Relatto | El cuento de la realidad
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“No dejes nada para el día siguiente, ni para el otro día, porque el trabajo diferido no llena el granero. La actividad acrecerá tus riquezas, porque el hombre que difiere siempre las cosas lucha con la ruina”.

Hesíodo, “Trabajos y días”

Hace unos días escuché una entrevista que el empresario y podcaster estadounidense Tim Ferriss le hizo al escritor británico Neil Gaiman. Ante la pregunta de cómo hacía para concentrarse y terminar un trabajo cuando no tenía ganas de escribir, Gaiman respondía que había intentado varios métodos sin éxito, entre ellos el de Ian Fleming, autor de la saga de libros de James Bond. Aparentemente Fleming odiaba el proceso de escritura y, para poder terminar un libro, alquilaba la peor habitación del peor hotel de un pueblo rural en el que no hubiese absolutamente nada atractivo para hacer, y se decía a sí mismo: “no te vas de acá hasta que no termines este libro”. A Gaiman no le había funcionado el método, y eventualmente había llegado a desarrollar otro: aislado en un lugar sin familia ni distracciones, Gaiman empezó a permitirse la no escritura si no encontraba la motivación. Pero se prohibía hacer otra cosa. Las opciones eran: escribir o no hacer absolutamente nada. En su experiencia, después de veinte minutos de mirar por la ventana, escribir empezaba a ser una alternativa más interesante. Todo esto aprendí mientras postergaba deliberadamente la escritura de este texto. 

Se conoce como procrastinación al acto de aplazar el cumplimiento de una tarea y existe desde mucho antes de que se pusiera de moda la palabra. Yo la escuché por primera vez a los 15 años en la canción de NOFX “Professional Crastination”. Era 1999 y me enamoré del concepto: “Descartalo / porque mañana suena mucho mejor que hoy / Siempre tarde, no a veces, no ocasionalmente / Consistentemente, somos profesionales”. Me trajo paz descubrir la existencia de una palabra tan académica que definía eso que me pasaba cada vez que tenía que entregar un trabajo en el colegio, o estudiar para un examen, o leer algo para una clase. Como dice la canción, “la procrastinación profesional es una forma de vida”. A los 15 años yo la había encontrado, había logrado definirla, y me calzaba como un guante.

Las opciones eran: escribir o no hacer absolutamente nada. En su experiencia, después de veinte minutos de mirar por la ventana, escribir empezaba a ser una alternativa más interesante. Todo esto aprendí mientras postergaba deliberadamente la escritura de este texto. 

Existen distintos tipos de procrastinación. La buena, que consiste en aplazar una tarea por la aparición de otra más importante como puede ser un problema de salud o una emergencia familiar. La mala pero gobernable, que es la que Neil Gaiman convirtió en método: aplazar la tarea y a cambio no hacer nada. Y la peor, la pésima, mi veneno: aplazar la tarea y a cambio consagrarse a cualquier estupidez que aparezca en el camino con intensidad y determinación. Yo tendría que haber escrito esto ayer, y en vez de eso aprendí que algunos practicantes del Shibari hidratan sus cuerdas con aceite de coco. El Shibari o Kinbaku es una técnica japonesa de atadura. Se tiene registro del uso de los amarres en Japón como tortura por parte de samurais en el siglo XVI, y con el tiempo fue evolucionando hacia una forma de arte erótico que Occidente incorporó a su catálogo fetichista como un aspecto más de las prácticas sexuales de dominación y sumisión. En el Shibari se suelen utilizar cuerdas de fibra natural como el yute, y yo sé todo eso porque ayer no escribí.

Se conoce como procrastinación al acto de aplazar el cumplimiento de una tarea y existe desde mucho antes de que se pusiera de moda la palabra. / Pexels.

Uno de los pioneros en el estudio de la procrastinación es el doctor en psicología Joseph Ferrari, de la universidad de DePaul en Chicago. Desde la década del 80 lleva adelante investigaciones sobre el tema, y en una publicación de 1995 junto a Judith Johnson y William McCown, que se centra en la procrastinación académica, postula que en general los estudiantes postergan por cuatro principales distorsiones cognitivas:

● Sobreestiman el tiempo que les queda para completar una tarea.

● Sobreestiman la motivación que van a tener en el futuro.

● Subestiman el tiempo que llevará completar la tarea.

● Asumen que necesitan estar en el estado mental ideal para trabajar.


Y la peor, la pésima, mi veneno: aplazar la tarea y a cambio consagrarse a cualquier estupidez que aparezca en el camino con intensidad y determinación. Yo tendría que haber escrito esto ayer, y en vez de eso aprendí que algunos practicantes del Shibari hidratan sus cuerdas con aceite de coco.

Yo soy sólo otro procrastinador y no identifico en mí las primeras tres distorsiones, pero una de las enseñanzas prácticas que me dejó una vida peleando con mi tendencia a postergar el deber es que no existe el estado mental ideal para trabajar. Mi motivación y mi concentración son como la libido de un matrimonio longevo y aburrido. Nunca están disponibles, pero si se insiste lo suficiente empiezan a aparecer. Ahora, mientras trabajo este párrafo, encuentro el placer de escribir. Pero hace una hora, cuando habría tenido que estar escribiéndolo, estaba estudiando pantones de color azul. Mi novia me propuso pintar una pared de azul Klein, le pregunté si era lo mismo que el azul Francia, encontré que no (el Francia tiene los valores RGB 16, 6, 159 y el Klein, un poco más claro, 0, 71, 187). También aprendí que se llama así porque lo registró el artista francés Yves Klein. No sabía que se pudiera registrar un color. Klein lo hizo con su azul en 1960 en el Instituto Nacional de la Propiedad Industrial de Francia, pero no lo patentó, por lo que el trámite sólo sirve para registrar la fecha de su invención. Me gustó la idea de una pared pintada de azul Klein, introduje a la discusión al azul Cobalto (RGB 57, 93, 141) y, durante la hora que me llevó todo ese devenir, no escribí ni una palabra.

Me gustó la idea de una pared pintada de azul Klein, introduje a la discusión al azul Cobalto (RGB 57, 93, 141) y, durante la hora que me llevó todo ese devenir, no escribí ni una palabra.

Existen tests autoadministrables para saber si uno es un procrastinador. Uno de los más conocidos, y el que muchos otros toman como modelo, es el de Clarry Lay, doctor en psicología de la Universidad de York en Toronto. El original data de 1986 y consta de veinte afirmaciones que deben ser puntuadas en una escala del 1 al 5. 1 equivale a “nada característico”, 2 a “poco característico”, 3 a “neutral”, 4 a “moderadamente característico” y 5 a “extremadamente característico”. Algunas de las afirmaciones son “generalmente devuelvo las llamadas telefónicas rápidamente”, “cuando me preparo para un plazo de entrega, frecuentemente pierdo tiempo haciendo otras cosas” y “continuamente me digo a mí mismo ‘lo haré mañana’”. Las veinte afirmaciones del test son obviedades que un auténtico procrastinador ya sabe de sí mismo. Yo lo hice, me dio un coeficiente de procrastinación de 71.0 (alto), no aprendí nada nuevo sobre mí y postergué aún más la escritura del presente texto, cuya fecha de entrega (en cuatro días) conozco hace por lo menos dos meses y del que hasta hace 48 horas no existía más que una página en blanco.

Todo el mundo procrastina, la mayoría de la gente de maneras no patológicas. En las variantes más graves puede traer serios problemas personales (laborales, familiares, de salud, financieros), pero en la mayoría de los casos no es más que un contratiempo con el que nos acostumbramos a lidiar. Algunos teóricos categorizan a los procrastinadores en seis tipos:

● El perfeccionista, que posterga la tarea porque teme no poder concretarla con el estándar de calidad que pretende.

● El soñador, que tiene problemas para concentrarse y deja que su mente vuele hacia reinos misteriosos cuando debería estar enfocada en hacer la cosa.

● El desafiante, que se niega a que nadie le diga qué tiene que hacer y cuándo tiene que hacerlo.

● El preocupado, enamorado de la zona de confort, que teme adentrarse en mundos desconocidos.

● El fabricante de crisis, convencido de que trabaja mejor bajo presión y por ende deja todo para último momento.

● El exigente, que se embarca en demasiadas tareas y no encuentra tiempo para completarlas.

Existen tests autoadministrables para saber si uno es un procrastinador. Uno de los más conocidos, y el que muchos otros toman como modelo, es el de Clarry Lay, doctor en psicología de la Universidad de York en Toronto.

Leí varias veces esa clasificación antes de plasmarla acá, y no me reconozco en ninguno de los tipos. Yo me considero un procrastinador vago, un procrastinador hedonista, un procrastinador negador. Yo postergo porque no me gusta trabajar, prefiero disfrutar de cosas placenteras (dormir una siesta, salir a tomar algo, comer un alfajor, ver una película, escuchar música) y el monstruo de las fechas de entrega no oscurece mi vida hasta que su respiración caliente en la nuca se me hace realmente insoportable. Yo procrastino porque efectivamente me gusta más hacer otra cosa que hacer lo que tengo que hacer. Yo fui el estudiante que apilaba en orden los apuntes de la facultad, chequeaba que tuviera todos los que estaban incluidos en el temario del examen, consideraba esa actividad como un día de estudio exitoso y se ponía a jugar un jueguito en la computadora con la satisfacción del deber cumplido. Yo pedí prórrogas en los plazos de entrega de trabajos aduciendo una saturación de tareas inexistente y poniendo cara de “estoy tapado de laburo” sólo para volver a necesitar la prórroga una semana después. Yo tengo que renovar todas las alacenas de la cocina de mi casa hace cuatro meses, tengo un pedazo de parquet levantado en el pasillo que da al baño desde antes de la pandemia, tengo un wok sin curar hace un año y una lista de pendientes que dice: “curar wok”. El día que escribí la lista de pendientes, por supuesto, lo consideré una tarea en sí misma y no me moví de ahí. Yo estoy elaborando este texto porque acepté el encargo de escribir sobre algo vinculado al trabajo, pero mi forma de procrastinar no está circunscripta al ámbito laboral. En mi mundo, es así como funcionan las cosas.

Yo me considero un procrastinador vago, un procrastinador hedonista, un procrastinador negador.

Hay quienes dicen que la procrastinación es inmune a los libros de autoayuda, porque el que lee un libro de autoayuda no es tan procrastinador, y el verdadero procrastinador no lo leerá jamás. Pero los libros existen, y también existen miles de artículos desparramados por internet, todos llenos de consejos. La mayoría de ellos son parecidos, y algunos aparecen prácticamente en todos los artículos. La administración de una lista de pendientes es uno de los más repetidos. Uno no sabe cuánto se puede escribir sobre listas de pendientes hasta que googlea “procrastinación”. Si conviene elaborarlas a mano, si es mejor tener una en un documento de Google Drive, si se recomienda tal o cual aplicación de celular, cómo se deben categorizar las tareas en la lista, si la lista debe contemplar tareas de corto o largo plazo, si se deben subdividir las tareas en subtareas, de qué manera se deben organizar las subtareas, si debe haber una sola lista o distintas según tipos de tareas y de plazos. Yo sólo sé que uso las listas de pendientes para mentirme a mí mismo. Un ejemplo: hoy a la mañana actualicé la que estoy usando últimamente. Constaba de los siguientes items: texto procrastinación, preparar columna radio (escribir es un trabajo ocasional, mi principal ocupación es en una radio), mandar factura, hacer encargos cerveza (también soy socio en un bar), ordenar (tenía que ordenar la casa porque venía gente a una reunión). Al mediodía, con ninguna de esas tareas completadas, agregué los siguientes items: lavar ropa, colgar ropa, doblar ropa, lavar platos, hacer cama. Acto seguido, hice la cama, taché el item correspondiente y me sentí el rey de la productividad. Luego agregué el ítem “dormir siesta”, dormí siesta y taché el ítem.

Yo fui el estudiante que apilaba en orden los apuntes de la facultad, chequeaba que tuviera todos los que estaban incluidos en el temario del examen, consideraba esa actividad como un día de estudio exitoso y se ponía a jugar un jueguito en la computadora con la satisfacción del deber cumplido.

Hay infinidad de aplicaciones de celular para administrar pendientes: Trello, IDoneThis, ToDo List, Gmail Tasks, Microsoft To Do, Things, Remember the Milk, OmniFocus, Clear, Any.do, Focus To Do y quién sabe cuántas más. Cada una tiene pequeñas diferencias, alguna puede funcionar mejor de acuerdo a la cabeza del tipo de procrastinador que la descarga, pero todas operan sobre el mismo principio: intentan calmar el efecto Zeigárnik. 

Bliuma Vúlfovna Zeigárnik fue una psicóloga soviética que estudió el fenómeno por el cual la gente tiende a recordar más una tarea incumplida o interrumpida que una completada. No está claro por qué las tareas incompletas se ubican cerca de la superficie de la consciencia, quizás como un recordatorio constante de que hay que hacerlas antes de que desaparezcan de la memoria a corto plazo, pero el efecto Zeigárnik puede ser fuente de una gran ansiedad si los deberes se empiezan a acumular y se vuelven una sombra demasiado ominosa. 

Hay infinidad de aplicaciones de celular para administrar pendientes: Trello, IDoneThis, ToDo List, Gmail Tasks, Microsoft To Do, Things, Remember the Milk, OmniFocus, Clear, Any.do, Focus To Do y quién sabe cuántas más.

En 2011 otros dos psicólogos, E. J. Masicampo y Roy Baumeister, quisieron probar el efecto de la planificación sobre el efecto Zeigárnik. Le asignaron una tarea a un grupo de sujetos y después no los dejaron completarla. Notaron que eso interfería con la habilidad de los sujetos de avanzar sobre otros trabajos. Luego les permitieron planificar por escrito cómo pensaban realizar la tarea. El sólo hecho de descomponerla y bajarla a papel logró eliminar el efecto Zeigárnik, como si planear una actividad fuera un sucedáneo psicológico a concretarla. Eso es lo que hacen las listas de tareas, y eso es lo que hago yo con ellas: redactarlas y después no hacer prácticamente nada de lo que está escrito en ellas.

Walter Chen y Rodrigo Guzman, los fundadores de la app IDoneThis, detectaron según los datos de sus usuarios que de todas las tareas anotadas como pendientes durante un año, el 41% nunca eran realizadas. La enorme mayoría de las que sí eran llevadas a cabo eran tareas breves (hacer la cama), la mitad se completaban en el día (dormir la siesta) y el 10% en sólo un minuto (estos días estoy incluyendo “alimentar masa madre”, un ritual que no lleva más de 90 segundos y que no necesita estar en ninguna lista). Eso los llevó a pensar que muchas de las cosas que la gente escribía en listas y tachaba eran apenas palmaditas en la espalda que los procrastinadores nos damos a nosotros mismos para no sentirnos tan inútiles.

Walter Chen y Rodrigo Guzman, los fundadores de la app IDoneThis, detectaron según los datos de sus usuarios que de todas las tareas anotadas como pendientes durante un año, el 41% nunca eran realizadas.

El psicólogo y profesor de la Universidad de Duke Dan Ariely condujo un estudio sobre la relación entre los plazos y la efectividad. Las preguntas eran: ¿qué es mejor para optimizar el rendimiento en una tarea? ¿Tener un solo deadline o tener deadlines intermedios? Y en caso de tener deadlines intermedios, ¿era más efectivo imponerlos de manera externa o dejar que los sujetos se los autoimpusieran? En el estudio tres grupos de voluntarios tenían que hacer una tarea de corrección de texto. A los tres se les daba un plazo de entrega final de 3 semanas. Al primer grupo no se le pedía que cumpliera con plazos intermedios, al segundo se le pedían entregas parciales una vez por semana y al tercero se le pedían la misma cantidad de entregas parciales que al segundo, pero distribuidas como ellos prefirieran. Los participantes eran premiados por la cantidad de errores encontrados en los textos y penalizados por perder deadlines. La peor performance fue la del primer grupo, que entregó sus trabajos en promedio 12 días tarde y con 70 errores detectados. Después vino el tercer grupo, con una demora de 6,5 días y 104 errores. El mejor grupo fue el segundo, el que contaba con deadlines impuestos desde afuera: sólo medio día de demora y 136 errores encontrados. De esta experiencia parece desprenderse que la mejor forma de completar un trabajo es planificarlo, dividirlo y establecer deadlines rígidos.

Me siento representado por esta conclusión. Soy virtualmente incapaz de entregar un trabajo si no se me pone un plazo duro como el cemento. Tengo un sexto sentido para detectar jefes o responsables flexibles, los huelo. Si sé que estoy frente a uno de ellos ni siquiera empiezo a pensar en ponerme a trabajar hasta pasado el deadline original e instalado uno nuevo, quizás esta vez el verdadero. Este texto ya lleva varios días de confección. Hace dos semanas, cuando estaba casi terminado, se me otorgó una prórroga caída del cielo. La prórroga fue de dos semanas, y estas son las primeras palabras que escribo desde que me la comunicaron. Tuve incontables oportunidades de sentarme y ponerle un cierre, pero preferí ver diez videos de cómo hacer ramen y nunca hacer ramen, incorporar una técnica para armar el cubo de Rubik mucho más rápida que la que conocía de antes y aprender todo sobre cómo ganar criptomonedas jugando videojuegos que nunca jugaré.

Tengo un sexto sentido para detectar jefes o responsables flexibles, los huelo.

Algo de mi yo presente odia a mi yo pasado y le gustaría no tener más la entrega de este texto en la lista de pendientes. El filósofo británico Derek Parfit decía que no tenemos una identidad consistente y continua sino que somos una larga cadena de yos. El yo presente no percibe al yo futuro como una continuidad de su misma persona sino como a alguien distinto. Un adolescente que empieza a fumar se comporta con su versión adulta como se comporta con otras personas en el presente. Una persona que se siente identificada con su yo futuro será entonces más propensa a tomar buenas decisiones en el presente, mientras que si el yo presente y el futuro están muy disociados se tenderá a actuar como si las decisiones presentes fueran a afectar a otro. A mi yo presente le gusta escribir, le gusta la idea de escribir, pero no le gusta sentir que está trabajando. Y escribir con plazos siempre se siente como trabajar; como un trabajo que tendrá que hacer el yo futuro, otra persona, quién sabe quién. Entonces lo pongo en una lista: cuando leo la lista siento que estoy leyendo el futuro, algo que le va a suceder a alguien más, algo de lo que no tengo por qué hacerme cargo yo ahora. El trabajo propiamente dicho caerá sobre el escritorio de un Nicolás que verá qué hace con eso. Además de odiarme a mí.

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