy producidos. Se me acercaban, algunos me abrazaban, muy bueno lo que hiciste me decían. Yo siempre iba vestido igual, el casco, la misma polera, los pantalones y las zapatillas, no me cambiaba porque necesitaba que ellos me identificaran. Al mismo tiempo me identificaba la policía también, era un doble riesgo.

Marco no muestra los rostros de las y los jóvenes de la Primera Línea, salvo consentimiento expreso.

***

El perro Negro Matapacos fue uno de los símbolos de las luchas estudiantiles de 2010. Acompañaba las marchas de los y las jóvenes, atacaba a los Carabineros. Murió en 2017, pero dos años después su imagen —perro chusco, negro completo, con un pañuelo rojo al cuello— se multiplicó en paredes, escudos, remeras. Volvió para ser insignia de la Primera Línea.

Página 95 del libro. Una joven con antiparras azules subidas a la frente, los ojos incisivos pintados de rojo, un pañuelo del mismo color tapando boca y nariz, un escudo que reclama con la imagen del perro Negro Matapacos: “Lucha como” él.

Detrás de los ojos de la chica que mira a cámara y hace fuck you con el dedo mayor de la mano derecha, se adivina la falta de miedo. Didion, siempre en Arrastrarse hacia Belén, escribe que observó “el intento desesperado por parte de un puñado de muchachos patéticamente desprovistos de recursos, de crear una comunidad en medio de un vacío social”. La tentación de la analogía.

***

 Armando Sepúlveda fue político, presidente en la ciudad de Limache —Región de Valparaíso—, de la Unidad Popular, el conglomerado de partidos de izquierda que llevó a Salvador Allende a la presidencia, en 1970. Además fue titular de Junta de Abastecimiento y Control de Precios (JAP) que distribuía alimentos entre la gente, en tiempos de boicot empresarial y especulación. Y también dirigente del gremio de profesores, surgido de la carrera de Historia. Es decir, reunía todas las condiciones para que, luego del golpe de septiembre del 1973 fuera perseguido y apresado.

Me empezaron a identificar, me conocían. Mi teléfono móvil y mi canal fueron mi pasaporte para estar ahí.

Tres meses sufrió las celdas pinochetistas, donde fue torturado. Cuando lo soltaron pasó a la clandestinidad y pocas semanas después escapó a la Argentina. La creciente actividad de la Triple A lo obligó a huir hacia Cuba. La imposibilidad de llevar a su familia —la prioridad cubana era sacar de Chile a la mayor parte de los militantes perseguidos— lo decidió a viajar a Suecia, donde finalmente transitó su exilio. Lo siguieron su mujer y sus hijos; Marco entre ellos.

A los 15 años Marco comenzó a sacar fotos, con una instamatic. Debajo de la escalera de la casa familiar armó un pequeño cuarto oscuro para revelar en blanco y negro.

En 1988 se realizó en Chile el plebiscito por la continuidad o no del gobierno de Pinochet. Marco, de 27 años, viajó para documentar aquel momento histórico. Fotografió lo que ocurría entre Valparaíso y Santiago. Durante el día lo registraba todo y por la noche, en casa de Guillermo, su tío paterno, escuchaba las discusiones sobre el Chile que vendría, las formas de la democracia por construir, los desafíos de la economía. “No entendía nada y me dije que tenía que estudiar Economía. Volví a Estocolmo y me enrolé en la Universidad”.

Ocho años después, con las máquinas del cuarto oscuro y el título de economista a cuestas, Marco regresó a Chile.

Tres meses sufrió las celdas pinochetistas, donde fue torturado. Cuando lo soltaron pasó a la clandestinidad y pocas semanas después escapó a la Argentina.

***

“Mi padre no llegó a ver el estallido. Me dio pena. Volvió a su país en el año 2000, y murió en el 2008. Murió joven, de cáncer”, se entristece Marco, “me hubiera gustado que estuviese vivo para que vea este proceso, hubiera sido fantástico. Él quería algo así para Chile, él se desilusionó mucho con la transición. Esto le hubiese gustado mucho más (porque) es más radical, queremos cambios de verdad”, dice, utilizando la primera personal del plural, involucrándose.

“¿Sentís que tu trabajo en la Primera Línea cierra un círculo; aporta algo a esa historia de lucha familiar, de exilio?”, le pregunto cediendo a la tentación y dejándolo sin mucho margen para que niegue. “Sí, es un gran aporte familiar”, dice, claro, y agrega: “ Estoy reivindicando también nuestra historia. Lo hago mucho por él, por mi familia, y por los jóvenes; el objetivo de este libro es reivindicar la lucha de estos jóvenes, muchos de quienes dieron la vida”.

Dice que intentó “mostrar quiénes eran estos jóvenes porque los trataron de desprestigiar a través de todos los medios, canales de televisión, medios escritos, los criminalizaron. Era muy común verlos en la televisión, imágenes de la Primera Línea que recogían de las redes, y luego pescaban imágenes de un saqueo, lejos de ahí, y te mostraban rompiendo, quemando, y lo mostraban en un solo paquete, y daban la noticia, y claro, quien veía eso decía: mira esta gente lo que está haciendo, es terrible”.

En 1988 se realizó en Chile el plebiscito por la continuidad o no del gobierno de Pinochet. Marco, de 27 años, viajó para documentar aquel momento histórico.

Marco destaca lo que sucedió en las redes sociales a la par e interactuando con el estallido. “Al principio la gente se creía lo que decía la televisión, pero pasó un tiempo y ya no le creían; era vox populi: la televisión miente. Por eso, los menores de 50 o 55 años se informaban por redes sociales; de ahí para arriba seguían mirando los matinales de la televisión”.

“En las redes sociales se empezó a ver realmente lo que pasaba en Chile. La gente se dio cuenta que la Primera Línea existía desde Arica a Punta Arenas, en todas las ciudades del país, simultáneamente las marchas salían y aparecían estos jóvenes resguardando la marcha. En el fondo recibían, solo recibían. Quedé impresionado por el aguante que tenían, solo para recibir, porque a lo más tiraban una molotov al carro blindado, una piedra. Era muy difícil que llegaran con piedras a un policía. Estos jóvenes siempre recibían, y aguantaban, eso fue extraordinario, hacerlo durante tanto tiempo”.

En su libro y su relato se cuela la apelación a la épica: “Los jóvenes lograron mantener las marchas desde las tres de la tarde hasta las once de la noche. En el espacio tiempo de dos años de mis fotografías los escudos se repiten. Y en los escudos se ven las consecuencias de lo que aguantaban”.

Marco siente que les debe a esos jóvenes algo más que un libro.

En su libro y su relato se cuela la apelación a la épica.

***

—¿Creés que tu aporte formó parte del significado de la revuelta?

—Sí, por supuesto. Desde el inicio me propuse generar opinión, eso es lo que quería. A todos (los que entrevistaba en la plaza) les preguntaba qué querían, en relación a la política, los cambios. Era para transmitir a través del canal de Youtube qué es lo que la gente quería. Funcionó muy bien. Más de diez mil suscriptores y videos con 50 mil vistas. Tuve que ser muy criterioso sobre qué subir, porque hay videos en los que hay violencia, por ejemplo no podía subir un video donde un joven tira una molotov. Porque ese video rápidamente iba a ser visto por la policía, que entraba a mi canal, revisaba. Y si lo identificaban era un medio de prueba. Eso hubiera sido terrible.

***

El 23 de octubre de 2021 se presentó en un teatro de Santiago el libro Primera Línea Chile. Marco convocó a jóvenes del frente. Algunos de ellos se sentaron, como no podía ser de otra manera, en la primera fila, y cuando empezó el evento el fotógrafo invitó a uno de ellos al escenario; le regaló un libro, y los asistentes lo aplaudieron. Faltaba un mes para que se realizaran las elecciones nacionales que acercarían a Gabriel Boric a la presidencia; ya había sido elegida la convención que aún redacta la nueva Constitución; un aire nuevo se respiraba en el país. Tal vez, el público asistente también sintió que debía algo a esos jóvenes.

Ese mismo año, el periodista y escritor Juan Cristóbal Peña me dijo en una entrevista que la gran crónica sobre el estallido chileno aún estaba por escribirse. El gran registro fotográfico de la Primera Línea ya está impreso.

Más de esta categoría

Ver todo >