Relatto | El cuento de la realidad

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Es miércoles, son la cinco de la tarde pasadas y bajo la reja de la casa de Claudia Hakim se asoma Mambo, un pequeño Jack Russell Terrier que ladra como un perro bravo. Mara, una señora de San Antonio de Palmito, un pequeño pueblo del departamento de Sucre en la región caribe colombiana, que lleva 23 años trabajando con la familia, me abre la puerta. Me dirijo a lavarme las manos y frente al baño reconozco una obra del artista sonoro colombiano Leonel Vásquez. Es una pieza inconfundible que hizo parte de la exposición Templo del agua: río Bogotá, que presentó el espacio cultural y educativo NC Arte en 2023, en alianza con Casa Hoffman, y que explora la fuerza de vibración del estado líquido.

Claudia está en camino, viene del Museo de Arte Moderno de Bogotá (MAMBO). Para cumplir esta cita salió corriendo de una visita especializada que presentaron los artistas Miguel Ángel Rojas y Danilo Dueñas en el marco de la exposición Viceversa: posiciones y perspectivas de una colección. Todo el día estuvo en junta directiva y reuniones, y el tiempo que tenemos para conversar es limitado porque dentro de poco se dirige a un evento de coleccionistas en una galería. Escucho sus pasos y dice:

—No doy más.

—Pero ya casi te vas de vacaciones —le comento.

—¡Qué va! —me responde contundente.

No está del todo tranquila porque viajará a Nueva York a recibir a su sexto nieto y tendrá que irse sin tener la certeza de quién la reemplazará en la dirección del museo, cargo que en diciembre de 2015 le propuso Gloria Zea, quien estuvo al mando del museo durante 47 años y fuera esposa del reconocido artista Fernando Botero. Tras ocho años de liderar la nave, remodelar un edificio que estaba bastante deteriorado, recuperar, ordenar y aumentar la colección de obras, revivir los departamentos de educación, comunicaciones, comercial, diseño, curaduría, museografía e investigación, que estaban en estado de coma, y darle un contundente carácter educativo a la institución, Hakim se retira este 20 de febrero para concentrarse en su trabajo como escultora y volver a NC Arte, el espacio cultural y educativo que fundó en 2009 con el objetivo de establecer un diálogo dinámico entre el público y las exhibiciones generando nuevos discursos y transformando al espectador en un usuario activo. 

Esta instalación de Claudia Hakim, titulada "Resplandor", hecha en 2012 con aros metálicos entretejidos, hace parte de la exposición Design House Colombia, que presenta NC Diseño, en Bogotá, hasta el 16 de marzo. Foto Mónica Barreneche / Cortesía NC Diseño

Claudia nació en Bogotá un cuatro de septiembre, en la Clínica Palermo, y a los 8 años, con la pulsión del arte surgiendo de sus juegos infantiles con espontaneidad, ya se sentaba en un jardín a dibujar hojas diminutas y pequeños elementos abstractos que repetía en las páginas de las libretas publicitarias que los laboratorios le regalaban a su padre, el médico Alejandro Hakim. Creció en una casa del barrio de Santa Bárbara, en el norte de la ciudad, y allí veía a su mamá, Nohora Tawil, una apasionada del arte que tomaba talleres de pintura, tallar retablos de madera y pintar bodegones con óleos sobre lienzos.

En el colegio obtuvo las mejores notas en humanidades, le iba bien en química, pero no le gustaba nada que tuviera que ver con números. Quería estudiar en el Instituto Textil de Filadelfia, en los Estados Unidos, pero su papá la convenció para que se quedara en Colombia y entrara al programa de Textiles de la Universidad de los Andes. Después de terminar la carrera, obtener el diploma y trabajar en la industria y en el diseño textil, a mediados de los noventa viajó Inglaterra, y en Oxford College tomó clases de cerámica, escultura en barro, diseño de joyas e historia del arte. 

Su obsesión por el patrón y la repetición ha sido el eje conductor que ha tejido y forjado su carrera como escultora. Filántropa y gestora cultural, con una determinante capacidad de ejecución, se despide como directora del MAMBO, un museo con seis décadas de existencia que estuvo a punto de morir pero que, bajo su mando, ahora palpita con fuerza. Sin embargo, a pesar de su salida, Hakim seguirá haciendo parte de la junta directiva de la institución. 

¿Conoció a Marta Traba, fundadora del museo, o la vio en los programas que hacía en televisión?

A Marta la conocí en los libros de historia del arte. Vine prácticamente a empezar a vincularme con el arte cuando entré a la universidad, a los 17 años, cuando comencé a ir a museos. ¿A cuál iba? Al Museo de Arte Moderno de Bogotá. La primera exposición que vi fue una de Julio Le Parc que me encantó. En esa época el museo quedaba en El Planetario.

¿Cuál fue la primera obra que le cortó la respiración por fuera de Colombia?

Como a los cuatro meses de haberme casado me fui con mi esposo a España, a Toledo, y vimos El entierro del conde Orgaz, de El Greco. Ambos habíamos estudiado esa obra en la universidad, y llegamos a visitarla como si fuera una peregrinación. Fue absolutamente impactante.

Durante la dirección del museo, Claudia Hakim reestructuró el departamento de educación y creó el programa Parchando en el MAMBO, dedicado a niños y adolescentes estudiantes de colegio. Foto Gregorio Díaz / Cortesía Museo de Arte Moderno de Bogotá.

 Después de trabajar en la industria textil en hilandería, tejeduría de paños y estampados, usted regresó su alma mater, la Universidad de los Andes a dictar talleres. ¿Cómo fue esa experiencia?

Tomé el primer semestre. Me parecía lo máximo el contacto con los alumnos, porque el tema taller me encantaba. Urdir, sentarme todo el día a tejer… Tuve telares en mi casa. De noche tejía. Me gusta el tema de la docencia, y creo que fui buena profesora porque compraba muchos libros de afuera y me metía a estudiar y a investigar diferentes técnicas como la gaza peruana y el chumbe —que es la tela de doble faz—, además tenía un grupo de amigas con las que investigábamos la cordelería. Calificaba sin mirar, con el tacto sabía si había un error. También dirigí varias tesis de grado.

¿Dónde presentó su obra por primera vez?

En una exposición colectiva titulada Hilos mágicos que presentamos en el Centro Colombo Americano. María Teresa Guerrero fue la curadora. Mi obra era un tapiz en algodón y tenía croché en cobre. 

¿Qué artistas la inspiraban?

Magdalena Abakanowicz, Sheila Hicks, Olga de Amaral, Josep Grau-Garriga… Ellos me inspiraban para hacer mis trabajos. Ya no, porque ellos hacen el tema textil, la fibra, y yo trabajo el metal, entonces me voy por el lado escultórico.

¿Cómo llegó a el metal?

Yo trabajaba la fibra textil y, como todos, con cabuya, yute, lana, fibra de papel aluminio… pero no me gustaba la vejez de la fibra. Se decoloraba, se apelmazaba, que es natural, pero quería cambiar eso. Entonces empecé a trabajar el metal, que también se tiene que oxidar. Pero tejerlo era un reto. Fue cuando comencé a unir aros metálicos, a hacer cordelería. Hay un tejido per se, porque son cadenas que se unen, se entrelazan. Siempre se repiten los elementos, sean círculos, tornillos o piezas industriales.

¿Hoy en día cuál es su inspiración en la escultura?

Es lo que me esté dando el material. 

¿Cómo describe su obra?

Geométrica y modular. Tengo un profesor que me dice que trate de ser un poco orgánica, “no tan relamida”. Soy perfeccionista. Y hasta que no quede perfecto, no lo suelto.

La escultura "Signos de piel" de 2006, hace parte de la sección "Abstracción Universal" de la exposición "Viceversa", que se presenta en el MAMBO hasta el 18 de febrero. Foto Gregorio Díaz / Cortesía Museo de Arte Moderno de Bogotá.

Después de dirigir el MAMBO durante 47 años, Gloria Zea le ofreció el cargo y usted se tomó una semana para decidirlo. ¿Qué pensó durante esos días?

En mi libertad un poco. Y en la situación del museo. No me metí mucho a investigarlo porque estaba segura de que si lo hacía no lo asumía ni por equivocación. Se me volvió un reto. Sabía que el museo tenía potencial por su historia y sentí que yo podía ser el vínculo entre la institución y los artistas que se habían distanciado del museo para que volvieran. Y también recuperar los departamentos. Simplemente me lancé al agua. Y me iba estrellando. Pared que abría, ventana, hueco, cajón o puerta, me iba encontrando con una cantidad de sorpresas.

¿Cómo recibió el museo?

El museo llevaba un tiempo con poca actividad y había perdido bastante público. Palpitaba, pero no engranaba. Gloria estaba un poco cansada, entonces me puse en la tarea de renovarlo.

Recién asumió el cargo, usted dijo en una entrevista que lo iba a tomar por cuatro años, y resultó quedándose el doble. 

Después pensé que podían ser cinco, porque es un número que cierra. Los estatutos hablan de cinco años, aunque se puede continuar. Pero cinco es un plazo normal. Cuando se cumplió el tiempo pasé mi carta de renuncia a la junta directiva y no me pusieron atención. Nadie me la contestó y me dijeron que ni lo pensara. Entonces calculé quedarme un par de años más y después, en octubre pasado, celebramos los 60 años del museo. Cinco era mi meta. Un gobierno, por ejemplo, dura cuatro años. Claro que uno sin plata no logra cumplir metas ni en cuatro, ni en cinco, ni en seis. Después llegó Eugenio Viola, el curador jefe, y las cosas empezaron a caminar. Irme después de cumplir el aniversario diamante es como cerrar un ciclo. Y creo que lo cerramos con broche de oro.

¿Por qué se retira?

Porque la vida pasa y si uno es artista tiene que estar trabajándole a su obra ocho horas diarias, como cualquier persona. Quiero volver a mi taller y tengo planes en NC. Siempre he creído mucho en el diseño, en el arte con función, y creo que me llegó el momento de hacerlo. Seguiré en el tema del arte, apoyando al museo con ideas, porque ideas sobre la mesa quedaron un montón.

Son muchísimos los logros que tuvo el museo bajo su dirección, entre ellos el carácter educativo que usted implementó. ¿Cuál la hace sentir más satisfecha por la labor cumplida?

Precisamente ayer estuvimos visitando el depósito del museo. Desde que yo entré, el depósito ha sido uno de los temas que había que tratar con urgencia porque las obras estaban muy deterioradas. Hubo muchas que se deñaron, que estaban infectadas. El espacio tenía mala circulación de aire. Empezamos a ver cómo lográbamos recuperar el patrimonio de los bogotanos. Y puedo decir que hoy me puedo sentir muy orgullosa. Se puede caminar entre los corredores y las obras están bien organizadas. Uno puede invitar a un historiador o a un investigador a que baje al depósito, lo mire, lo estudie y lo analice. Antes, cuando la gente entraba le daba hasta piquiña. 

Eugenio Viola, curador jefe del museo, asumió el cargo en febrero de 2019. Foto Gregorio Díaz / Cortesía Museo de Arte Moderno de Bogotá.

¿Cuáles son los secretos de su capacidad de gestión?

No creo que tenga secretos. Siempre lo he dicho: no soy una persona de números. Hoy, en junta, estábamos leyendo los estados financieros. No me meto en eso. Se lo dejo a los que saben, los miro y si necesitamos tantos millones para la parte educativa los consigo. No soy la negociante. Es simplemente con un sexto sentido. La parte creativa, la tienda, las actividades que hacemos… así lo manejé.

¿A quién le gustaría ver en la dirección del museo?

A una ejecutiva que coja el museo como una empresa. El tema de contenido artístico y el tema educativo se van dando muy bien con lo que está pasando en el museo. Pero hay que llevarlo a otro nivel, y el tema es económico. La persona que se siente ahí tiene que ver el museo como una empresa que tiene que generar entradas, ganancias. Sea por donaciones, por convocatorias o por organizaciones no gubernamentales. 

¿Qué exposición le gustaría ver en el MAMBO?

La estoy viendo en este momento. La exposición de Viceversa es, para mí, lo más bello que hemos tenido en estos años. Es la puesta en escena de la colección de artistas nacionales e internacionales, más linda. Y me encanta verla. También me gustaría ver en el MAMBO la obra de Kader Attia, y la de Mona Hatoum, una artista libanesa que vive en Londres. Ambos son de larga trayectoria. 

Uno creería que dirigir un museo se trata de estar planeando exposiciones, ir a las inauguraciones en las galerías, hablar con los artistas… Pero ¿qué es lo menos glamuroso que le tocó hacer como directora del MAMBO?

La recolección de plata. La consecución de recursos es lo menos glamuroso porque esto en Colombia se trata de pedirle a las mismas personas permanentemente. Es un tema de ver uno cómo entra por la diplomacia. Para mí, esa es la peor de las partes. De resto todo en el museo es una delicia. Pero en la cotidianidad pasan cosas, como las humedades. Y hay que impermeabilizar. Y hay que pedir la plata para eso. Pero el museo en este momento está al día. Impermeabilizado, tiene todos los vidrios con la película UV que le faltaba, arreglamos las humedades que teníamos en el auditorio por la calle sexta, el depósito está organizado y cada departamento tiene su norte con un plan para los dos años siguientes. Ahora nos falta ampliarlo. No es imposible. Hay que trabajarle. Ya el museo está en un momento en que puede empezar. Hoy, que tuvimos junta, tenemos todo al día con un excedente como de un millón y medio de pesos. Quedamos al ras. Vamos a empezar en ceros el año entrante (2024). Quedamos saldados, no le debemos a ningún proveedor. Tenemos un flujo de caja de lo que nos entra del distrito, del ministerio, de aportes y donaciones.

Claudia Hakim entregará la dirección del museo el próximo 20 de febrero. Foto Gregorio Díaz / Cortesía Museo de Arte Moderno de Bogotá.

¿Qué cambios necesita el país para que el MAMBO brille como debe ser?

Diría que el museo, después de 60 años, debería recibir una partida anual del Concejo de Bogotá. Y unos aumentos anuales para que uno sepa con qué cuenta para poder programar las exposiciones. Uno programa una exposición, por decir, de 500 millones de pesos, y le dan 120. Entonces hay que bajarse a hacer una exposición que no concuerda con el objetivo. Lo más importante es que el museo cuente cuáles son sus necesidades, y que eso tenga una partida del Concejo. Pueda que no sea el cien por ciento, ojalá lo fuera, pero que nos dieran el 70 por ciento, y uno busca el 30 más. Esto es una luchadera porque nos toca al revés, nos toca conseguir el 70. Eso sería lo que necesita el museo: el dinero. Lo demás lo vamos manejando.

Es inevitable preguntarle cuáles son sus artistas favoritos. 

Eso no me lo pongas. ¡Es muy difícil! Tengo muchos. William Kentridge me encanta, pero también me encanta Olga de Amaral, por ejemplo. Carlos Garaicoa me gusta, pero también me gusta Delcy Morelos. Hay de todo. Sí soy muy del lado del tema escultórico, del volumen, más que pintura. Pero igual hay unos pintores maravillosos.

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